8
A comisaría
Han pasado más de diez días, desde que salí del hospital, y todavía no me ha llegado ninguna noticia del comisario Gutiérrez.
Esperaba que todo se resolviera con más diligencia; está claro que ya no soy una prioridad para nadie, tan solo para el hospital que espera el pago de su prestación.
Díaz se ha comprometido a hacer de aval para mí, así que no puedo fallarle.
Todo el dinero que voy ganando lo reparto en tres partes.
Una para el hospital otra para los gastos de casa y la última, para ahorrar y volver allí de dónde vine.
He descubierto que tengo varias habilidades que no recordaba, como ir en bici, conducir, «no se me da del todo bien», cocinar, «tampoco recuerdo ninguna receta», cocino por instinto, y una que me está gustando de verdad, investigar.
Llevo varios días pensando si en realidad soy o, mejor dicho, era un investigador privado o policía, sin embargo, de ser así habrían encontrado toda mi información en los archivos de la policía y, por ahora, sigo sin saber nada.
Cansado de esperar una llamada de Gutiérrez, decido hacerlo yo.
Marco con el nerviosismo de quién espera la respuesta de una novia o de un profesor con las notas finales.
En cuanto descuelgan el teléfono me doy cuenta de que no será fácil contactar con él.
El personal que atiende las llamadas se encuentra rodeado de mucho ruido.
Gente gritando, teléfonos sonando y les es difícil escucharme con claridad.
Hasta cuatro veces me han colgado el teléfono por no entender nada.
Al final, decido presentarme en la comisaría.
Me ha costado un poco encontrar el lugar.
Las indicaciones no son muy buenas. La comisaría se encuentra en la Avenida Felipe Tovar y hay un letrero en la puerta: Módulo Policial de San Bernardino.
Al entrar, confirmo el alboroto que escuchaba por la línea; todos hablan y atienden a víctimas y delincuentes.
Es bastante caótico. Gutiérrez me ve enseguida y se acerca.
—Buenos días. ¿Qué se le ofrece?
—Quería saber si han descubierto algo. Si alguien me ha reclamado o, si existo en algún lugar —mi cara le transmite toda la desolación que me envuelve, puedo verlo en la suya que ha cambiado al instante.
—Mire, estamos en eso. La cosa va un poquito lenta, pero tranquilo que todo se va a resolver. Nos tomará el tiempo que sea necesario, pero igual lo vamos a encontrar.
Las palabras del comisario no son muy optimistas, al menos sigue recordándome y es muy amable.
—¿Logró recordado algo más de su pasado?
—Bueno. Cosas sin importancia, a veces creo que puede ser que las imagine y no sean recuerdos. Díaz, el enfermero que me acoge en su casa, dice que estas cosas van despacio. Tal vez, un día me despierte recordándolo todo. Nunca se sabe.
—¿Tiene chamba? [20] —la pregunta me pilla por sorpresa.
—¿Cómo?, si no tengo papeles.
—Bueno... eso no es problema, hay un montón de sitios donde puede trabajar sin papeles —su sonrisa me relaja de algún modo, aunque también me inquieta. Si la policía me dice esto, ¿qué se hará a sus espaldas?
Cada día que pasa entiendo menos cómo he terminado en este país.
No conozco a nadie, no coincido con las costumbres, con el habla, con las normas...
El acento vasco es de España, así que allí es adonde debo volver.
En casa estuve calculando cuánto tiempo debo esperar para conseguir el dinero suficiente para irme a Europa, al primer aeropuerto más cercano y entrar en la primera comisaría para preguntar por mí.
Tal vez, sea un delincuente o me busque la mafia, o sea algo que no quiero saber, pero el no saber me está volviendo loco.
Necesito recoger un total de 600 €; es lo más barato que he encontrado por Internet, o sea, 4.
250.000.000 VES, más o menos. Es una barbaridad, necesito por lo menos trabajar tres meses o cuatro para poder conseguirlo, de todos modos estoy convencido a hacerlo, y cada día que pasa más.
Las cosas no parecen ir muy bien por aquí.
En el supermercado, en casa de Díaz… Parece que nadie está seguro en ningún sitio. ¿Y si llegase a encontrarme en casa la próxima vez que vengan?, ¿qué voy a hacer? El solo hecho de pensarlo me estremece.