Un tipo con poca suerte (Javier Ramiro 2) 30
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Una cena incómoda

He llegado al piso de Sara, son las diez.

No he madrugado mucho, tampoco he dormido mucho esta noche.

Estoy algo preocupado, bueno, en realidad muy preocupado.

Todo lo que descubrí anoche me dejó desconcertado.

Siempre he visto a Sara como una joven muy espontánea y algo inmadura, tal vez no sea la descripción más acertada y menos al saber lo de su bipolaridad.

Puede que todo  se deba a su enfermedad, sus cambios de humor, su entusiasmo o su enfado y su aislamiento, todo lo veo de forma diferente, debo estar muy seguro de qué decisión voy a tomar con respecto a ella.

Al entrar en casa, Sara me arrolla llenándome de besos y no para de hablar de todo lo que hizo ayer.

Está muy entusiasmada, pero ya no puedo mirarla de la misma forma que antes.

Me enseña la maleta y ha comprado hasta el ventilador de mano.

Yo intento explicarle cómo pasé el día de ayer, paseando por los jardines, por el museo…

es imposible. No consigo que pare quieta a mi lado.

Va de un lado para otro de la casa organizando cosas y preparando la comida.

Antes me parecía increíble, llena de vitalidad y entusiasmo, ahora, tengo algo de miedo.

No sé qué puedo esperarme y temo que en cualquier momento cambie y todo vaya mal.

Desde que hablé con el detective Fernando Gurutza todo ha cambiado, tengo que reconocer que yo siempre he sido un mentiroso y puedo llegar a entender que si tuviera una enfermedad como la de Sara tampoco iría pregonándolo por ahí.

Sería precavido y reacio a ir contándolo por si eso hace que la gente me vea de otra manera, que es lo que me está pasando a mí.

No sé si fiarme del comportamiento que tiene con respecto a mí o a nosotros en general, y tal vez no sea lo más justo.

Por la noche nos arreglamos y nos vamos a casa de sus padres, hoy cenamos juntos. Es la última cena de Sara con su familia.

—Kaixo, habéis llegado justo a tiempo, acabamos de abrir una botella de vino blanco.

—Kaixo mamá. ¡Hola a todos! —besa a su madre como si no hubiera ocurrido nada en nuestra última visita.

Nos saludamos unos a otros y nos dirigimos a la cocina para coger una copa de vino cada uno.

La cocina está llena de bandejas de todo tipo de canapés.

Hay una tarta de espárragos y otra de langosta.

No esperaba que la cena fuera tan increíble.

Tal vez sus padres nos anuncien alguna buena noticia, es lo único que se me ocurre al ver tantos manjares.

Una vez en el salón, nos sentamos en el sofá y los padres de Sara en los sillones. Parecen muy entusiasmados. En cualquier momento nos dirán a qué se debe tanta alegría. La hermana de Sara no está, tal vez sea algo relacionado con ella.

—Bueno... ¿qué es eso que nos tienes que contar Sara?

No puedo creérmelo, miro a Sara de reojo y está sonriente, radiante... espero que no se le ocurra decir...

—Bien, sabéis que Javier y yo estamos juntos y nos va muy bien.

Entonces... creo que después de estar viviendo bajo el mismo techo ha llegado la hora de que lo hagamos oficial.

Me gustaría que organizaseis un cóctel para poder presentarlo y que todos sepan que vamos a llevar lo nuestro a otro nivel.

No puedo hablar, ni tragar saliva. Me he quedado petrificado. ¿De verdad está diciendo lo que oigo o no lo he entendido bien? No me atrevo a hacer nada. Sostengo la copa de vino y por segundos creo que se me va a caer de las manos. ¿Qué está pasando?

—Enhorabuena, cariño. Pensábamos que después de la muerte de Dubois no podrías rehacer tu vida, no al menos tan rápido, estamos muy contentos. ¿Verdad querida? —dice el padre mirándome de reojo.

—Sí. Tu padre y yo estuvimos hablando hace poco de vuestra relación y te iría bien formalizarla —continúa diciendo su madre—. Está claro que vosotros ya lo habíais pensado. ¡Felicidades!

Todos levantan sus copas y brindan, yo no sé cómo actuar.

Creo que tendría que decir algo, negarme a seguir con esto, me siento tan aturdido, todo parece tan surrealista que no sé qué hacer.

Termino por levantar mi copa, sonreír y brindar.

Sara me mira dulce y cariñosa y me besa. Esto no me lo esperaba para nada.

La cena pasa muy despacio, al menos para mí.

Todo el rato hablan de cómo será y dónde se hará el cóctel, de los invitados y de qué orquesta será la mejor para el evento.

Creo que voy a vomitar. Debería decir algo, o levantarme de la mesa y llevar a Sara a otro cuarto para hablar...

soy incapaz. Todo parece que se ha enredado de tal forma que durante el resto de la cena me resuenan palabras sin sentido.

Si se trata de una broma de Sara me parece que se está pasando.

Se supone que nos marchamos bien lejos, lejos de Bilbao, de su familia, de la policía, de todo...

estamos planeando como preparar mi presentación a las amistades de esta familia y de nuestro compromiso.

Esto será una complicación más para cuando desaparezcamos.

Decido pasar la velada de la única forma que creo que conseguiré tranquilizarme, bebiendo todo lo que encuentro a mi alcance.

Está claro que hoy no me lo van a tomar en cuenta, estamos de celebración y creo que «mi futura suegra» lleva bebidas tantas copas como yo.

Al final de la velada, terminamos por llamar a un taxi.

Nadie está en condiciones de conducir hasta nuestro piso, bueno, el piso de Sara.

No sé cómo he llegado a la habitación ni cómo he terminado en calzoncillos, en cuanto toco las sabanas caigo en un profundo sueño.