Un tipo con poca suerte (Javier Ramiro 2) 10
23%

10

¡Cuidado!

Oigo un ruido y abro los ojos. Miro el despertador que hay en mi mesita de noche, marca las dos de la madrugada.

Escucho a diferentes hombres alzando la voz, parece que nombran a un tal Antonio.

Pego el oído a la puerta de mi habitación y puedo distinguir a dos hombres, además de a Díaz; parece que le están preguntando, y no con mucha amabilidad, por ese tal Antonio.

No deben de saber que estoy aquí, de lo contrario ya habrían entrado.

Uno de ellos va a salir del piso a vigilar desde la puerta, al menos es lo que su compañero le pide que haga.

Es el momento para aprovechar y salir. Intentaré ayudar a mi amigo.

Abro la puerta muy despacio y observo que el extraño está de espaldas a mí, amenazando a Díaz.

Me lanzo de golpe por detrás rodeándolo con mis brazos, intento inmovilizarlo el máximo posible.

Díaz aprovecha para levantarse rápido y ágil.

Al forcejear con el agresor, me doy cuenta de que lleva un arma en la mano.

Intenta resistirse a mi abrazo y termina por disparar, fallando al aire.

La adrenalina recorre mi cuerpo como si no hubiera un mañana.

Díaz le coge de los tobillos y le hace perder el equilibrio, justo en ese instante aprieto el gatillo.

Mis oídos permanecen con un pitido durante unos largos segundos, el disparo se ha hecho muy cerca. Me ha cogido algo desprevenido.

Caemos todos al suelo y el arma sale disparada unos metros. Me levanto corriendo, en cuanto consigo coger equilibrio y me acerco a la pistola.

No lo dudo.

No lo pienso.

Apunto y ¡PAM!, un disparo.

El tipo cae redondo. Todo ha sido muy rápido, a su compañero no le ha dado tiempo a reaccionar y entrar para ayudarle.

—¡Estás chiflado! —grita el otro extraño desde la puerta haciendo el gesto de sacar su arma, pero observa que le estoy apuntando y sale corriendo del edificio.

—¡suelta eso ahí! —grita Díaz mientras alarga el brazo— ¡Agárralo por las patas,  vamos a lanzarlo por las escaleras!¡Apúrate!

—Pero por l...

—¡Cállate y rueda [24] ! ¡Estamos cortos de tiempo!

Todo esto parece irreal. Tenemos un arma, un muerto y ahora, debemos deshacernos de todo antes de que alguien llame a la policía. Nunca hubiera pensado que era capaz de disparar un arma y, menos, de dar en el blanco. ¿Y si ya lo he hecho antes?

Cogemos al tipo entre los dos y lo tiramos por el hueco de las escaleras.

Díaz saca un trapo y un cubo y limpia la entrada de su puerta, la barandilla de la escalera, el suelo del salón; lo repasa todo hasta que no queda ninguna pequeña gota de sangre.

Después coge el arma y la limpia a fondo; hace lo mismo con mis manos y me manda quitar el jersey.

—¿Por qué? —le pregunto mientras me lo voy quitando.

—Porque está hasta la chapa [25] de pólvora. Hay que botar [26] toda esa vaina [27] y dejar esto reluciente. Nos quedan como quince minutos antes de que la policía llegue al bloque.

—Me estás asustando. ¿Cómo sabes eso?

—Aquí esto es normal. Esa vaina pasa a diario y a cada rato por estos lados.

Así que cállate la boca y hazme caso. ¡Pégala [28] !

Mete toda esa vaina en esta bolsa de basura —estira el brazo y me acerca una bolsa que ha ido a buscar a la cocina, mientras yo me desvestía—.

Ahorita voy a salir por la escalera de atrás y me voy a deshacer de toda esta vaina.

Más tarde, cuando la policía esté abajo, entro y les digo que me tocaba el turno de noche y que por eso ando aquí. Tírate en la cama, que mañana trabajas.

—¿Cómo que me vaya a la cama, crees que voy a dormir? —ahora me doy cuenta que tengo frío y mis manos empiezan a temblar de nerviosismo.

—Sí. No te queda de otra.

—Necesito saber qué ha pasado, ¿qué querían esos tipos?, ¿por qué te estaban amenazando?

—Ahorita no hay tiempo. Mañana hablamos de la vaina que quieras, pero por lo que más quieras, métete en la cama y piensa que ando en el hospital, que más tarde llego.

No puede ser, demasiados sustos, dos muertos, tres agresiones, dos robos y yo, encontrado en una maleta. Todo en menos de un mes. Son demasiadas emociones. Ya empiezo a dudar de mí. He disparado sin vacilar, eso no me parece muy normal, aunque ahora esté temblando de miedo.

Díaz sale en dirección al hospital y yo me vuelvo a la cama.

Escucho ruido de sirenas. No me atrevo a moverme ni a girarme dentro de mi cama.

Oigo como llaman a las puertas de varios pisos, e incluso al mío.

No contesto y desisten. He permanecido escuchando con detenimiento, al final, dan las cuatro de la madrugada y mi compañero de piso aparece.

Entra en casa y cierra la puerta. Me levanto corriendo y asomo la cabeza por una pequeña obertura de la puerta de mi habitación.

Nos damos las buenas noches y desaparece tras la puerta de su dormitorio.

Díaz no tiene ganas de hablar y, por mucho que le insista, lo único que conseguiré es que se enfade y no me lo explique.