29
El detective
Hemos pasado dos días muy tranquilos. Trabajando, cenando y durmiendo juntos en su piso.
Todo sin grandes complicaciones. Hoy ella va en busca de la maleta perfecta y yo me dedico el día a no hacer nada.
Paseo un rato por los jardines del parque de Doña Casilda y termino sentado debajo de un árbol, a la sombra.
Al medio día paso por el Guggenheim, y termino comiendo en un restaurante con Estrellas Michelin que hacen la carne de ternera más impresionante de todo Bilbao.
Quiero guardar en mi memoria estos momentos para recordar mi tierra cuando esté lejos.
Por la tarde, cansado de andar, me vuelvo al piso a esperar que me llame Sara.
Menos mal que no he ido con ella. Son las seis de la tarde y todavía no me ha confirmado que haya encontrado una maleta adecuada.
Tal vez tenía razón, me hubiera puesto histérico si tarda tanto en decidirse por una maleta.
¿Qué hará cuando tenga que comprar un mueble o un coche? Espero no tener que averiguarlo nunca.
Llega la noche sin darme cuenta. Me he dormido en el sofá.
Suena el móvil, es Sara que ya ha terminado.
En vista de la hora que es, quedamos en vernos mañana.
Cuando me despierte iré a buscarla para comer y más tarde iremos a cenar a casa de sus padres.
Será su última cena en familia. Espero que esta vez tengamos una cena tranquila y agradable, al menos por ella.
A mí me da igual que no me traguen, me trae sin cuidado.
No necesito su aprobación para nada. Para ella es diferente, la última vez que los vio, salió muy disgustada y defraudada.
Estoy algo cansado y no tengo hambre, todavía me repite la carne del medio día. Creo que me he pasado con la cantidad. Me acerco a la cocina y me preparo algo de bicarbonato con limón. Espero que surja efecto y pueda dormir tranquilo.
En ese instante llaman a la puerta. Enciendo la luz de la mesita y miro el móvil. Son las doce menos cuarto de la noche. ¿Quién será a estas horas? Me acerco a la puerta y pregunto por el interfono. Me contesta la voz de un hombre que pregunta por mí.
—¿Quién es?
—Vengo para hablar con usted de un tema de suma importancia. Creo que agradecerá la información que tengo que darle.
—Pero ¿quién es?
—Soy detective privado. Tengo que hablarle de Sara.
Sara... quiere hablarme de Sara. No esperaba una visita así y menos a estas horas, la curiosidad me puede y abro la puerta.
Espero en el descansillo y aparece por el ascensor un hombre que reconozco enseguida.
Es el mismo tipo que nos fotografió y el que me siguió la noche que salí a por el vino.
Dudo si debo dejarlo entrar en mi piso y él se da cuenta.
—No se preocupe. No soy peligroso. Tengo información muy importante para usted. Mi nombre es Fernando Gurutza y me ha contratado el señor Itúrbide.
Dudo, al final le hago pasar y nos dirigimos al salón. Una vez allí nos sentamos y empieza a hablar.
—He estado siguiéndole por petición del señor Itúrbide.
—¿Por qué?
—Eso es lo de menos. Le diré que tiene que ver con su pérdida de memoria. Desde que volvió he estado siguiendo todos sus pasos y los de su compañera.
—¿Sara?
—Sí. ¿Sabe que la señorita Sara Palos es la hija del empresario Eneko Palos Arriazu, socio directo del señor Itúrbide?
No puedo responder. La pregunta me deja desencajado y él se da cuenta. No tengo ni idea de lo que me está contando. Lo observo en silencio y él prosigue su explicación.
—En todo momento, la señorita Palos ha estado en contacto con el señor Itúrbide.
Han estado teniendo tratos a espaldas de su difunto novio Jorge Dubois y, por lo que puedo apreciar en su rostro, de usted también.
El trato al que llegaron fue que si ella conseguía los documentos que tanto tiempo llevaban buscando, los mismos que Dubois estaba intentando conseguir, ella pasaría a ser socia directa de la empresa.
Para ello debía hacer todo lo posible para que Dubois no los consiguiera, y por ese mismo motivo, la señorita Palos terminó con la vida de él.
Parece que cada vez estaba más cerca. El señor Itúrbide se ha encargado hasta ahora de esconder ese delito, ahora, hemos llegado a un punto en el que Sara empieza a molestar y no sé cuánto tiempo seguirá protegida.
He intentado en varias ocasiones acercarme a usted para ponerlo al día de su situación.
Por lo que he podido observar y descubrir, usted ha tenido problemas de memoria y no recuerda gran parte de su pasado.
El señor Itúrbide está buscando mucho dinero que le fue sustraído como intercambio de esos documentos y está intentando averiguar quién lo tiene.
Después de mucho investigar, he descubierto que está en posesión de Sara Palos, cosa que mi jefe no espera. Todavía no le he informado.
Me mantengo callado, lo observo y no sé a dónde nos llevará esta conversación. No tengo claro las intenciones de todas estas explicaciones, tengo que esperar para tomar una decisión y reaccionar.
—No creo que deba fiarse de Sara —prosigue—. No tengo ni idea de sus intenciones, es alguien inestable. En su pasado llegó a estar ingresada durante un tiempo en un psiquiátrico, tiene problemas.
—Problemas ¿a qué se refiere? —esto sí que no me lo esperaba.
—Es bipolar. Mientras sigue su tratamiento está estable, nadie puede controlar que se medique todos los días, sus padres lo han intentado todo, cada vez es más complicado desde que murió Dubois.
Sara sufrió un atropello en el aeropuerto, se supone que se marchaba de viaje sin que nadie lo supiera; y después de recuperarse terminó por marcharse.
Estuvo un poco más de un mes en Suecia y nadie se explicaba con qué dinero.
Ahora ya lo sabemos. Es ella la que tiene el dinero del chantaje de los documentos que consiguió Itúrbide, aunque no tenemos claro cómo llegó a sus manos.
—Yo de todo esto no sé nada. ¿Por qué me está explicando esto a mí?
—Me sabe mal... en realidad no debería entrometerme, tan solo tengo como encargo averiguar dónde está el dinero, en vista de la fragilidad de su situación, debido a su memoria, me siento incapaz de mirar hacia otro lado y no informarle.
De todas formas, le agradecería que no dijera nada a nadie, y menos al señor Itúrbide. No quiero tener problemas.
—No se preocupe. No diré nada. Gracias por toda esta información, ahora ya sé cómo es la joven con la que había planeado pasar el resto de mi vida. Tengo que pensar mucho y replantearme muchas cosas. Le agradezco que me lo haya explicado. De verdad.
—Bueno, yo debo marcharme, no quisiera que nadie me viera por aquí. Espero que si vuelve a verme no me persiga por las calles, ¡jajaja!... —no me hace ninguna gracia su comentario, parece que a él sí.
Lo acompaño a la puerta y, tras cerrar, me dejo caer al suelo y me quedo sentado sin saber qué pensar, cómo reaccionar, ni qué debo hacer a partir de ahora.