Un tipo con poca suerte (Javier Ramiro 2) 28
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Un bar conocido

Hace un día muy caluroso. He despertado con las sábanas empapadas en sudor.

En casa de Sara se duerme mejor. El aire acondicionado es un básico en cualquier vivienda, aunque hasta ahora no era consciente.

Me ducho y desayuno algo rápido antes de dirigirme al despacho.

He quedado con Sara para ir a comer y hablar de todo lo que concretamos Raúl y yo.

Espero que sea consciente de lo que me estoy arriesgando por ella.

Es la única forma de salir de España sin que le puedan seguir el rastro.

Si alguien dudase o la descubriese dentro de la maleta, está perdida.

La policía terminaría atando cabos y descubriendo que ella es culpable de la muerte de Dubois y terminarían relacionándome con ella y el viaje, y eso no nos lo podemos permitir.

La mañana la paso revisando, en mi ordenador, las cuentas de distintos clientes que han estado haciendo algunas inversiones algo desafortunadas y deben solucionar su situación y recolocar el dinero de sus cuentas para sobrellevar las pérdidas.

Me imagino que cada uno tiene, en estos momentos, una situación bastante desesperante.

Cada vez tengo más claro que el juego y las apuestas no son para mí.

El encontrarse en situaciones de desequilibrio económico no ayudan a progresar ni a sentirse bien con uno mismo.

Ha llegado la hora de comer y Sara viene a mi despacho para recogerme; Se acerca y me besa como si no hubiera un mañana.

Esto de no pasar la noche con ella ha servido para crearle una necesidad imperiosa.

Está guapísima, como siempre. En cuanto la veo se me olvidan todos los problemas y dificultades por las que estamos pasando.

No son muchas, pero sí importantes. Tenemos un dinero que hemos conseguido gracias al chantaje y encima un muerto a nuestras espaldas.

Tan solo espero que Garmendia no ate cabos muy rápido y nos dé tiempo a marcharnos bien lejos.

Nos acercamos a un pequeño bar que hay en la esquina de la segunda manzana, cerca de las oficinas.

Es un bar pequeño. Al entrar lo reconozco y el camarero a mí.

Es el bar al que iba siempre a comer antes de toda mi aventura en Caracas y de mi pérdida de memoria.

José, el camarero se alegra mucho de verme y me hace todo tipo de preguntas, desde dónde he estado, hasta cómo me encuentro.

Sara se sorprende porque no era consciente de esta ecuación paralela; tengo que reconocer que yo tampoco, hasta que he entrado en el local.

Nos sirven la bebida y pedimos la comida, algo sencillo y estoy seguro que delicioso; todo lo que he tomado en el pasado en este bar estaba buenísimo. Al quedamos solos en la mesa y José dedicarse al resto de clientes, nos ponemos a planear cómo haremos las cosas.

Empiezo explicando que ya he hablado con Raúl y que todo será muy sencillo. Ella tan solo debe personarse en el aeropuerto y Raúl la acompañará hasta el cuarto donde guardan las maletas de clientes exclusivos que no pasan por el escáner.

—Tú tan solo tendrás que meterte en la maleta, ponerte en la posición más cómoda posible y él cerrará la maleta. En una hora, más o menos, pasarán a recogerte y te llevarán al avión. No te has de preocupar por nada. Tendrán mucho cuidado con no lastimarte.

—¿Entonces sabrán que voy dentro de la maleta?

—No. La gente que usa este sistema para llevar cosas, suele llevar de todo. Desde cuadros de arte, cerámica, animales... Está claro que deben tener sumo cuidado con todo el equipaje.

—¿Y si me entran ganas de ir al baño?

—No te preocupes, lo tengo todo pensado.

La primera vez fue algo caótico. No tuve en cuenta cosas como esa, ahora, he calculado hasta el último detalle.

Te has de poner un pañal, pequeño, que no se note mucho, por si acaso.

Debes llevar un pequeño ventilador de mano y una botella de agua pequeña.

No pasarás frío porque te colocarán en una cámara de contención, así estarás a una temperatura agradable. Y poco más.

—¿Y tú? ¿Me recogerás?

—Claro, en cuanto lleguemos al primer aeropuerto yo pasaré a recogerte en la consigna que me haya indicado Raúl y te sacaré de la maleta.

De ahí, hacia nuestro destino. Podrás refrescarte un poco en los aseos y cambiarte de ropa si quieres.

También comeremos algo en la cafetería del aeropuerto y una vez recuperada nos montamos en el siguiente avión con destino...

—¡Groenlandia!

—¿Groenlandia?, ¿qué se nos ha perdido allí? Yo pensaba en algo más caribeño.

—No creo que sea buena idea volver a Caracas. Sería muy complicado explicar la situación en caso de descubrirnos. Creo que será mejor ir en otra dirección. Ya tendremos tiempo de viajar a donde quieras pasados unos meses, o un año.

Sara tiene razón. Tal vez no sea tan buena idea lo de volver a Caracas.

Tendré que indicar a Díaz donde estamos para que viaje hasta nosotros.

Será lo mejor. Tengo muchas ganas de verlo y de contarle mi regreso con todo tipo de detalles.

Las llamadas telefónicas son cortas y no nos da tiempo a hablar mucho.

Por ahora no le hablaré a Sara de mis intenciones de reencontrarme con mi fiel amigo y de sumarlo a nuestros planes.

Tal vez ella crea que tres son multitud.

—He pensado que mañana podemos ir a comprar las maletas para el viaje —continúo diciendo.

—Mejor voy yo sola. Tengo que encontrar una maleta que sea perfecta para mí y no quiero hacerte perder toda la mañana. Soy algo exigente. Y más si va a ser mi residencia durante unas horas. Quiero escogerla bien.

—No te preocupes, no me importa ir de tienda en tienda.

—Ya, yo no quiero sentirme presionada por tus miradas cuando llevemos cuatro tiendas sin escoger una.

Siento que Sara me está dando largas y no entiendo por qué. Está claro que no quiere que la acompañe. No termino de entender estas reticencias, después de varias veces insistiendo en acompañarla y ella, dando excusas, desisto de presionar más. Mañana me dedicaré a hacer cosas para mí.

Hablamos del tema del dinero y llegamos al acuerdo de que ella sacará cuatro millones y medio de Euros del banco, para ello necesitará una semana por lo menos.

Tiene que hablar con el banco y solicitar el retiro.

Una vez tenga el dinero, irá hacia el banco donde tengo mi cuenta y me hará el ingreso.

Ella me abrió la cuenta y allí conoce a alguien que no pondrá quién hizo el ingreso, dice que cuánta menos relación haya entre nosotros, menos posibilidades de ir atando cabos en caso de que la policía descubra su crimen.

No queremos que terminen encontrándola por seguir mi rastro.