Un tipo con poca suerte (Javier Ramiro 2) 17
38%

17

Pasaba por aquí

Son las diez de la mañana y aún estoy en la cama. No pensaba levantarme hasta la hora de comer. Hacía tiempo que no dormía toda una noche seguida sin pesadillas pero alguien me acaba de despertar al llamar a la puerta.

Sin mucha prisa, y con menos ganas aún, me pongo una camiseta y me dirigió a la puerta del piso.

—¿Quién es? —pregunto con la voz aún algo ronca.

—Egun on [47] , soy el inspector Garmendia.

—¿Viene a mi casa? —por un segundo pienso en el hombre al que maté en Caracas, pero, enseguida lo olvido.

—¿Es Javier Ramiro?

—Sí.

—Pues sí. Vengo a verle. ¿Me abre?

Termino abriendo la puerta y ahí está, un hombre con una apariencia despreocupada y en ropa de sport aparece por mi rellano.

—¿Me enseña la credencial? —en fin de semana, y la ropa que lleva no me da buena espina.

—Sí, claro. Ya me imaginaba que no me recordaría y me la he traído, aunque estoy fuera de servicio. Es domingo y estaba paseando por la zona, pensé en hacerle una visita y hablar de su aventura. Me informaron de todo lo que le había sucedido. ¿Puedo pasar?

Observo con atención la credencial y luego le dejo pasar.

Me sigue hasta la cocina. Pongo la cafetera en marcha y unas rebanadas de pan en la tostadora.

«Esto es bastante extraño, pero claro, tampoco puedo decir que no fuera algo normal, que en mi pasado, un policía se presentase en mi casa los domingos para desayunar»

—¿Quiere tomar algo?, ¿un café tal vez?

—Gracias. Un café solo, sin azúcar.

Se sienta a la mesa de la cocina y, tras preparar el desayuno, hago lo mismo frente a él.

—Usted dirá. Parece que le conocía, lo siento, no lo recuerdo.

—Tranquilo. Ya me contaron lo de su accidente. No podía creérmelo cuando me lo explicaban; pensaba que se habría fugado bien lejos.

—¿Fugado? —ahora sí que me he puesto tenso, una electricidad extraña me recorre la nuca.

—Perdone, ¡jajaja! No, no quería decir que se fugara, era broma. Es que cuando desapareció, justo una semana después, la firma Itúrbide Al menos eso es lo que creo.

Usted desapareció sin más hasta hace un mes, cuando nos llegó el aviso de la Europol.

No podía creérmelo, ¡usted en una maleta!

, abandonado en el aeropuerto de Maiquetía, en Caracas.

¿Qué ocurrió? —se nota que está interesado de verdad, su rostro muestra esa inquietud y preocupación de alguien que te conoce bien, pero yo a él no.

—¿Documentos? No sé, no puedo decirle gran cosa, no puedo recordar todo aún. Me gustaría que me explicara por qué me conoce, ¿qué relación tenemos o teníamos?, necesito recordar; es horrible no saber qué hice o, con quién o dónde estuve. Usted y Sara saben más de mí que yo mismo.

—¡Ah! Sara, la recuerdo. Es una joven muy agradable. Estuvo con usted los últimos días antes de... bueno de desaparecer. Si le parece, intentaré hacerle un resumen de lo que ocurrió para ver si recuerda algo, o al menos, parte. Espero que le ayude, porque creo que necesitaré su ayuda.

—¿Mi ayuda? —esto sí que no me lo esperaba.

—A ver. Intentaré ser claro y no enrollarme mucho.

Usted trabajaba en Itúrbide con el tiempo supimos que fue un infarto, aun así, hasta saberlo, estuvimos investigando y fue cuando usted y yo nos conocimos.

Todos los socios y la competencia, Zúñiga Y ella, esos últimos días siempre estuvo a su lado.

Tampoco se lo puedo asegurar. Será ella la que tenga que explicarle qué había entre ustedes.

La charla tiene toda la apariencia de que aún va a durar un buen rato.

Ya es casi la hora de comer y no hemos llegado a aclarar gran cosa.

Me interesa mucho todo lo que tenga que explicarme, pues tiene información sobre mí que nadie más me daría.

Le propongo preparar algo de comer y seguir hablando a lo que termina aceptando.

Es domingo y no tiene planes. Mientras preparo algo, llama por teléfono a su, supongo, esposa para avisar de que no irá a comer.

Después pone el teléfono en silencio y lo guarda en su bolsillo.

El día ha estado lleno de sorpresas. Gracias a la charla, ya puedo decir que me conozco un poco más.

En realidad, lo que recordaba de mi niñez, debo creérmelo sin más.

He sido un niño algo travieso, como es de esperar de un hijo solo.

Todos los arrumacos y mimos para mí, por lo que con el tiempo supe valerme de mi, «condición», para conseguir cosas que otros no podían.

Cuando llegué al instituto, tuve problemas por mi carácter vergonzoso e inseguro; supe sobrellevarlo aprendiendo a mentir y a buscarme la vida para aparentar ser siempre la víctima y salir de todas las dificultades.

En mi madurez, estudié mucho y terminé la carrera de contable e hice mis «pinitos» en abogacía, sin llegar a terminarlo.

Viví con mis padres toda la vida, sin encontrar a alguien que quisiera compartir su vida conmigo.

Tengo un trabajo horrible y aburrido; nunca me ha preocupado mucho, pues así disponía de tiempo para dedicarme a mi «hobby» o, más bien, mi adicción.

Ahora estoy seguro de que he pasado una muy mala temporada por culpa de las apuestas, y puede ser que por ello siga viviendo  en el piso de mis padres.

Ellos murieron y, de ahí en adelante, las cosas son borrosas, pequeños recuerdos sueltos que no consigo ordenar y eso me sigue asustando.

Ahora Garmendia me ha abierto un poco más los ojos.

Sí que estaba descontento con mi trabajo; no tenía coche, e iba a todos los sitios en bici.

Era poco conocido o nada popular, según se mire, en la empresa y mis relaciones sociales no eran para admirar.

Estuve ayudando a la policía a encontrar pistas dentro de la empresa para resolver la muerte de Elordi, pero al final resultó ser por muerte natural.

De ahí que luego dejara de tener relación con Garmendia y su personal y no supieran de mi desaparición.

Uno de los agentes que estuvo tratando conmigo, mientras trabajaba infiltrado en la empresa para la policía, Iván, resultó tener tratos con el novio de Sara, un tal Jorge Dubois.

Dubois trabajaba para la competencia, la firma Itúrbide es lo que Iván había declarado a Garmendia una vez capturado.

Iván se encontraba con problemas económicos a causa de su divorcio.

Por mucho que intentaran encontrar pruebas para detener a Iván, como el culpable del asesinato de Jorge Dubois, no tenían pruebas suficientes.

Habían varias personas que declararon ver marchar a Iván del lugar unas horas antes de lo que el forense dictaminó cómo hora de la muerte, y luego estaba la posibilidad de que hubiera salido o que alguien hubiera llegado después.

Seguían con la investigación sin llegar a nada claro.

El inspector me ha hecho recordar, poco a poco, cosas que se me habían quedado en la retaguardia del cerebro, que en realidad están aflorando.

Mi piso fue destrozado en varias ocasiones sin qué yo sufriera ningún mal.

Sara me llevó a un hotel para mantenerme a salvo, hasta que entregara los documentos que había cogido de una impresora del despacho del antiguo subdirector de la empresa, de todas formas, al día siguiente, cuando me reuní con mi jefe directo, el señor Salazar, resultó que lo que tenía en mi poder eran tan solo unos prototipos del departamento de Marketing, «unos simples bocetos de la publicidad que estaban preparando».

De todo esto me ha hablado el inspector Garmendia y, gracias a ello, hoy puedo saber más sobre mí. Después nada.

—Garmendia, ¿alguna vez disparé a alguien? —le pregunto a media voz, con respeto o más bien miedo a saber la respuesta y no gustarme.

—No, que yo sepa. Y no creo que sea una persona capaz de hacer semejante cosa, hay que estar hecho de una pasta de la que creo que usted no está —me contesta sin darle demasiado énfasis a la respuesta—.¿Por qué me lo pregunta?

—No por nada. Como dice que estuve informando, tal vez, pensé... que llevaba un arma.

—No. Jajaja, no se preocupe, usted era un informante, lo máximo que hizo fue llevar un micro para que escuchásemos todo lo que sucedía dentro de su empresa.

La comida ha sido muy esclarecedora, no obstante aún debo hablar con Sara sobre Dubois, su antiguo novio, su muerte, su supuesta nueva relación conmigo y por qué no me ha explicado nada de todo ello en el tiempo que llevo de vuelta en casa.

Garmendia queda en seguir en contacto si es lo que necesito, no a nivel oficial, de todas formas, sí se ofrece para hablar cuando me surja alguna duda y necesite esclarecerla. El inspector estará en todo lo que pueda, y más, después de haber trabajado tan bien para él.

La tarde llega y Garmendia se despide. Estoy agotado de tanta información recibida en siete horas; tengo que asimilar muchas cosas, y otras, intentar ordenarlas y comprenderlas, está claro que tengo muchos datos si bien, algunos no me cuadran.

Tal vez, ahora que sé más de mí mismo pueda terminar de recordar todo y sentirme completo.

Para ello debo hablar con Sara de varias cosas que no me han quedado claras, tras la conversación.

Una de ellas es lo de que no he disparado a nadie.

Está claro que sí estoy hecho de esa pasta de la que habla Garmendia.

En Caracas no dudé en disparar a aquel hombre, no obstante, no puedo hablar con nadie de eso.

Tan solo Díaz y yo estamos al corriente.

Es extraño que el inspector crea que no soy capaz de matar y que piense que soy un tipo simple y aburrido, como me ha dejado bien claro.

Tal vez no me conozca tan bien como cree, o tal vez...

solo tal vez, soy capaz de aparentar ser una cosa y en realidad ser otra.

Puede que sea algo más difícil conocerme a mí mismo de lo que esperaba.

Sé que me he servido de mentiras y artimañas en mi juventud, puede ser que continuase usándolas.

Está claro que de no ser así, no creo que hubiera tenido la valentía de llevar un micro, ser informante y seguir con la rutina a la vez sin más.

Y... cabe la posibilidad, por muy remota que sea, que por ello, si alguien me descubrió, me metiera en esa maleta.

Vi las fotos que la policía de Caracas hizo cuando me encontraron.

Si no llegan a confirmarme que era yo, nunca lo hubiera reconocido.

La maleta era grande, de todos modos no tanto como para estar un hombre de mi altura.

La imagen era desgarradora, la postura y las condiciones físicas en las que me rescataron, eran terribles.

Hasta hoy no había vuelto a pensar en ellas.

Es un recuerdo del que sí me gustaría desprenderme.

Mi cerebro es muy hijo de puta, y me te deja solo recordar las peores cosas del pasado