24
Pruebas
Por la mañana seguimos los pasos de todos los días desde el último mes.
Levantarnos, desayunar, vestirnos y hacia la oficina.
Antes de dejar el piso, cuando ya nos encontramos en la calle, me doy cuenta de que he olvidado el móvil y la insulina que había escondido anoche, así que finjo haberme dejado la cartera en la mesita de noche y entro de nuevo al edificio.
Sara, mientras tanto, va hacia el coche para desaparcar y ponerse en doble fila esperándome.
Cuando ella llega con el coche y se detiene delante, yo ya la espero.
—Qué rápido. ¿Has subido corriendo? —se sorprende.
—No. Jajaja, es que a mitad de camino me he dado cuenta de que la llevaba dentro de la bandolera. ¿Vamos? —le contesto sin darle mucha importancia.
Arranca el coche y vamos hasta el trabajo. Todo parece estar en calma. Me encargo de hablar con el jefe de grandes cuentas para solicitar información sobre qué es lo que debo hacer a partir de ahora, ya que hasta hoy no he trabajado en nada dentro de la firma. Eso no puedo decírselo a nadie.
Al volver a mi despacho, algo me llama la atención, mi puerta no está cerrada con llave.
Estoy seguro de haberla cerrado en cuanto salí para hablar con el jefe.
Es una costumbre que cogí con el tiempo que pasé en Caracas.
Dejarme la puerta abierta allí era muy peligroso, nunca sabías que podías encontrarte al volver.
Empujo con suavidad la puerta y asomo la cabeza, no hay nadie dentro, aun así, la luz está encendida.
Está claro que ha entrado alguien, es pleno día y yo no la he encendido, si alguien la ha encendido por error, es muy difícil que se haya dado cuenta, ya que el despacho está lleno de la claridad del día y no se aprecia.
Me acerco al ordenador y compruebo que nadie lo ha manipulado.
Mis cajones están cerrados y tan solo puedo encontrar un sobre a los pies de la puerta por la parte de dentro.
Me agacho para cogerlo, es un sobre beige, sin dirección ni remitente.
Tan solo un sobre cerrado. Lo abro y extraigo una fotografía en la que aparezco yo y Sara paseando por la calle.
Nada más. Miro el reverso de la foto y hay unos números: 200u22:30JD.
No entiendo su significado, está claro que tiene que ver conmigo o con Sara, o con los dos.
Permanezco sentado mirando los números e introduciéndolos en el ordenador por si consigo desvelar algo, no tengo suerte.
Está claro que «22:30» es una hora, y «u» podría significar unidad...
No le encuentro ningún sentido y menos con mi foto al reverso.
Es muy extraño, ¿Quién nos ha fotografiado y por qué?
¿habrá sido el tipo del que me habló Sara?
Seguro. ¿Y por qué se tomaron las molestias de dejármelo en mi despacho?
¿Quién conoce que este es mi despacho si hace tan solo un día que me lo han asignado?
Está claro que tan solo Sara, el conserje, el director y las personas que realizaron el traslado están al corriente del cambio. Los sospechosos quedan bastante reducidos, debo ir descartando para cercar al culpable y conseguir que me explique qué significa todo esto.
Pongo la fotografía dentro del bolsillo del pantalón y voy a ver a Sara a su despacho.
En cuanto entro, veo que está muy ajetreada, tiene un montón de llamadas en espera en su centralita y parece que tiene que realizar un montón de llamadas más para organizar una reunión por orden de su jefe.
No es un buen momento, así que levanto la mano y sonriendo, salgo de nuevo de la oficina.
Aprovecho para bajar al vestíbulo y hablar con el conserje, tal vez pueda sonsacarle algo interesante a ese hombre que lo ve todo.
Al llegar al vestíbulo tengo que esperar a que atienda a un mensajero que trae varias cajas para administración. Cuando termina de darle todas las indicaciones y el mensajero se dirige al ascensor, me acerco para entablar conversación.
—Buenos días.
—Egun on ¿En qué puedo ayudarle? —cordial y amable como siempre.
—Me preguntaba ¿si vio a las personas que se encargaron del traslado de mi oficina arriba?
—Claro, eran los del personal de mantenimiento.
—¿Dónde puedo encontrarlos?
—¿Le falta algo? —se preocupa.
—No. no... es que me gustaría que me revisaran las patas de la mesa, creo que se mueven un poco, tal vez tenga los tornillos algo flojos.
—No se preocupe que ahora mismo les aviso para que suban.
—Gracias. Otra pregunta, usted y yo ¿nos conocemos de algo más que del trabajo?
—No que yo sepa. Siempre me han dicho que tengo una cara muy normal, tal vez sea eso y me confunde con alguien.
—Claro, ¡jajaja! Será eso. Pues muchas gracias, cuando pueda envíeme a alguien para lo de mi escritorio.
—Ahora mismo.
Me dirijo al ascensor de nuevo y subo a mi planta.
Está claro que el conserje y yo no nos habíamos visto antes en ningún otro lugar.
Es un tipo muy sencillo y habla con mucha naturalidad, de tener alguna relación en el pasado lo habría notado enseguida, estoy seguro, tengo buenas dotes de detective.
Ahora espero ver a los de mantenimiento.
Pasada una media hora, entran dos hombres con mono de trabajo y una caja de herramientas dispuestos a apretar los tornillos de la mesa.
—Oh, perdonar chicos, es que tenía un cartón debajo de la pata y hacía que se balancease. Al final no era nada.
—Está bien. ¿Necesita que le revisemos algo más? —me pregunta el que parece el responsable de los dos con gesto molesto.
—Creo que no. ¿Vosotros hicisteis el traslado de mi oficina ¿Verdad?
—Sí —contesta con un tono muy seco.
—¿Quién les dio la orden?
—La secretaria de dirección. Ella en persona nos llamó para encargarnos el traslado.
—¿Les dijo si debían poner los muebles de alguna forma en especial o les encargó algo más?
—No. ¿A qué se refiere con algo más?
—Oh, pues... si debían dejar algo en el sótano o ponerme alguna luz más. Es que creo que por las tardes no tengo luz suficiente.
—No se preocupe. Esta tarde, cuando acaben la jornada le cambiamos las bombillas por otras con más potencia. ¿Algo más?
—No. Gracias.
Los hombres salen medio a empujones del despacho.
Entre la caja de herramientas que lleva uno y la escalerilla que lleva el otro, se chocan al girarse para salir.
Tampoco tienen nada de sospechosos, son dos tipos de lo más normales que se dedican a cumplir órdenes.
Si quedan descartados junto con el conserje y Sara, tan solo queda la secretaria de dirección y el mismísimo director.
Saco de nuevo la fotografía del bolsillo y la observo largo rato.
Decido separar los datos, «200_u_22:30_J_D».
Tal vez J D son las iniciales de una dirección, de un negocio o de un edificio, No sé enlazarlo con nada.
Dan las dos y salgo a comer con Sara. De camino al restaurante, le comento lo sucedido y termino por enseñarle la fotografía.
—Esto es de ayer, de cuando salimos del restaurante. ¿Te acuerdas que te dije que vi a un hombre en un coche haciendo fotos? —Sara se escandaliza un poco al vernos indefensos en la foto, ignorantes a todo lo que sucedía.
—¿Recuerdas cómo era el hombre? —la interrogo.
—Bueno, no estaba lejos, pude ver que llevaba pelo canoso y barba de dos días.
—¿Alguna cosa más que nos pueda ayudar?
—¿Ayudar a qué? —muestra su rechazo a mi pregunta.
—A encontrarlo si lo denunciamos.
—¿Cómo?... ¿qué?... no podemos denunciar a alguien que no sabemos quién es por hacernos una foto y luego enviárnosla. ¿Qué es lo que denunciarías? ¿Qué te han enviado una foto nuestra sin pedirla? —expone Sara algo alterada.
—Ya, no es muy normal.
Estamos a punto de entrar en el restaurante cuando vemos a alguien que se detiene en seco en la esquina al vernos.
Enseguida tengo claro que es el mismo tipo que me estuvo siguiendo anoche, así que salgo corriendo en su dirección.
El hombre al ver que me acerco ligero se introduce en un coche y se marcha a toda prisa de allí.
No he llegado a acercarme lo suficiente para ver la matrícula del vehículo.
Varios coches aparcados me tapaban la visibilidad.
Cuando regreso al restaurante, Sara ya se ha sentado a la mesa y ha pedido el agua.
Me extraña mucho que ella no me haya esperado en la puerta y haya decidido entrar para coger mesa.
Me parece una postura bastante despreocupada y egoísta, no le digo nada.
No tengo ganas de empezar una discusión y menos cuando tengo cosas más importantes de las que hablar, como los números al reverso de la foto.
Cuando le vuelvo a sacar la fotografía, dejándola encima de la mesa, Sara se extraña e incluso parece sentirse algo incómoda.
Doy la vuelta a la imagen y le dejo ver lo que hay escrito detrás.
Ella se pone colorada, se mete varias cucharadas de comida seguidas en la boca y luego bebe agua, todo ello sin mediar palabra.
—¿Tienes idea de lo que significan estos números y letras? —señalo con el dedo lo escrito.
—¿Por qué? —su tono de voz es algo irritante, parece incómoda y no sabe cómo disimular.
—¿Qué ocurre?¿Sabes qué significa? —la miro muy atento y luego cojo la foto y observó de nuevo los datos—, sabes lo que significa. Por eso estás tan nerviosa. Sara necesito saber que pone. Me lo han dejado en el despacho esta mañana.
—¿No podemos hablarlo en casa esta noche? Aquí no es el mejor sitio para hablar de esto.
La conversación se zanja así, sin más. Terminamos nuestro menú sin decir nada. Tomamos café y salimos en silencio, el mismo silencio que nos acompaña el resto del trayecto de vuelta al trabajo. Al llegar a la cuarta planta, ella me besa y dice.
—Piensa que lo que tenemos tú y yo empieza a ser algo muy bonito.
Al terminar la frase se dirige directa a su oficina y, tras cruzar la puerta, la cierra sin mirar atrás.
Llegada la tarde y el fin de jornada nos vamos juntos para casa.
Antes de subir al piso entramos en el súper a comprar algunas cosas que faltan para el desayuno de mañana, será sábado y no pensamos madrugar.
Después de llegar al piso, ducharnos y preparar la cena, nos sentamos en la mesa para degustarla y es cuando, sin poder esperar más tiempo para entender qué es lo que sabe Sara, empiezo a preguntar.
—¿El tipo que vimos hoy era el mismo de la cámara de fotos?
—Sí.
—Está claro que nos está siguiendo, ¿por qué?
—No sé.
—¿No sabes? —me la quedo mirando esperando alguna reacción, no hay ninguna, tan solo sigue comiendo.
—Pues algo pasa. O me siguen a mí o te siguen a ti.
—No sé por qué nos siguen, pero...
—Pero ¿qué? —me estoy empezando a poner nervioso.
—No sé, tal vez sea la policía.
—¿Por qué va a ser la policía? —esto sí que no me lo esperaba.
—¿No dices que no tienen al culpable de la muerte de Dubois?, tal vez estén investigando.
—Nosotros no tenemos nada que ver —se hace un silencio atronador que me permite oír el latir desde mis sienes— porque no tenemos nada que ver ¿verdad?
Sara se incorpora, coge el plato y se levanta caminando muy alterada hacia la pica de la cocina. Me levanto tras ella y la sigo intentando no perder ninguna de sus reacciones.
—Sara. Cuéntame qué pasa. Sabes que podemos hablar.
—Siéntate —me señala el sofá—. Tienes razón, tenemos que hablar.
—Me estás asustando Sara.
Nos sentamos y ella me coge de la mano mientras mira sin parpadear hacia el suelo. Está como en trance, no entiendo nada y cada vez estoy más y más nervioso. Creo recordar todo mi pasado hasta el último detalle, en este momento espero cualquier sorpresa.
—Bueno... recuerdas que nos encontramos en la estación.
—Sí.
—Pues Dubois iba para quitarle los documentos a quien los tuviera, parece ser que no habían documentos.
Él forcejeó con Salazar por su maletín y su amigo, el policía, le dejó vía libre para que escapase del lugar.
Después se dieron cuenta de que el maletín estaba vacío.
Al día siguiente, por la noche, Iván, el poli, fue al piso de Dubois.
A mí no me vieron, pues nada más entrar Dubois, Iván llamó a la puerta, y yo me encontraba en el dormitorio desde hacía un rato.
—¿Qué hacías en el dormitorio?
—Me escondí en cuanto escuché que abrían la puerta.
Había ido a recoger cuatro cosas mías que quedaban en el piso.
Eso da igual. Yo los escuché hablar. Decían que entre los dos no habían conseguido los documentos y Dubois le decía que sin documentos él no le ayudaría a la manutención de su hijo.
Iván se enfadó, Dubois le habló con mucha soberbia, como solía hacer con todo el mundo que no le era de utilidad, y al final Iván se marchó amenazándolo con explicar todo lo sucedido en la estación y en la empresa durante esa semana a sus superiores.
—¿Iván sabía cosas? —me hago el sorprendido.
—Eso parece, aun así, luego... yo salí del cuarto.
Estaba claro que terminaría por entrar y descubrirme, así que salí y disimulé.
No le dije que había ido a por mis cosas.
De todas formas él se enfadó bastante, se dio cuenta de que había escuchado toda la conversación y estaba muy alterado.
Intenté calmarlo y le preparé una copa. Estuvimos hablando durante una media hora y fue cuando empezó otra vez a hablarme como si yo fuera la culpable de toda la situación en la que se encontraba.
—¿En qué situación?
—Pues no tenía los papeles para poder entregar a su empresa y hacerse socio, me dijo que toda la información que yo le había estado dando de mi empresa no le había servido para nada; y estuvo así durante un buen rato.
Yo sabía que no terminaría bien la cosa con él y que si se enteraba que tú y yo teníamos los documentos...
¡buff!, bueno, no sé de qué hubiera sido capaz. Entonces lo hice...
—¿Qué hiciste? —me recoloco en mi asiento.
—Cogí la insulina y le agregué unas 200 unidades. Suficiente para terminar con él.
—¿Tú? ¿La insulina?
—Sí. Cuando estaba hablando sin parar, sentado en el sofá me acerqué y le inyecté detrás del cuello o en el lateral, no me acuerdo, fue todo muy rápido.
Apreté la jeringuilla y le metí todo... luego cogí mis cosas, y me marché directa a mi piso.
Allí estuve sentada en la silla del pasillo hasta que sonó el teléfono y me informaron de que debía ir enseguida al piso de Dubois porque había sucedido un accidente.
—Entonces, ¿tú ya lo sabías? Me llamaste destrozada y no me contaste nada.
Te fui a recoger y te consolé —estoy muy impactado, nunca me hubiera imaginado que esta jovencita fuera capaz de asesinar, más bien todo lo contrario, la estuve protegiendo hasta donde pude, incluso con la muerte de Elordi en las oficinas.
Estaba convencido que eso le había afectado mucho, y ahora...
Nos quedamos sentados en el sofá sin mediar palabra durante casi una hora. Ella espera que no la sentencie por sus actos y yo repaso todos mis recuerdos, todos mis movimientos desde el día de la estación, hasta el día en el que habíamos decidido irnos juntos para siempre.