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Cambio de oficina
Ya han pasado dos días y Sara se incorpora al trabajo, así que vamos juntos a primera hora. En el vestíbulo de las oficinas me despido con un beso discreto y me dirijo para abajo. Ella espera el ascensor. Pasados unos segundos, vuelvo a subir por las escaleras y me acerco al conserje.
—¿Dónde están todas mis cosas?¿Quién ha estado en mi despacho?
—Ah, perfecto, tranquilo no se preocupe. Gracias.
El conserje me alarga la mano con las llaves del despacho 413 y me desea un buen día de trabajo. Me pongo al lado de Sara, le guiño el ojo y esperamos a que llegue el ascensor. Es nuestro primer día juntos en la cuarta planta. Todo pinta muy bien.
* * *
Mientras tanto, en la décima planta, Itúrbide llama desde su línea privada a su abogado.
—Egun on [48] . Soy Itúrbide.
—Egun on.
—Necesito que averigües todo sobre un empleado. Familia, amistades, relaciones laborales, y dinero en cualquier cuenta bancaria, en el país o fuera.
—¿Qué tenemos que encontrar? —pregunta sin más.
—Si tiene cinco millones de euros en algún sitio. Dónde ha estado estos últimos seis meses y si de verdad no recuerda nada de su pasado.
—¿Si no recuerda nada?¿Qué quiere decir?
—Pues eso, si tiene amnesia. Se supone que tuvo un accidente y no recuerda nada. Necesito que me lo confirmes. De ser así y de encontrar el dinero, quiero que vuelva a mi cuenta ¡Ya! Haz lo que tengas que hacer.
—De acuerdo. Me pondré a ello enseguida. Conozco un tipo que puede investigar a fondo todos sus movimientos y es muy bueno. En cuanto sepamos algo se lo hago saber.
La comunicación se corta y Miguel, el abogado de Itúrbide, se dispone a cumplir con el encargo.
Llama a Suarez, un detective privado que cobra por horas, es algo caro, también es el mejor de la zona.
Se encarga sobre todo de espionaje empresarial, así que este encargo no debería ser nada difícil para él.
Una vez llegado a un acuerdo, todo se pone en marcha.
* * *
La mañana pasa muy tranquila. Me he estado instalando en mi nueva oficina y he pasado casi toda la mañana asomado a mi ventana.
No puedo dejar de pensar, como he sido tan necio de contentarme con aquel cuchitril de despacho a cambio de que no me dieran mucho trabajo y poder tener tiempo libre.
No me entra en la cabeza como he malgastado tanto tiempo a ser un don nadie, un cobarde al que le complacía el hecho de no tener que esforzarse y estar por completo solo, sin familia, sin amigos, sin nada.
Ahora ha resurgido un nuevo Javier. Estoy entusiasmado por avanzar y conseguir todo aquello que deseo y que, en realidad, siempre he deseado por mucho que me hubiese intentado convencer de lo contrario.
Llamo varias veces a Sara desde mi despacho, tan solo para escuchar su voz.
La joven está muy contenta, se siente alagada y su capricho, o sea yo, me empiezo a convertir en algo necesario, como un chute de vitaminas a primera hora de la mañana.
Cuando termina la mitad de nuestra jornada laboral, nos acercamos al restaurante más próximo para comer.
Sara me ha traído a un sitio fantástico, donde comen todos los días los grandes directivos de las empresas cercanas.
Es muy caro, aun así nos lo podemos permitir.
Es un pequeño lujo para celebrar el cambio de oficina.
Pedimos el menú, que en realidad está fantástico, un poco de salmón con crema de pistachos y espuma de setas, de segundo ternera con una reducción de jerez decorado con unas flores comestibles y de postre, yo me pido una mousse de cuajada con arándanos y ella una tarta de chocolate al ron; todo acompañado con un vino excelente que nos recomienda el metre.
Sin duda, es la mejor comida que he probado hasta el momento.
Tras comer, salimos de nuevo en dirección al trabajo.
Sara se detiene para meter con cuidado su monedero y su móvil en el bolso.
Mientras hace malabares para que no se le caiga nada, se queda fija mirando a un tipo en un coche, frente a nosotros, aparcado.
Dirijo la mirada hacia el coche y el vehículo sale a gran velocidad.
Ha sido extraño, ella no me comenta nada y seguimos caminando.
De camino a la oficina, Sara está callada y distante.
Puedo apreciar un cambio en su actitud que me resulta inusual.
No descarto que su cambio de humor se deba a la comida.
Ya he comprobado con anterioridad que el comer o no comer le produce un trastorno en su estado de ánimo, así que no hago ningún comentario y camino junto a ella en silencio.
Llegada la noche, volvemos al piso de Sara y tras una agradable ducha en pareja, preparo algo de cena mientras ella ordena cuatro cosas de su armario.
Hemos hablado de hacer espacio para mi ropa.
Todo parece irnos muy bien, y Sara está preparada para dejarme compartir su espacio a jornada completa.
Una vez terminada de preparar la cena, me acerco al dormitorio para avisarle.
Cuando abro la puerta, Sara parece darse un susto y esconde detrás de ella una bolsa de basura negra grande.
—Ya está la cena. ¿Qué haces? —le pregunto.
—Nada, retiraba cosas que no me sirven y así te dejo sitio en el armario —sonríe intentando disimular, su respiración se aprecia algo acelerada.
—Vale, luego sigues. Vamos a cenar.
—Sí.
Sara sale del cuarto, pasando entre el marco de la puerta y yo, muy pegada a la bolsa que no suelta hasta llegar a la terraza.
La cierra fuerte y la deja en el suelo con la premisa de bajarla más tarde.
Yo no puedo esperar a más tarde. Todo esto me parece muy raro.
Se nota que la joven esconde algo y debo saber qué es.
No puedo esperar a que ella me lo cuente, si es que llega a hacerlo.
—¿Sabes qué? —le comento—. Voy a bajar a por una botella de vino tinto. Esta cena hay que tomarla con vino y no tenemos.
—¿Ahora? —dice Sara mientras se sienta a la mesa.
—Sí, será un minuto, bajo y subo enseguida. Ya verás.
Voy a ponerme las deportivas y cojo mi cartera, paso por la terraza y cojo la bolsa de basura.
—De paso la tiro —digo mientras salgo del piso sin darle tiempo a poner ninguna pega a mi decisión.
Cuando llego a mitad de la escalera, abro la bolsa y puedo comprobar que hay ropa y entre ella un móvil y una especie de neceser.
Dentro encuentro un equipo de insulina. ¿Por qué quiere deshacerse de un móvil y del neceser?
Sospecho que Sara no es tan inocente como aparenta, que detrás de esa carita dulce y sonrosada hay una mujer que trama algo, y eso me inquieta.
Me guardo el teléfono y el neceser y lo escondo debajo de las escaleras, en el último rellano.
«Aquí estará seguro hasta mañana». Debo encontrar la manera de cogerlo y llevarlo a mi piso.
Tal vez me sea necesario más adelante. No sé por qué creo que debo esconderlo.
Al cabo de unos treinta minutos ya me encuentro de nuevo en el piso con la botella de vino.
—Has tardado demasiado. ¿Qué ha pasado? —se queja ella.
—Pues algo muy extraño. Me pareció ver a un tipo que me seguía y pensé que quería robarme la cartera. Así que di varias vueltas por las calles hasta meterme en un portal del que salía una mujer. Cuando vi que se alejaba, volví para casa. ¿No crees que es extraño?
—Pues ahora que lo dices, a mí me pareció ver a un hombre haciéndonos fotos desde su coche a la salida del restaurante hoy. No te dije nada, porque pensé que eran tonterías mías, ahora...
—Tranquila, no será nada. Estamos algo paranoicos, nadie tiene motivos para hacernos daño y nadie sabe que tenemos tanto dinero.
Además seguimos con nuestra rutina del trabajo y no tenemos por qué temer que nos vayan a robar.
Hay gente con más pasta y más interesantes que nosotros para seguir.
Yo me alarmé por nada, ya está. Tan solo fue una sensación, solo eso.
Es una excusa tonta, sin pies ni cabeza, parece que ella quiere que sea una explicación razonable y así sentirse más segura.
De todas formas no se me va de la cabeza durante toda la cena.
Algo no está yendo bien y debo averiguar qué es.
¿Será por las apuestas, por Itúrbide, o realmente Garmendia va detrás de mí?
No comprendo por qué, espero descubrirlo antes de llevarme un susto. Con la maleta ya tuve suficiente.
Cenamos y volvemos a brindar por el trabajo, mi despacho nuevo, mi aumento de sueldo y por nosotros y un futuro próspero juntos.
Por la noche, una vez ya en la cama, pido a Sara que arregle el tema del dinero, para no depender de la tarjeta siempre.
No necesito que separe la mitad para cada uno, puesto que sería una tontería si vamos a vivir juntos, pero sí que quiero tener acceso directo para cualquier gestión.
La explicación que utilizo como excusa es que en caso de querer hacerle un regalo, no puedo excederme por el tope de la tarjeta.
Esa observación le parece de lo más normal a Sara quien acuerda en ir al banco pronto para arreglarlo todo.