Un tipo con poca suerte (Javier Ramiro 2) 14
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La vuelta

Hoy es el día. Díaz y yo nos despedimos con un largo abrazo y treinta millones de consejos mutuos deseándonos lo mejor.

Él ha sido lo más parecido a un familiar que he conocido en esta, «mi nueva vida».

Antes de andar calle abajo, le prometo que le llamaré de vez en cuando para ponerle al día de mis avances y saber de su situación.

Es una mezcla de sentimientos muy obtusos: alegría y tristeza, esperanza y desolación.

No me siento abrumado del todo; vuelvo a casa.

He de andar unas calles hasta llegar a la avenida y coger un «minibús», que en realidad es una pequeña camioneta, vieja y ruidosa, que me llevará desde San Bernardino hasta «cerca» del aeropuerto.

Me he peinado varias veces en lo que llevo de mañana y he revisado mi pequeño equipaje, «las cuatro cosas que poseo», sin olvidarme de la documentación. Todo está preparado para marchar.

Llego al aeropuerto con angustia y mal estar; el recuerdo vívido de haber estado dentro de esa maleta me la está jugando.

En cuanto el avión despega, desaparece ese gran peso.

Ya voy camino a casa. Esta aventura en Caracas ha terminado.

He podido aprender mucho del lugar, de sus habitantes…

y en todo este tiempo he descubierto que me cuesta madrugar, no me gusta trabajar mucho, soy buen contable, alegre y divertido, responsable y meticuloso y, si bien algo nervioso, ya casi he conseguido recuperar mis uñas.

Me gusta el queso y los bocadillos, «sean de lo que sean», y lo que más aprecio son los batidos de frutas que me hacía Díaz.

No tengo miedo a defenderme en momentos de crisis y necesito conocer a esa mujer que me espera en el aeropuerto de Bilbao. Sara; un bonito nombre.

Tal vez, por los nervios o por la emoción, o por no haber podido dormir esta última noche esperando emprender el regreso a casa, en cuanto el avión a despegado, me he quedado dormido como un tronco; No ha sido hasta oír a la azafata que anunciaba por megafonía, «abróchense los cinturones, vamos a aterrizar en Madrid», que no me he despertado.

Creo que he dormido unas nueve horas. El desembarque se me ha hecho eterno, de todas formas, una vez piso el suelo de Madrid todo me parece fantástico: la gente, el ambiente y el olor de la comida del bar del aeropuerto.

Por primera vez, desde que desperté del hospital, me encuentro pletórico. Ya no me siento un extraño.

Observo un televisor encendido en el bar y me acerco para escuchar las noticias.

Voy reconociendo, poco a poco, a quienes aparecen en pantalla, políticos y periodistas; también escucho alguna noticia sobre unos bonos de empresas y la bolsa; eso me hace recordar que yo trabajo en una oficina pequeña y poco iluminada.

No me gusta mucho esta sensación que tengo, tampoco puedo asegurar que sea mi trabajo, tan solo un recuerdo.

Mío o de otro.

De mi vida o de una película.

Un recuerdo o una ilusión.

Cualquier cosa es mejor que pensar que mi trabajo es una «mierda».

Llega el momento de embarcar de nuevo, ahora, vuelo directo a mi ciudad.

Casi olvido la bolsa de mano que llevo en uno de los taburetes del bar del aeropuerto.

Una vez en mi asiento, no puedo pegar ojo.

Intento recordar de alguna manera cómo es Sara.

No puedo. Espero que sea ella la que me encuentre rápido cuando llegue.

El vuelo dura muy poco. Bajo del avión repasando todas las cosas que debo preguntarle y pensando en todas las cosas que ella me explicará. Estoy aterrado a la vez que ilusionado.

Al salir por la puerta de la terminal, no hay mucha gente. Son las dos de la madrugada y no son horas para ir a recoger a muchos viajeros.

¡Ahí está! Una joven de unos veintipocos años; es bastante más joven que yo. Levanta la mano y da un saltito. Sonrío y me acerco hasta ella. Nos miramos y, después de varios movimientos dubitativos, nos damos dos besos y nos dirigimos a su coche.

El trayecto no ha sido muy largo y me alegro. Hemos estado mirándonos de reojo. No sabía que decir y parecía que ella tampoco, aunque su mirada es picarona. Es guapa, tiene una gran sonrisa. ¿Desde cuándo nos conocemos?¿De dónde?¿Vivimos juntos?

Me sudan las manos y me aprieta el cinturón del pantalón.

Sentado aquí, junto a ella, cerca de casa, me doy cuenta de que mis pies están hinchados.

Si me quito los zapatos no podré volver a ponérmelos, así que prefiero esperar.

Una ducha, necesito una ducha, y cada vez con más urgencia.

Ahora, no tan solo me sudan las manos, creo que me estoy mareando.

Será de tanta emoción contenida. Tan solo tengo que esperar unos minutos más y estaré en mi hogar.