15
El hogar
Las cosas no son más cómodas y sencillas en cuanto llegamos a mi piso.
Resulta que no tengo las llaves, aunque Sara recuerda que la portera tiene copias.
Por lo visto, era normal en mi antiguo yo perderlas, y por mucho que sean casi las tres de la madrugada, ella, llama a su puerta.
El que esté de vuelta en casa es lo suficientemente importante como para despertarla.
A la mujer no le hace mucha gracia la situación, tras verme y oír darle las gracias dos veces seguidas, se da por satisfecha.
Creo que nunca antes había estado tan amable con ella, porque me ha demostrado bastante sorpresa en todo momento.
También me ha parecido que tenía interés en saber quién es Sara, pero no se la he presentado. No lo sé ni yo.
Introduzco las llaves en la puerta, respiro hondo y abro muy despacio.
Entramos y empiezo a recorrer todos los dormitorios; una mezcla de humedad y aguas fecales me invaden las fosas nasales.
Enciendo todas las luces, abro todas las puertas y reviso todos los armarios y cajones.
Me han dejado claro, las dos mujeres, que esta es mi casa, sin embargo, no reconozco la ropa, el estilo de la casa no es de mi gusto y, en realidad, hay tan pocos muebles que supongo que me había mudado hacía poco.
Me estremezco y siento que no voy a poder contener mis lágrimas, cierro los ojos he intento sentir la estancia, los olores y los sonidos de la calle que entran a través de la ventana, «Sara la ha abierto, supongo que tampoco le resulta agradable el aroma a ambiente cerrado».
Me explica que me entraron a robar unos meses antes de desaparecer y que yo estaba redecorándolo todo, entonces, he comprendido por qué vivía de esta forma tan austera.
Me ha confortado mucho saber que estaba amueblando todo poco a poco, ahora bien, el que entrasen a robarme no me parece una noticia muy relajante.
¿Tal vez fueron los que me metieron en la maleta?
Miro en la nevera y compruebo que está vacía y que está apagada, quizá tomé la decisión de marcharme, ¿por qué? , ¿a dónde?, ¿a Venezuela?
Sara se ha quedado a dormir en la habitación de al lado.
Por la mañana desayunamos en una cafetería junto a un gran edificio de oficinas, a unas siete manzanas de mi piso.
No sé por qué hemos caminado tanto para tomar un café, además, el local y el café no tienen nada de especial, más bien son algo mediocres.
Terminamos y salimos paseando, callados.
—Es aquí —dice con el entusiasmo de alguien que entrega un regalo y espera la sorpresa del que lo recibe.
—¿Es aquí el qué? —no puedo esconder mi incomprensión.
—Donde trabajas, bueno donde trabajamos. Yo soy secretaria de dirección de grandes cuentas y tú trabajas en la Administración.
No me ha preguntado por qué motivo he perdido la memoria, yo tampoco le he comentado lo de haberme encontrado dentro de una maleta.
Tal vez tendríamos que hablar con detenimiento de todo pero, en vez de eso, me ha traído directo al trabajo.
Esto sí que no me lo esperaba. Me quedo inmóvil mirando la entrada.
Mis piernas empiezan a temblar de una manera muy extraña.
Ella me coge del brazo y me acompaña hacia adentro.
No sé si estoy preparado para esto, pero Sara no me da la oportunidad de replanteármelo.
—Egun on [45] —me saluda el conserje mirándome de arriba a abajo.
—Buenos días —le respondo.
Por simple intuición, bajo las escaleras que conducen al sótano. Saco una llave del llavero que me entregó la portera anoche y, aquí está, una pequeña llave que encaja a la perfección con la cerradura de una puerta donde hay un letrero de papel plastificado con mi nombre.
He sabido llegar a mi despacho sin ayuda; recuerdo los muebles, mi ordenador y la contraseña. Sara se despide y me recuerda que ella está en la cuarta planta por si necesito algo o me siento perdido.
«La cuarta planta» esa frase sí la recuerdo.
Así que en la cuarta planta es donde trabaja.
Está claro que sí que nos conocemos, aunque por ahora yo no la recuerdo.
Estoy aterrado, hay cosas que sí recuerdo y otras, que a mí me parecen más importantes, como recordar a Sara, son imposibles por el momento.
La amnesia es una verdadera putada y espero que se pase pronto, aunque viendo mi oficina, no sé si quiero saber todo mi pasado.
Después de toquetear todo lo que encuentro en este pequeño cuarto y aburrido de no hacer nada, decido subir a ver el resto de oficinas.
Es extraño que nadie del trabajo me haya echado en falta, seguro que alguno se alegrará de verme.
Marco la cuarta planta en el ascensor, al llegar arriba y abrirse las puertas, veo un pasillo con las puertas y el suelo, todo, forrado de madera oscura.
En cada puerta pone el nombre de alguien y el cargo.
Me quedo muy despagado pues esperaba ver a gente trabajando y, sin embargo, hay un pasillo lleno de puertas cerradas.
Voy observando los nombres y los cargos, ninguno me suena.
Cuando llego al final del pasillo puedo comprobar que continúa otro largo pasillo a mi derecha.
Es entonces, al girar justo en la esquina, cuando me vuelvo y, mirando hacia la parte que ya he recorrido, vuelve un recuerdo.
«Alguien hablando desde la puerta de uno de los despachos que acabo de pasar.
Dos tipos. Me encuentro en la esquina escuchando, agazapado, ¿por qué estoy escuchando a escondidas?
». Durante unos segundos dudo, al final decido volver sobre mis pasos y llamar a la puerta que recuerdo haber visto abierta.
No sé de cuándo es este recuerdo ni de quién es el despacho.
Llamo y se abre, hay un hombre de más o menos mi edad delante de un ordenador. Al mirarnos, y no decir nada durante largo rato, nos sentimos los dos bastante incómodos. Entonces decido hablar.
—Hola, buenos días. ¿Me recuerdas?
—Perdona. No. ¿Qué quieres?
—Nada. Esperaba encontrar a alguien, creo que me he equivocado.
Me dispongo a cerrar la puerta cuando el hombre llama mi atención.
—¡Perdona, espera! —se levanta de su asiento y se acerca a la puerta—. Espera, tal vez buscas a la persona que tenía antes este despacho. Hace unos meses que me he trasladado.
—¡Ah!, ¿y dónde está?
—Pues... —vacila un instante—, creo que murió. Era un antiguo trabajador de las oficinas antes de hacer el cambio.
—¿Qué cambio? —Estoy más inseguro, pienso que no ha sido buena idea llamar a la puerta.
—Antes de pasar a formar parte de Itúrbide ella es espontánea, divertida y el buen ánimo que me transmite acelerará las cosas. Estoy seguro.