11
Maties
No he conseguido pegar ojo. No puedo quitarme de la cabeza la reacción que he tenido delante del asaltante y la seguridad con la que mi compañero de piso ha actuado después.
Son las cuatro y media de la madrugada; pese a que solo ha pasado media hora, he decido levantarme para preparar un café.
Díaz, al escucharme, hace lo mismo. Se sienta a mi lado mientras permanecemos callados, removiendo cada uno su café con las cucharillas.
Parece que él no tiene ganas de hablar, pero yo tengo preguntas.
—¿Quiénes eran los tipos de antes? —le miro a los ojos.
—¿Qué querían? —me recoloco en la silla.
—Le están montando la cacería a mi hermano Antonio. [30] Él era parte del hampa [31] . Con el tiempo quiso salir, pero tú sabes que de esa vaina [32] uno no sale así como así. Ahora lo andan buscando.
—¿Y dónde está?
—Lejos, se marchó con una poca plata [33] de Maties, ese tipo quiere que le devuelvan su plata.
—¿Poca, cuánto es poca?
—Como unos 69.500 VES. Con esa plata podía irse y no volver más. Los hombres de Maties creen que todavía está en Caracas, y por eso lo siguen buscando. Piensan que yo sé dónde está.
—¿Y lo sabes? —le susurro.
—No. Aquí la cosa no funciona así. Si te vas, te vas, y nadie vuelve a saber de ti. Eso es buscarse un peo. [34] Si llegan a agarrarnos nos van a sacar la chicha para que cantemos, [35] cualquiera termina quebrándose y diciéndoles dónde está. Por eso pegó la carrerita sin avisarle a nadie. [36]
Me horroriza todo lo que cuenta. Es una situación muy triste para Díaz y para su familia.
No puedo hacerme a la idea de que alguien se marche, sin despedirse o, sin dejar dicho su destino.
Yo no me veo capaz de dejarlo todo atrás y desaparecer.
En realidad, eso es lo que más me apena, no recordar de dónde he salido para poder volver y decir que estoy bien.
El día ha sido como cualquier otro. Nadie vino a interrogarme ni por la muerte del joven del supermercado, ni por la del tipo en las escaleras del edificio. Es como si no hubiera pasado.
Hoy, al terminar el trabajo en el almacén, observo que mi compañero se dejó los albaranes encima de una caja; no se preocupó de entregarlos a la oficina.
Los cojo y me dirijo hacia el despacho del jefe.
Me fijo en que las cantidades de cajas que hemos descargado no coinciden con las que pone en el albarán.
Vuelvo al almacén y repaso todo otra vez, apuntillando el albarán con un lápiz.
Está claro que no es correcto. Hay más material del que pone.
Después de repasarlo por segunda vez, me dirijo directo a hablar con Vázquez.
—Permiso —digo asomando la cabeza por la rendija de la puerta.
—Pasa, ¿qué pasó? —se sorprende al verme entrar a esas horas en su despacho.
—Es que Fernando se ha dejado el albarán en el almacén y he creído que querría archivarlo.
—Ah! bueno, yo no me quedo con todo lo que nos llega. ¿Dónde voy a meter tanto papel?
—Pero es importante. Las cuentas del negocio tienen que cuadrar, además el albarán está mal —le pongo toda la énfasis que creo necesaria a la labor de contabilidad de la empresa.
—Pero, pero,... tranquilo, todo está fino [37] . Uno no puede tener todo bajo control.
—De eso se trata, de saber si tiene beneficios o pérdidas y en qué se gasta más dinero o en qué se derrocha para poder mejorar y tener más ganancias.
—¿Tú cómo sabes de ese tema?
—Pues —también me llama la atención mi observación. Acabo de darme cuenta de que entiendo de libros, inventarios, albaranes...—, yo me dedicaba antes a llevar las cuentas de una empresa.
—¿Ah sí? ¿Tú puedes encargarte de eso aquí? ¿Tú me podrías decir cómo puedo ahorrar y ganar más plata?
—Claro. No sería ningún problema, si me facilita todos los papeles —le respondo sin pensarlo dos veces.
—Bueno. Mañana descargas el camión y te vienes a mi oficina. Te voy a tener todo listo para que arranques. Tus compañeros se encargan de reponer. Lo que pasa es que, por ahora, no tengo mucho papeleo que revisar.
Salgo a paso lento, algo descolocado. ¡Sé de contabilidad!
Empiezan a venirme a la mente todo lo que he de hacer para llevar las cuentas de un negocio.
Los diarios, balance de comprobación, contabilidad de entradas o partidas únicas, costo de los bienes vendidos...
todo está aquí adentro y empieza a aflorar como si de una enciclopedia se tratara.
Termino por sentarme y beber algo de agua, es tal la excitación que no puedo dejar de pensar en datos y más datos.
Está claro que es una parte importante de mi pasado, no puedo creer que toda esa información, que no para de bombardearme el cerebro, estuviera en el olvido.
Sé que eso es una buena señal. Estoy empezando a recordar más cosas.
Tal vez, Díaz tuviera razón y en poco tiempo recuerde todo mi pasado.
Estoy emocionado. Tan solo espero que llegue la hora de volver a casa y poder explicárselo a mi amigo.
No he parado de trabajar. Estoy que irradio felicidad por todas partes y mis compañeros perciben un cambio en mí, de todas formas, no saben por qué. A los que se cruzan conmigo les contagio el entusiasmo.
* * *
La semana pasa a gran velocidad. Llevo ocupado intentando ordenar todos los datos, que Vázquez tiene por todas partes, en cientos de papeles desordenados y esparcidos por todos los cajones y estanterías de su despacho.
Es un verdadero descontrol. No hay nóminas, ni recibos y, los que tiene, no coinciden con la realidad. Es todo un caos.
Es viernes por la tarde y aún estoy aquí metido intentando resolver el crucigrama en el que se ha convertido mi nuevo trabajo.
Contable del supermercado.
Cuando dan las seis y media de la tarde y empieza a anochecer, entra por la puerta del despacho una anciana preguntando por el dueño. Me sorprende que nadie la haya detenido en su recorrido hasta aquí. Me levanto y llamo a uno de los compañeros que está en la frutería para comentarle la situación.
El compañero llama a Vázquez que se persona en cinco minutos, «estaba en la puerta del almacén hablando con unos hombres de manera muy animada y a risotadas».
En cuanto entra en el despacho, saluda a la anciana muy solemne y se saca de la americana un fajo de billetes.
Le apoya la mano en el hombro y le desea que pase un buen mes.
La anciana se marcha después de bendecirlo en varias ocasiones.
—Perdone, ese dinero —le pregunto—, ¿en qué concepto debo ponerlo? ¿Cuánto le ha dado?
—Esa plata no es del trabajo, eso es porque se la debo.
—La deuda debe constar en algún apartado, ya sea en gastos personales o derramas ¿Qué le compró?
—No le compré nada. Es la abuela de Carlos, el chamo [38] que mataron la semana pasada. Él cuidaba de su abuela y, ahora que no está, ella se quedó sin nada. Por eso le doy plata para que pueda comer.
—Eso, ¿durante cuánto tiempo va a hacerlo? —me sorprende su gesto hacia la mujer.
—Hasta que se muera ella o me muera yo. Uno de los dos.
No sé qué decir y tampoco sé si debería decir nada. Es un gesto muy bonito por su parte; también es un agujero sin fondo. Lo que más me extraña es que las autoridades no hayan tomado cartas sobre el asunto.
—¿Por qué mataron al chico?
—Por no pagar la vacuna [39] .
—¿La vacuna? —le muestro mi ignorancia sobre el tema.
—En la zona donde vive esa señora, hay muchas bandas y la gente tiene que pagar, nada más, por salir a la calle y pasar de un sector a otro.
Eso no pasa en todos lados, pero en Petare es muy común.
Es una zona bien peligrosa, llena de callejones estrechos y casas levantadas como se pudo donde viven más de un millón de personas.
Es una de las barriadas más grandes y peligrosas de Latinoamérica.
Mejor ni te acerques por allá. Cualquiera puede perder la vida.
—Está bien. Lo tendré en cuenta. Gracias. Perdone, tengo que preguntarle ¿dónde están los documentos de alta de Marcos, Barbario y Teresita?
—Igual que tú, que no tienen papeles. No me mires así —me sonríe—.
¿Tú crees que se me olvidó pedirte los papeles?
Desde el primer día te vi en las noticias y sabía que andabas indocumentado.
Así que ellos, igual que tú, necesitan trabajar para comer y yo necesito gente que trabaje sin ponerse a reclamar por lo que gana. Al final todos salimos ganando.