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Tengo miedo
Es jueves y estoy de camino al trabajo, esta vez voy mirando a mis espaldas, estoy acojonado.
La calle está despoblada, tan solo personal de limpieza y algunos empleados de la obra son los que caminan, como yo, ligeros hacia sus trabajos.
Llego al almacén y otro hombre me está esperando; se presenta como mi nuevo compañero de las seis.
Tras un pequeño «vale» y sin más «conversación», abre las puertas del almacén.
El camión llega a su hora y nos ponemos a descargar sin parar.
No comentamos nada de lo sucedido ayer. Tal vez, este tipo no sepa nada del tiroteo, ahora bien, el camionero sí, y tampoco lo ha mencionado; ni me ha mirado a la cara.
Creo que quiere evitar el tema; yo tampoco tengo ganas de recordarlo, así que no lo menciono.
Una vez dentro de la tienda, empiezo con el trabajo colocando los productos en las estanterías.
Todo sigue como si no hubiera pasado nada especial o fuera de lo normal.
Me siento algo triste (apenado/ afligido), pienso que nadie se acuerda del joven que perdió su vida ayer, al igual que nadie se acuerda de mí.
Llegadas las nueve, el personal entra como cada mañana con sus vasos de café en la mano y hablando entre ellos. Es un supermercado muy grande, tiene de todo, aunque he observado que no hay sección de carne ni pescado. Es raro. Cada vez estoy más seguro de que no pertenezco a este lugar.
En cuanto llega el dueño, me acerco a su despacho. Debo hablar con él.
—Buenos días Vázquez, vengo a entregarle esto —deja encima de la mesa 6.950 VES. [14]
—¿Por qué, pues? Esos bolos [15] son tuyos —contesta sin levantar la mirada.
—Yo no trabajé tanto como para que me pague esa cantidad.
—Ya lo sé, pero lo hiciste muy bien y espero que sigas así. No quisiera que los demás se enteren de lo de ayer, para no alarmar a los trabajadores. Tómalo, es tuyo.
Vázquez estira la mano con los billetes, los cojo y salgo sin decir más.
«Entonces... ¿nadie sabe qué sucedió ayer?
», esto me desconcierta más todavía. Continúo trabajando hasta las dos, intentando apartar mis pensamientos del pánico y la desgracia con bastante dificultad.
Al final de la jornada, mi jefe, vuelve a pagarme los 1. 690 bolívares que me corresponden.
Estoy muy aturdido. No sé si he hecho lo correcto, no entiendo por qué me ha pagado por mi silencio. Es muy extraño que todo funcione como si nada en el supermercado.
En cuanto llego a casa hago lo que el resto de días, pongo la televisión y voy pasando canal por canal para escuchar las noticias de sucesos mientras como algo.
Están pasando cosas muy alarmantes, no creo que esté acostumbrado a esta sensación de sentir el peligro en mis talones; y solo pensar que ayer entraron en el piso y pegaron a mi compañero, me preocupa bastante.
No conseguí que me explicara el porqué de la agresión, tampoco quién había sido o si cabía la posibilidad de que volviera.
Espero que conforme pasen los días termine explicándomelo.
De repente algo me viene al pensamiento, como un flash.
«Me siento en completa oscuridad, algo me cubre la cabeza y escucho una voz de hombre».
Dura tan solo unos segundos, está claro que es un recuerdo, no una ilusión.
Un sudor frío me recorre todo cuerpo. Quizá, sí haya estado en situaciones peligrosas en el pasado.
No puedo dejar de dar vueltas a los acontecimientos vividos y en el recuerdo de oscuridad en presencia de un individuo, que tengo que reconocer, no consigo retener qué es lo que dice, no obstante, la sensación es de amenaza, no me ayuda mucho para tranquilizarme.
Por la tarde, decido pasear por las inmediaciones del supermercado.
Quiero ver qué ocurre afuera mientras todos trabajan.
Qué tipo de personas pasea por la zona, cuánto tráfico hay; necesito estudiar la zona aunque me asuste, y está claro que me asusta.
Otra vez, vuelvo a morderme las uñas. ¡Qué horror!
Que costumbre más fea, tendré que controlarlo, de lo contrario me quedaré sin dedos.
Estuve observando durante más de dos horas y lo que más me llamó la atención, fue la cantidad de policías que estaban parando a los motoristas, sobretodo.
Los que iban y venían eran personas normales, los vehículos no eran sospechosos, tan solo, vi dos estirones de bolsos por unos tipos que se me pasaron desapercibidos.
Todo era, dentro de lo que cabe, muy normal.
Eso me hizo llegar a pensar que la muerte de mi compañero podría deberse por algún motivo relacionado con mi jefe, no con el joven.
¿Y si está metido en algún lío y le han dado un aviso con la muerte del chico?
Eso tampoco es para sentirse mejor, porque tal vez el siguiente sea yo.
No estoy seguro de seguir queriendo trabajar en el supermercado; por el momento, no tengo más opciones. Lo único que puedo hacer es averiguar el porqué de lo que ha sucedido. Mis pulsaciones empiezan a aumentar con tan solo pensarlo. Tengo un propósito y eso le da un enfoque nuevo a mi existencia.
Entro en el supermercado y doy alguna vuelta observando a mis compañeros y al jefe.
Ese hombre debe de esconder algo, no es normal que se hubiera tomado con tanta calma lo sucedido y que nadie haya preguntado por el cadáver.
Tampoco han preguntado por mí desde que desperté o desde que desaparecí.
Para alguien yo he desaparecido, supongo, ¿para quién?
No puede ser que no me conozca nadie y, menos, que nadie me eche de menos. Soy un buen tipo, de eso estoy seguro.
La tienda está llena de clientes. Se nota que no estoy trabajando porque faltan productos en algunas estanterías.
Paseo y cuento cuántos trabajadores hay en el turno de tarde.
Son un total de cinco. El negocio no va nada mal.
Para pagar a todos un sueldo, está claro que se vende mucho o, al menos, eso es lo que debería pasar.
Tampoco es que los clientes llenen sus carros.
Hay mucha gente que compra un par de cosas y se marcha.
Es un goteo constante de compradores sin mucho gasto.
¿Y si hay otro modo de ingresos dentro de estas cuatro paredes?
, ¿Tal vez algo ilegal? No puedo parar de dar vueltas y vueltas por todo el local, pensando en las distintas posibilidades que pueden hacer de esta tienda una tapadera.
Vázquez sale de su despacho para dar una vuelta de control al personal.
No se fía mucho de sus empleados, ya ha tenido que despedir a varios por hurto.
Está claro que todo el mundo no está en su mejor momento y él no piensa mantener a nadie.
De ser así, supongo que no habría echo negocio en su vida.
Le sorprende con agrado verme por los pasillos.
—¡Épale! [16] ¿Haciendo el mercado? —me pregunta sonriente.
—Bueno, estaba paseando y he pensado en entrar y mirar todo con calma. Por las mañanas no tengo tiempo para hacerlo, hay mucho trabajo. Es increíble la de gente que entra a comprar, le debe de ir muy bien el negocio.
—Ahí vamos, pero cuesta un billete largo —responde muy amable, a la vez que me coloca el brazo sobre el hombro y sigue hablando, mientras caminamos entre los pasillos de conservas y curtidos—.
Cuando arranqué, nada más le echábamos bolas [17] mi mujer y yo.
Teníamos un localcito y todos los días me tocaba ir en el carrito [18] a buscar las cosas frescas.
Después de tanto echarle bolas y apretarnos la cincha, logramos ampliarlo hasta tres veces, nos llamábamos Familia Ganima, y mira cómo está esta vaina [19] —dice alzando la voz y extendiendo su brazo—.
Ahora somos «Supermercado Ganima». Un hipermercado.
Pese a que él hubiera empezado de cero, no es muy solidario con sus empleados. Los sueldos son precarios, los horarios abusivos y está claro que yo no soy el único que trabaja sin papeles.
Llegado el final de la conversación, cada uno sigue con lo suyo. Vázquez a comprobar que en caja todo está en orden y a retirar algo de efectivo y yo compro dos manzanas y me marcho tras pagar.