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La huida
A primera hora hemos hablado largo y tendido.
—¿Cómo se te ocurre decirles a tus padres que…?
—No te enfades Javier, estaban tan ilusionados. ¿Les viste las caras? —ella se ríe estrepitosamente.
—Yo no creo que haya sido gracioso, ¿por qué te ríes?
—Solo lo he hecho para divertirme un rato. Estoy harta de que me organicen la vida. «Trabaja aquí, haz esto, haz lo otro, sal con Jorge, bla,bla,bla». No los aguanto. Lástima que no pueda verles cuando sepan que nos hemos ido.
—Nos has puesto en peligro sin necesidad de ello.
Estoy realmente enfadado, no sé cómo se le pudo ocurrir una idea tan retorcida. De todas formas, me tranquiliza saber que era una pantomima. Solo pensar en casarme ¡ya!, me acojona.
—No tenía intención de arriesgar nada, tan solo quería reírme un rato. No te enfades.
—No estoy enfadado, más bien preocupado por la reacción que puedan tener cuando no aparezcamos.
—Tranquilo, están acostumbrados a que haga alguna que otra locura. No se asustarán; tú no te preocupes.
—La próxima vez que se te ocurra hacer algo así avísame, por lo menos. Ayer terminé con todas las reservas de vino de tus padres. No sabía dónde meterme.
—Lo sé. Perdóname. ¿Me perdonas?
Cómo no voy a perdonarla…me pone esa mirada tierna de niña buena que me es imposible no sonreír.
Es miércoles, es el día, nos dirigimos hacia el aeropuerto para emprender nuestra huida.
Espero que todo salga tal y como lo he planeado.
De lo contrario, tendré serios problemas.
El dinero fue ingresado a mi cuenta, las maletas de Sara y las mías las envié ayer en taxi al aeropuerto.
Raúl se encargó de recogerlas y guardarlas por separado.
Las mías tiene un destino muy distinto a las de ella, a pesar de que Sara no es consciente de mi cambio de idea.
También me encargué de dejar las llaves de mi piso, de nuevo a la portera, y una copia a la inmobiliaria, espero que encuentren un comprador pronto.
Lo he dejado todo arreglado para facilitarme las cosas en un futuro.
Estamos en el aeropuerto, Sara se acerca a la puerta de servicio que le indico para encontrarse con Raúl.
Una vez juntos, cruzan la puerta y los pierdo de vista.
Cojo mi bolsa de mano y me voy directo a la terminal T1.
En el bolsillo llevo dos billetes de avión, uno a Groenlandia, que es el que Sara ha visto, y otro a Caracas, que es el que pienso utilizar.
Está claro que mi destino es Caracas. He quedado allí con Díaz para viajar juntos a dónde él quiera.
Espero que Garmendia recibiera la carta, me preocupa un poco que se haya extraviado y Sara termine mal. También va a terminar mal si el inspector llega a tiempo. Lo siento por Raúl, espero que no le salpique nada de esto a él.
Escucho sirenas de policía llegando a toda velocidad al aeropuerto, está claro que vienen en busca de algo o de alguien, puesto que son muchos.
Estoy entrando por mi puente de embarque; dentro de nada estaré en el avión de camino a Caracas y hacia mi nueva vida.
Sara no se espera lo que va a pasar, es mejor así.
No podría vivir mucho tiempo con ella y ha de pagar por la muerte de Dubois.
Necesito empezar de cero, de cero de verdad.
Ahora que tengo el dinero en mi cuenta y voy a encontrarme con mi fiel amigo Díaz.
Podremos ir a donde queramos y ser quienes queramos.
Me voy a reinventar, seré Javier a secas, sin apellidos ni recuerdos que sean un lastre a partir de ahora, tan solo Javier.
Una vez en mi asiento, me pongo algo de música y cierro los ojos esperando a que el capitán informe del despegue.
Ayer, cuando hablé con Díaz estaba entusiasmado. La idea de ir a viajar juntos por el mundo y sin tener que preocuparse por nada y menos por el dinero, no se lo podía creer. Hasta que le recordé mis palabras del pasado.
—Ya te dije que no te olvidaría, aunque fuera el embajador del mundo. Lo que hiciste por mí me parece imposible de pagar, ni con todo el oro de la Tierra.
Me dejo llevar por la suave música de Jass que escucho desde mis auriculares y me voy adormeciendo por momentos.
Alguien me toca el brazo, doy por hecho que es la azafata para que me abroche el cinturón, así que sin abrir los ojos lo abrocho. De repente, vuelven a tocarme el brazo, esta vez con algo más de empeño. Abro los ojos y me encuentro cara a cara con Garmendia y dos agentes más.
—Hola —no puedo evitar mi sorpresa de la que el inspector es consciente.
—Levante.
—¿Qué ocurre?
—Está detenido por la desaparición de Sara Palos y su presunto asesinato.
Esto me cae como un jarro de agua fría, ¿de qué está hablando? Si lo que tienen que hacer es detenerla a ella por el asesinato de Dubois, se lo dejé bien claro en la carta. No puedo entender... que...
No me da tiempo a reaccionar. Uno de los agentes me coge fuerte del brazo levantándome del asiento y el otro me pone las esposas.
—Esto es un error Garmendia. ¿Qué estás haciendo?
—Lo siento, no es un error, el error lo cometí yo al confiar en ti.
—Pero...
No digo nada más. Estoy en shock, ¿de verdad está ocurriendo o estoy soñando sentado en mi asiento del avión? Seguro que estoy soñando. ¡Despierta! ¡Javier despierta!
* * *
Me pasean por toda la terminal esposado.
Creo que en la vida había pasado tanta vergüenza.
Todo el mundo nos mira. Mientras un agente me lleva cogido del brazo, el otro lleva mi bolsa de mano y mi chaqueta.
Garmendia va dos pasos por delante abriendo camino.
Hay un montón de agentes por toda la terminal, se van replegando poco a poco hasta llegar a los vehículos que se encuentran en la entrada.
No han perdido tiempo en aparcar bien ninguno de los coches patrulla, está claro que tenían prisa.
Durante todo el trayecto nadie me dice nada y yo no pregunto. Espero que todo se solucione en cuanto hablemos en comisaría. Garmendia está cometiendo un error y tengo que hacer que se dé cuenta.
Al llegar me meten en un cuarto…, y me quedo esperando a que alguien venga a explicarme qué es lo que está pasando.
No puedo entender cómo he terminado yo aquí y no Sara.
Le di todos los datos en la carta: dónde encontrarla y hasta el modelo de maleta en la que la encontraría.
Y no era difícil, esa maleta no la compra cualquiera, es muy cara.
Llevo dos horas aquí sentado y nadie viene para hablar conmigo. Alzo la voz pidiendo algo de agua. Un agente cruza la puerta y me deja un vaso en la mesa. Le pido que me quite las esposas, lo único que hace es ponérmelas de manera que las manos las tenga delante de mí.
—Así ya puede beber. En un rato vendrá el inspector para interrogarle.
El agua tiene un sabor raro. Seguro que es del grifo. Durante muchos años la estuve bebiendo en mi piso y el sabor es inconfundible.
No sé qué hora es, ya llevo muchísimo rato aquí solo. Al final se abre la puerta y aparece Garmendia.
—Hola Garmendia, ¿Qué pasa?¿Qué hago aquí y así? —alzo las manos enseñándole las esposas.
—Está detenido por el posible asesinato de Sara Palos.
—¿Ahora me hablas de usted? ¿De qué asesinato me estás hablando? Ella está en la maleta, en el aeropuerto.
—La maleta sí estaba, aunque dentro no se encontraba Sara, tan solo su móvil y restos de cabellos y sangre, que ya hemos cotejado con la de Sara y da positivo.
—¿Qué? ¿Qué sangre? ¿Cómo que no está?
—Aquí soy yo quien hace las preguntas. Así que no hable si no se lo pido.
El tono de voz de Garmendia es del todo agrio. Se encuentra muy enfadado y por su rostro diría que defraudado, no puedo entender por qué me acusa a mí de algo tan ilógico. Lo miro en silencio y empieza el interrogatório.
—¿Exigió a Sara Palos que retirase de su cuenta privada todo su dinero y lo ingresara en su cuenta el pasado martes día 1, o sea ayer?
—Le pedí, no le exigí, es mi dinero, los cuatro millones de euros.
—¿Reconoce que Sara depositó en su cuenta ese dinero?
—Así quedamos. ¿Cómo que no está en la maleta? Ella debía estar allí, esperando a ser embarcada en el vuelo a Groenlandia.
—Será mejor que primero conteste a las preguntas que le formule. Tenemos que poner en orden cronológico los sucesos.
—Sara ingresó dos millones de euros en su cuenta, ¿los otros dos se los entregó en mano?
—¿Cómo que ingresó dos? tenía que haber ingresado cuatro millones y medio.
—Hoy usted ha intentado coger un vuelo a Caracas.
—Sí.
—¿Por qué la maleta tenía destino Groenlandia?
—Ella quería ir a Groenlandia, yo esperaba que la detuvieras antes.
—¿Dónde está el cuerpo Javier?
—¿Qué cuerpo?
—El de Sara. En la maleta había sangre, señal de que algo le ha hecho.
¿Qué pretendía? Sus padres nos han dicho que hace dos días estuvieron juntos en su casa hablando de formalizar su relación y hoy, ella ha desaparecido, ¿se asustó y quiso salir huyendo?
Hemos encontrado restos de su sangre dentro de una maleta y nadie del aeropuerto sabe cómo llegó esa maleta a la sala de distribución para embarque. ¿Qué ha hecho con Sara?
—Nada, tan solo la acompañé al aeropuerto. Ella debía meterse en una maleta y la intención era salir del país antes de que la detuvieras por matar a Dubois.
—Eso es otro tema. Hemos encontrado en un trastero a su nombre un móvil y un neceser con insulina de Dubois. Usted no necesita insulina. Es la insulina con la que mató a Dubois ¿no es verdad?
—¡No! ¿Nos estamos volviendo locos? A ver. Pongamos las cosas claras. Yo no he matado a nadie. Sara mató a su novio por los documentos, estaba compinchada con Itúrbide y...
—Ahora va a meter a su empresa por medio.
¿Se está escuchando? Está desvariando, va de un lado a otro.
No me da información clara. Le voy a dejar un rato más solo para que piense bien en lo que me va a decir.
Y espero por su bien, que cuando vuelva me diga la verdad y me cuente dónde está Sara.
¡Y que Dios te libre si está muerta porque yo no te ayudaré!
El inspector sale por la puerta más nervioso de lo que ha entrado. Yo estoy confuso. Necesito pensar qué es lo que me ha estado diciendo Garmendia. Si Sara no está en la maleta ¿dónde está?, ¿dónde ha ido?, ¿por qué está su móvil... y sangre de ella dentro? Raúl, ¿le ha hecho algo Raúl?