12
Javier Ramiro
Han pasado cuarenta y seis días desde que salí del hospital. Sentado en la silla de la cocina, pienso que necesito recordar ¡ya! Estoy cansado de esforzarme y no conseguir casi nada. Aunque he mejorado bastante, no llego a recordar las caras ni los nombres de mi familia.
Alguien llama a la puerta.
Me levanto y me acerco con cuidado, aún recuerdo a los tipos que buscaban a Antonio, «el hermano de Díaz».
En cuanto miro por la cortinilla de la ventana veo que es Gutiérrez, el comisario.
Su rostro está iluminado con un aire de satisfacción y entusiasmo.
Le hago pasar y sentarse en el sofá, le ofrezco un café, el cual acepta y, tras prepararlo y sentarnos juntos en el salón, Gutiérrez empieza a hablar.
—Ya averiguamos de dónde es y cómo se llama. Señor Javier Ramiro Domingo.
Sonrío y una lágrima aflora en mí.
—Javier Ramiro Domingo —pronuncio en voz alta con tono de orgullo y satisfacción, me gusta mi verdadero nombre— Javier Ramiro Domingo. ¿De dónde soy, tengo familia?
—Es de España, como sospechábamos. Aquí tiene anotada la dirección, señor —me entrega un papel con todos mis datos personales—. No tiene familia, lo siento. Sus papás murieron hace casi dos años —se hace un silencio rotundo.
La noticia de mis padres me entristece mucho, no esperaba que me vinieran a ver enseguida, pero que estén muertos... eso sí que no me lo esperaba. Estoy solo en el mundo.
—¿Qué vas a hacer ahorita en adelante, vale?
—Pues, tal vez me quede un poco más hasta terminar con unas cosillas que tengo pendientes de solucionar, como el pago de mis gastos en el hospital. Díaz se ofreció a pagarlos, yo prefiero devolverle el dinero antes de marchar. Es lo justo.
—Ponte las pilas, que nada más tienes permiso por tres meses. Ya te dejé todo resuelto para no crearte más rollo [40] . Una vez que se te venza el tiempo, ya no te puedes quedar en el país. Si inventas, [41] te van a llevar detenido —me entrega toda la documentación actualizada.
—Gracias. Muchísimas gracias, de verdad.
Nos estrechamos las manos con fuerza. En un arrebato de entusiasmo le abrazo y él se marcha sonriendo.
Javier Ramiro ha regresado, al menos, en parte. Ya tengo mi nombre, mi edad, treinta y cuatro años, «en realidad me conservo muy bien pues, creía que no llegaba a los treinta», y que pertenezco a España, en concreto, tengo la residencia en un piso de Bilbao, una ciudad del norte de España.
Vuelvo a estar solo en el salón, cojo el móvil y empiezo a mirar en un mapa la localización, cómo es la ciudad, todo tipo de fotos de esta, y de los grandes y emblemáticos edificios que comprenden Bilbao.
Estoy eufórico. Hay sitios que sí creo recordar, de todos modos no puedo asegurarlo, me puede más la ilusión y el entusiasmo que la razón.
En cuanto Díaz entra por la puerta, le doy la nueva noticia. La alegría de mi compañero y la pasión, con la que recibe la noticia, me hacen sentir muy afortunado.
* * *
Continúo trabajando, durante dos meses más, para poder devolver el dinero a Díaz de mi estancia en el hospital.
Una vez pagada la deuda, él mismo me da el dinero que necesitaba para el billete de vuelta a mi hogar.
Díaz no había gastado ni un bolívar de los que le había estado devolviendo.
Es el mejor regalo de despedida que podía imaginar.
Dos días antes de embarcar hacia España, recibo una llamada muy interesante y a la vez inquietante.
—Kaixo [42] . Buenos días. ¿Puedo hablar con Javier?
—Sí, soy yo. ¿Quién es?
—¡¡Oh!!, ¡Dios mío!, soy Sara. Javier, ¿estás bien? ¡Madre mía! No podía creerlo cuando la policía me dijo que estabas vivo.
—Aja, sí, estoy vivo. Perdona, ¿puedo preguntarte de qué me conoces?
—Estás enfadado. Lo suponía. Tengo una explicación.
—¿De qué me estás hablando? No estoy enfadado. No sé si te han informado que tuve un accidente y que, bueno, no he recuperado del todo la memoria. Me han dicho los médicos que en unos meses todo volverá a su sitio, así que no, no estoy enfadado, por ahora ¿Y tú, cómo has dicho que te llamas?
—Sara.
Por un momento nos quedamos en silencio los dos, aquella voz, con el mismo acento que el mío, hacen que me sienta como en casa.
—¿Cómo es que te ha llamado la policía a ti?
—Hace unos días que denuncié tu desaparición. He estado fuera del país y no me había enterado, en cuanto supe que habías desaparecido avisé a las autoridades. Es una suerte el haberte encontrado. ¿Dónde estás? Tan solo me han facilitado este número de móvil.
—En Caracas. Sudamérica. Vuelvo pasado mañana a España —le contesto entusiasmado—. Tengo un vuelo hasta Madrid y allí cojo otro hacia Bilbao. Llegaré sobre las dos de la madrugada del sábado.
—Pasaré a recogerte al aeropuerto. Bueno, si te parece bien.
—Tengo que reconocer que sí. Necesito ayuda para ir a mi piso y si puedes ayudarme a recordar algo, tan solo con vernos y hablar un poco, te lo agradecería. Aún no me has dicho de qué nos conocemos.
—Estábamos empezando algo juntos, no era oficial, tan solo era el comienzo.
—Entiendo. Lo siento.
—¿El qué?
—No recordarte.
—No te preocupes, lo importante es que estés bien y vuelvas a Bilbao. Ya tendrás tiempo de volver a ser el de siempre. Te llamo en dos días para concretar que todo está bien y estás de vuelta, ¿vale?
—Vale. Gracias. Adiós.
—Agur [43] .
La llamada es toda una explosión de sentimientos revoloteando dentro de mí.
No recuerdo nada sobre esta mujer, sin embargo, su voz me ha hecho sentir protegido.
Es la primera vez en tres meses que no he sentido nervios o inseguridad.
Estoy convencido que todo cambiará al volver a casa y estar con los míos, sean quienes sean, mis vecinos, compañeros de trabajo, el frutero, el cartero...