Un tipo con poca suerte (Javier Ramiro 2) 5
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¿Qué hago?

Las seis de la mañana; llego al callejón de la entrada al almacén.

Mi compañero está de pie, esperando a que llegue el camión mientras se fuma un cigarrillo.

En cuanto llego a su lado tira la colilla, la pisa, me hace un gesto con la cabeza y abre la puerta pequeña.

Entramos y acciona el encendido del gran portón.

Al instante, estaciona en la entrada el camión y, sin mucha conversación, nos dedicamos a ir descargando caja a caja y amontonándolas para más tarde abrirlas.

No estoy nada en forma. Creo que no he hecho deporte nunca. Tengo agujetas de ayer.

Mientras estoy dejando en el fondo del almacén una caja, escucho el chirrido de las ruedas de un coche, un acelerón y un frenazo.

Es muy estruendoso. Es extraño que, en un callejón sin salida, se meta un coche a esa velocidad.

De repente ¡¡¡PAM!!! , tres tiros y el sonido del coche, que vuelve a arrancar, dándose a la fuga.

Me acerco al portón medio agachado, mi corazón es un redoble de tambor.

Asomo la cabeza, muy sutilmente, y veo como el camionero sale corriendo calle abajo despavorido, mientras mi compañero se encuentra en el suelo, con sangre cubriendo su pecho.

Por un instante, me quedo petrificado mirando al joven que permanece quieto.

Tras comprobar que no hay peligro, me acerco y me arrodillo junto a él.

Le toco el cuello, la muñeca y luego le pongo la mano delante de la nariz.

Nada. Está muerto. ¡No sé qué hacer! Miro hacia el final de la calle; no aparece nadie.

Me quito la chaquetilla y le cubro el rostro, «no sé por qué lo hago, tan solo creo que está mejor así».

Me adentro en el supermercado y voy hacia la oficina del jefe.

Está cerrada con llave. No sé dónde buscar algún teléfono para llamar y pedir ayuda, «el móvil lo dejé en casa».

Me dirijo de nuevo hacia el almacén y es entonces cuando aparece el dueño.

—Víctor, ¿dónde quedó? —pregunta.

—¡En la entrada del almacén! ¡El camionero ha salido corriendo! ¡No sabía qué hacer! —contesto exaltado y con miedo.

—Nada. Relájate, ya me avisaron a mí. Trae el envoplast [8] para empaquetar las paletas.

Me hallo en shock. No puedo creer la tranquilidad con la que Vázquez me habla.

Le hago caso y le ayudo a envolver el cadáver del joven.

Estoy tan bloqueado que no soy consciente de lo extraño de la situación.

Luego, el dueño, me pide que termine de descargar el camión y después lo aparque en la calle principal.

—El chofer después viene por eso. Yo me cuadro [9] esto ya —dice señalando el cuerpo plastificado.

Es mi segundo día de trabajo y ya estoy agotado.

Se me han contraído todos los músculos del cuerpo y parece que peso el doble.

Voy lento y soy poco productivo. No consigo quitarme de la cabeza la imagen del joven tirado en el suelo; Tan solo unos minutos antes, estaba fumándose un cigarrillo mientras me esperaba para empezar.

La cruda realidad me lleva a temblar durante el resto de la mañana; imagino mil formas en las que sufro un accidente terrible como el que ha sufrido mi compañero.

No puedo respirar bien y un sudor frío me recorre la frente.

Siento el miedo calándome hasta los huesos.

A la hora de marchar, el dueño me paga de nuevo en efectivo. Le pregunto por el cuerpo del chico y me responde que ya ha venido la policía a recogerlo y a tomar nota de todo lo ocurrido.

—Pero yo no he declarado —le digo extrañado.

—Fresco [10] mi pana [11] , no pasa nada. Ellos ya saben que esas vainas [12] pasan, y no resuelve nada el que haya un testigo. Más bien, es peor. Por eso es que el chofer salió pegando la carrera. A nadie le conviene que haya gente viendo, ¿viste?

Asiento con la cabeza, aunque no termino de entender el razonamiento.

Me marcho. No puedo quitarme de la cabeza la imagen del joven tirado en el suelo y lleno de sangre.

No me ha dado tiempo a conocerlo, de todos modos lo siento como si nos conociéramos desde hace mucho tiempo.

Me pregunto por su familia y por el motivo de esta terrible situación.

Me imagino a la madre llorando a los pies del ataúd, la abuela o la hermana.

Llego al piso sin darme cuenta del recorrido. Estoy tan impactado, que no he sido consciente hasta que me he  encontrado dentro del salón.

La cosa no mejora al entrar en el piso. Díaz se halla en el suelo, medio recostado y el labio le sangra. Me abalanzo corriendo hacia él para ayudarlo a levantar.

—¿Qué ha pasado? ¿Estás bien? —el sudor frío ha vuelto.

—Sí. Estoy fino [13] , tranquilo. No fue nada.

Le ayudo a incorporarse y observo que se lleva la mano a las costillas, creo que le han dado algo más que un puñetazo.

—¿Quién te ha hecho esto?, ¿qué pasa hoy? —no consigo entender nada. Todo parece muy surrealista.

Mi amigo  se mantiene callado mientras se marcha al baño y escucho como se da una ducha.

Empiezo a sentir miedo de verdad. Todo esto me parece de lo menos normal. Yo no pude haber estado viviendo en situaciones así antes porque, de ser así, tendría que reconocer que soy un cobarde. Me asusta estar asustado.

Quiero decir que no creía ser un héroe, pero tampoco un cobarde. Si al menos tuviera a alguien a mi lado que me conociera de verdad, podría desvelar parte de las dudas que tengo.