Un tipo con poca suerte (Javier Ramiro 2) 20
45%

20

Sin cerrar con llave

Suena el despertador y recuerdo que no estoy en mi piso.

Es el precioso piso de Sara. Las sábanas son suaves y el ambiente huele a café recién hecho.

Me incorporo y puedo sentir todavía mis manos recorriendo cada centímetro de esa piel delicada y perfecta.

Me pongo los pantalones y me asomo por el pasillo.

La luz de la mañana entra a través de los grandes ventanales y ella está ahí, de pie en la cocina, con una camisa que le queda muy bien.

—Ahora ya sé dónde está mi camisa. Buenos días.

—Buenos días —Sara se acerca a saltitos y me besa—, no pensé que la necesitases tan pronto.

—Bueno, a ti te queda mejor.

Me siento en uno de los taburetes de la cocina y desayunamos en silencio mientras nos miramos y sonreímos sin parar.

Una vez terminamos, le explico que tengo cosas que hacer, temas de papeleos del piso y tengo para toda la mañana, así que quedamos en vernos por la tarde.

A Sara le parece bien, ella aprovechará para ir a comprar algo de comida, no tiene casi de nada.

Después de arreglarnos, nos despedimos en la entrada de casa y cada uno nos dirigimos hacia nuestro destino.

No puedo dejar de pensar en lo que hemos hablado estos días atrás, así que tengo la idea de ir a visitar a Garmendia para hablar un poco más sobre el asunto de Jorge Dubois y los documentos de los que me había estado hablando este domingo pasado. Antes pasaré por casa para cambiarme de ropa.

De camino, se me ocurre llamar a Díaz y decirle que estoy bien. Tengo ganas de darle buenas noticias y de paso saber cómo se encuentra. Me quedé muy preocupado con la agresión que sufrimos en su casa.

Marco el número y una voz conocida me contesta.

Es Díaz, ¡que contento estoy! Él también lo está por escucharme, le comento lo bien que me van las cosas y que tengo ganas de verlo.

A él no le han vuelto a molestar aquellos matones y la policía ha cerrado el caso del muerto en su escalera, según comentaron algunos vecinos que estaban al corriente.

Nos despedimos con la premisa de volver a hablar pronto y, con un poco de suerte, tal vez nos veamos y podamos volver a estrecharnos las manos.

La despedida me deja algo triste, no he sido consciente de lo mucho que lo echo de menos hasta que he hablado con él. Tengo que ir a visitarlo o, tal vez, le envíe dinero para que viaje hasta aquí y, así pasar un tiempo juntos. Le debo mucho a Díaz.

Llego a mi piso y subo por las escaleras hasta mi planta.

Me siento lleno de vitalidad y estoy seguro que es gracias a Sara.

Meto las llaves en la cerradura y compruebo que no había cerrado con ellas.

«que extraño, no recuerdo haber salido nunca de casa sin cerrar la puerta con llave».

Entro y  me dirijo al comedor. Las persianas están medio bajadas, puedo apreciar que hay alguien sentado en el sillón.

Enciendo la luz de la sala y ahí están, un par de hombres esperándome, sentados en mi salón.

—¿Quiénes son ustedes?¿Qué hacen en mi casa? —me pongo a la defensiva.

—Oh, no podía creérmelo cuando me dijeron que habías vuelto a la ciudad. ¿Dónde has estado? Mis hombres estuvieron buscándote por todas partes, hasta fueron al tanatorio. ¿Tienes mi dinero? —es un tipo grueso con un traje gris y con el pelo engominado o... grasiento, no lo tengo muy claro.

—¿De qué dinero me habla? —le respondo mientras me esfuerzo en recordar.

—Vamos... no te hagas el tonto. Te presté mucha pasta, no puedes pedir dinero para tus juegos si luego no lo devuelves. Ya lo sabes.

En ese mismo instante, recuerdo que había estado apostando mucho dinero en varios tipos de juegos, me doy cuenta que tengo un problema pendiente de arreglar. No pienso ponerme en peligro, debo y quiero solucionarlo cuanto antes. Eso no forma parte de mi presente.

—Recuérdame de cuánta pasta estamos hablando. No tengo mucha memoria estos días.

—Así que estamos con esas, piensas que no voy a reclamar todo lo que me pertenece. ¡De tonterías las justas!, me debes dos mil cuatrocientos euros, así que ya puedes estar dándomelos. He venido en persona a cobrarlos y no me voy a ir de aquí sin mi dinero. ¡Entendido!

—Claro, si, no hay problema. Vamos al banco y te lo entrego.

—¿Al banco?,¿tú estás loco?¿Te crees que vamos a ir paseando juntitos al banco para que me pagues y luego cada uno para su casa?

¿En serio? Quiero el dinero hoy. Te estaré esperando en la cafetería de Aranxa a la una del mediodía y espero que vengas con todo el dinero.

De lo contrario, enviaré a mis chicos y no solo te recordaran lo que me debes, sino que se lo cobrarán en especies.

Los tipos salen del piso con paso solemne mirándome a los ojos a la vez que el tipo grandullón que había estado todo el rato en silencio me asesta un fuerte puñetazo en toda la mandíbula dejándome algo aturdido.

Sé que no puedo arriesgarme a hacer ninguna tontería.

Es peligroso y debo saldar mi deuda completa antes de la hora de comer.

Me cambio de ropa y me voy directo a la oficina del banco.

Tengo dinero de sobras, ya que he estado cobrando la nómina estos meses en los que he estado fuera del país.

Saco la pasta y me voy directo al lugar de encuentro.

No quiero que nada se interponga en mi camino y llegar tarde, así que prefiero estar ahí sentado desde antes de las doce.

Tocadas la una. el hombre grandullón se presenta y recoge el dinero. No estamos para entablar una conversación, así que tan solo intercambiamos un «Hola» y el dinero pasa de unas manos a las otras. El tipo se marcha tan rápido como ha llegado y yo respiro tranquilo.

No puedo creerme que esto no lo recordase, me he pasado media vida apostando, y... no entiendo, en realidad, ¿por qué? No necesito apostar, no necesito el juego para vivir, de todas formas no era consciente de todo ello hasta esta mañana.

Tal vez, no haya sido una casualidad que me sucediera lo del accidente de la maleta.

¿Y si fueron ellos? ¿Y si me metieron ellos por no pagar mis deudas?

Me habrían dicho algo al respecto. No creo que se lo callaran sin más.

Ese tipo de gente le gusta alardear de sus fechorías.

Si hubieran sido ellos, el tipo del traje gris me lo habría dicho esta misma mañana. Tengo que ir a ver a Garmendia.

Es la hora de comer cuando llego a comisaría, y está claro que no iba a encontrar al inspector esperándome y más sin haberle avisado; así que decido sentarme a comer en un restaurante que hay frente a la comisaría y esperar a ver si lo veo llegar.

Tomo postre y dos cafés cuando veo llegar al inspector. Pago la cuenta y cruzo la calle. Al entrar, no hace falta que pregunte por él, enseguida me ve y viene a saludarme.

—Buenas tardes. ¿Ha ocurrido algo? —me pregunta con preocupación.

—No. Que yo sepa.

—¿Qué le ha pasado en la cara? —señala mi rostro con la mano.

—Ah, esto. El no recordar algunas cosas tiene sus consecuencias, tú tranquilo. No es nada. Venía para hablar con usted si tiene un tato.

—Pues claro, pero no me llames de usted, me haces viejo, ¡jajaja!

Entramos en su despacho y le explico todas las cosas que en tan solo cuatro días me han ido sucediendo.

Espero que el inspector me pueda ayudar en alguna aclaración, sobre todo del novio de Sara.

Me guardo para mí el hecho de haber vendido los documentos a la firma Itúrbide ya sabes, si viene algún dato a tu memoria, que nos pueda ayudar con alguno de los casos relacionados con Dubois, tú y la maleta o quién tenía los documentos, me lo hace saber.

—Por supuesto. Bueno, nos vemos otro día. Gracias por su... por tu tiempo.

—Jajaja. Hasta la próxima.

Vuelvo directo al piso. Tengo que recoger varias cosas y volver al piso de Sara para cenar. Supongo que me quedaré a dormir de nuevo con ella. Ya hemos abierto la veda y espero disfrutar de su compañía el máximo de tiempo posible.