21
Hambre
Sara hace rato que está en casa, ha encargado algo para cenar y está esperando al repartidor. Cuando llamo a la puerta me recibe con la tarjeta en la mano.
—Hola.
—Kaixo. Pensaba que era la cena —se gira sin darme un beso de bienvenida y se dirige hacia el salón. La sigo sorprendido.
—¿Qué ocurre? —le pregunto.
—¿Qué? —me contesta con gesto de no comprender la pregunta.
—¿Que qué está pasando? Algo te preocupa, estás seria.
—No. Tan solo tengo hambre y eso me pone de mal humor.
Es una explicación lógica, a mucha gente le pasa aun así no termina de convencerme. Está claro que no tan solo es el hambre, de ser así, me habría besado de todas maneras. Debo ser delicado si quiero saber qué es lo que le está rondando por la cabeza.
—He traído algo de ropa, no sé si pensabas en que me quedara a dormir, si no hay ningún inconveniente...
—Ah, claro... está bien. Déjala en la habitación.
Voy al dormitorio y dejo la bolsa encima de un butacón que decora el rincón junto a la ventana.
Me despojo de la chaqueta y de los zapatos y vuelvo al salón.
Ella está ahí, de pie, mirando por la ventana hacia la calle.
Pues parece que sí es verdad que está esperando la cena.
Decido poner los cubiertos y unos vasos encima de la barra de la cocina.
La observo en silencio sin perderla de vista.
El timbre de la puerta suena y Sara corre hacia ella con la tarjeta de crédito. Es el repartidor. En cuanto vuelve a cerrar la puerta se acerca a la cocina y abre los envases. Ha pedido chino; no es mi comida preferida, está claro que no hay posibilidad de cambiar el menú.
Pasados unos quince minutos y con los platos casi terminados, Sara vuelve a sonreír.
Al final parece que el hambre sí era el causante de su indiferencia.
Cuando terminamos nos preparamos una infusión para cada uno y salimos a la terraza a tomárnoslas mientras disfrutamos de la brisa fresca de la noche.
—Hoy he ido a hablar con el inspector de policía que llevó el tema de Elordi en nuestras oficinas. ¿Lo recuerdas?
—¿Cómo se llamaba? —pregunta—, no recuerdo su nombre, tan solo que era algo mandón. No nos dejaba salir de las oficinas hasta que no hablase con todos.
—Le llaman Garmendia.
—Y ¿cómo es que has ido a hablar con él?, ¿qué ocurre?
—Oh, nada. Vino a verme un día a mi piso, no hace mucho, para hablar un rato. Le sorprendió la forma en que aparecí en el aeropuerto de Caracas y tenía curiosidad por si yo podía darle alguna explicación al respecto. No recordaba tantas cosas como ahora.
—¿Ya recuerdas por qué estabas en una maleta? —se exalta un poco.
—No. Eso no. Me ha estado explicando que el sospechoso que tenían sobre la muerte de tu ex resultó que no era el culpable, aún siguen investigando.
—¿Están investigando?, ¿tienen algún sospechoso? ¿Han detenido a alguien?
—No. Todavía no lo han resuelto. Me habló de un tal Ochoa que casi arroya el tren y que Salazar estuvo detenido un tiempo.
De eso no sé más. ¿Tú qué sabes?, porque yo sí que recuerdo haber estado en la estación de trenes y también he recordado, mientras el inspector hablaba, estar contigo de pie en la puerta de la terminal. Tú y yo estuvimos ese día ¿verdad?
—Sí. Nos encontramos en la puerta de la estación.
Jorge había quedado con alguien para que le entregara unos documentos, tú me dijiste que debíamos marcharnos de allí, que la policía estaba esperando detener a alguien que tenía algo que ver con la muerte de Elordi por unos documentos.
Me llevaste a un bar y me tomé una copa.
—¡Sí! sí, sí. ¡Lo recuerdo! Escuché a Salazar hablar por teléfono con alguien que le pedía dinero a cambio de unos documentos y entonces llamé a Garmendia, esos papeles...
—Sí, los tenías tú. No sé por qué informaste a la policía de la cita de Salazar para conseguir los documentos si eras tú quien los tenía.
De eso no hablamos hasta unos días más tarde.
Ese día tan solo sabía que Jorge iba a conseguir los papeles y que no pudo.
Fue todo muy confuso, Ochoa terminó rescatado de las vías del tren y Salazar, después de estar declarando durante varios días, se cogió un tiempo de vacaciones, estaba muy afectado.
Yo estuve arreglándole la agenda como pude, trasladando todas las visitas y reuniones de una semana a otra.
Por entonces yo era su secretaria. De ahí que nos conociéramos, debías pasar por mí antes de reunirte con Salazar.
—Ah, claro —Sonrío recordando la sensación de estar delante de la puerta de su oficina y tocando el timbre.
El corazón se me aceleraba y sentía entre náuseas y excitación—.
Lo recuerdo. Ahí fue cuando empezamos a conocernos.
Ahora lo entiendo. No podía comprender como era que nos conocíamos, una chica tan guapa y yo... no era normal. ¡Jajaja!
—¿Cómo que no es normal?
—Pues que si no era por una situación forzada, tú nunca hubieras hablado con un tipo como yo.
—Estás tonto —Sara también sonríe y con mirada coqueta me besa en los labios. Se levanta de su asiento y entra para guardar los vasos en el lavaplatos.
Entramos y nos sentamos en el sofá, enciendo la tele y busco una película que termina por escoger Sara.
Hubiera preferido algo de acción, ella ha escogido una comedia romántica.
De todas formas, cualquier cosa está bien, tan solo quiero descansar acurrucándome junto a ella.
Ha sido un día muy largo y lleno de recuerdos.
Hoy ha sido un día productivo. Todas las cosas que he averiguado y las que he recordado me acercan más a mí.