18
La invitación
Es mi primer día de vacaciones. Al parecer, como nadie se ha percatado de mi falta, me han sido asignadas las vacaciones como si nada, y hoy me encuentro frente a las oficinas, pero solo porque tengo que hablar con Sara y no puedo esperar.
Hay muchas preguntas por hacer y demasiadas dudas que no sé si ella conseguirá esclarecer, debo intentarlo.
Hoy me he puesto zapatos, pantalón de pinzas y camisa.
Era la ropa, según Sara, que solía vestir; y me queda muy bien.
Entro en el edificio y el conserje está instalándose un ventilador, hace mucho calor y no puede mantener la temperatura del aire acondicionado debido a las veces que se abren y cierran las puertas de la calle, así que supongo que, con el ventilador, espera suplantar esa pérdida de fresco.
Tras un cordial saludo de buenos días, cojo el ascensor directo a la cuarta planta.
Al entrar en el despacho de Sara, todas mis dudas y preguntas desaparecen por un instante.
Está guapísima. Se ha recogido la melena con una goma y su vestido veraniego de color pistacho le quedaba perfecto.
Por un momento, pienso en dejar las cosas como están y no preguntar ni remover el pasado, aun así todo cambia en cuanto Sara se pone a hablar.
—Kaixo Javier. Pensé que hoy no vendrías, ¿no estás de vacaciones?
—Sí. Las empiezo hoy. Es un poco absurdo, vuelvo después de un tiempo desaparecido y me dan vacaciones sin más. Tenía que hablar contigo, tengo algunas dudas y necesito aclararlas.
—Vale... espera, antes tengo que decirte una cosa. Siéntate.
Me señala la silla que hay en un lateral del despacho y me siento apoyando mi cabeza contra la pared. La observo embobado mientras ella recoloca su silla encarándola hacia mí.
—Les he hablado a mis padres de nosotros— empieza a explicar con una gran sonrisa—, y quieren conocerte. Nos invitan a cenar esta semana. ¿Qué te parece?
Un silencio incómodo envuelve la sala. No estoy preparado para ampliar mi círculo personal y menos sin llegar a conocerme del todo.
Ya he conocido a gente nueva en Caracas y no ha sido una experiencia muy tranquila y aliviadora.
Al contrario, me ha llevado a situaciones muy complicadas, con inclusive, muertes pero me es imposible negarme ante esa cara resplandeciente de felicidad.
—Bien, está bien. Yo también tengo ganas de conocerlos, «¿por qué he dicho eso?, también tengo ganas de conocerlos, esta joven consigue de mí lo que nadie había conseguido nunca».
Sara se levanta y se acerca en un gesto de entusiasmo y me besa en los labios.
Ha sido un beso suave, casi rozándonos, me ha envuelto por completo una sensación cálida y mi corazón palpita a cien por hora en tan solo un segundo.
La rodeo con mis manos por la cintura y sonriendo la vuelvo a acercar a mí y la beso con ardor.
No pregunto nada, ni siquiera ella pregunta qué quería saber. El beso ha sido toda una declaración que no queremos empañar con preguntas triviales. Me despido y me dirijo hacia el ascensor. Estoy flotando en una nube, nos hemos besado y no recordaba esa sensación, ¿la he olvidado?, es imposible.
Una vez en el ascensor, sigo perdido en mis pensamientos y sensaciones de bienestar cuando me doy cuenta de que me dirijo hacia arriba en vez de a la salida.
Las puertas se abren y un hombre de unos sesenta años entra.
Nos miramos a los ojos y el individuo se pone a mi lado, en silencio.
Observo los botones del ascensor y puedo leer que nos encontramos en la planta de dirección. ¿Será el dueño de todo este imperio?
—¿Qué hace aquí? —me pregunta sin mirarme.
—Trabajo aquí, soy Javier Ramiro.
—Ya sé quién es. Pensaba que no volvería a verlo —su tono es grotesco y molesto.
—Pues ya ve, aquí estoy —contesto sin saber de qué nos conocemos y esperando más.
—¿Qué quiere?,¿más dinero?
—No pensaba pedir nada, estoy de vacaciones, tal vez podríamos hablar cuando vuelva de un cambio de despacho —digo sonriendo.
—Ese no era el trato. Tenga cuidado, no se arriesgue más de la cuenta.
El ascensor llega a la segunda planta y el individuo sale sin girarse.
No comprendo sus palabras, algo me huele mal.
Parece que ya nos conocemos y no somos muy amigos.
Debo de esforzarme por recordar y pronto.
Mis vacaciones durarán tan solo 15 días y acabo de dejar una conversación pendiente con ese individuo.
Justo al cerrarse las puertas alguien lo saluda, ya se encuentra fuera de mi zona de visión.
—Egun on señor Itúrbide, ¿en qué puedo ayudarle?
Acabo de cruzarme con el director de la empresa y parece que no tenemos la mejor relación, de todas formas, una cosa está clara: el director me conoce, eso hasta cierto punto me gusta, no soy un número de cuenta en la que ingresar una nómina.
El mismísimo Itúrbide sabe de mi existencia.
Será algo más qué preguntar a Sara cuando tengamos un momento de tranquilidad.
De camino a casa, me paro en una galería dónde se exponen unas obras de arte.
Paseo por los pasillos y contemplo cada uno de los cuadros.
Los colores son oscuros y las imágenes algo siniestras.
Me conmuevo por los sentimientos que han llegado a provocarme.
Está muy claro que hay una parte de mí que no conozco o que en realidad no recuerdo, aunque sí sepa quién soy en realidad.