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Vámonos lejos
Despertamos casi a la par. Son las ocho de la mañana y los dos ya estamos en la cocina preparando café y tostadas. Tan solo nos hemos dedicado un: buenos días. Ninguno de los dos nos atrevemos a mirarnos a la cara.
Nos sentamos en la cocina y una vez ya empezamos a degustar el amargo café, veo la fotografía con los números en la mesita del comedor. Me levanto a cogerla y la dejo delante de Sara. Ella me mira de reojo sin decir nada…
—¿Sabes que significan esos datos?
—Creo que sí. «200u» doscientas unidades de insulina «22:30» que le di a las diez y media a «JD» Jorge Dubois. Alguien lo sabe.
—¿Quién?
—¡Yo que sé! —está muy alterada—, me están siguiendo a mí. Lo saben y lo más seguro es que me metan en la cárcel ¡Tenemos que irnos! ¡Vámonos lejos!
—Es muy extraño que sea la policía, Garmendia me habría dicho algo.
—¿Qué están siguiendo a tu novia?, ¿tú crees que te lo diría? —contesta con ironía.
—Ya... puede ser que no. Si fuera la policía te habrían detenido ya y no lo han hecho. Tal vez sea otra gente.
—Pues peor me lo pones, si no son los buenos que me siguen, son los malos. Y esos son muy malos.
—Pero, ¿quiénes son?
—No lo sé, vámonos lejos, tú y yo. Cojamos un avión y marchémonos, tal y como habíamos decidido hacer hace meses, antes de todos estos líos. Tú y yo solos, empezaremos de nuevo y seremos felices —Sara me abraza y yo me dejo abrazar sin decir nada en absoluto.
El fin de semana es algo complicado, debemos mediar entre la tragedia y la necesidad de subsistir.
Está en juego el futuro de los dos, tengo muy claro que no pienso cargar con la responsabilidad de un muerto.
Eso son palabras mayores. Así que debo de actuar rápido y en consecuencia.
Todo depende del tiempo que nos quede, y no parece mucho y menos sabiendo que nos están siguiendo, y esa foto...
esa foto confirma que alguien sabe que Sara ha matado a Dubois, está muy claro.
El domingo aprovecho un momento en el que salgo a comprar una barra de pan y unos cruasanes para llamar otra vez a Díaz.
Necesito explicar todo lo que siento y cómo me encuentro en este preciso momento.
Sara no me lo está poniendo nada fácil y cada vez dudo más si debo seguir con ella o alejarme y seguir con mi camino.
La conversación es intensa y desesperada en algunos instante; Díaz confía en mí y me dice que está seguro que terminaré haciendo lo correcto.
Eso me anima bastante y me tranquiliza. Nos despedimos y le hago saber que lo echo de menos y que cada día que pasa tengo más ganas de probar uno de sus zumos de frutas naturales tan reconstituyentes.
Las risas son lo último que escuchamos y eso me da esperanza de que todo mejorará y llegará la calma.