Un tipo con poca suerte (Javier Ramiro 2) 4
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El supermercado

Ya es un nuevo día. Me levanto a las cinco de la mañana para la prueba en el supermercado. Díaz tiene turno a la tarde, así que, intento hacer el menor ruido posible mientras desayuno y me visto.

Camino por las calles solitarias y observo que tampoco hay muchos coches aparcados.

Resulta extraño, pues creía recordar que era complicado encontrar aparcamiento, tal vez sea un recuerdo pero, no del aquí y ahora.

De camino veo varios locales pequeños, muy pequeños, donde algunos ancianos toman café mientras hablan acaloradamente.

Cuando llego al supermercado, doy una vuelta a todo el edificio.

Ya hay un camión estacionado en la puerta trasera del local.

Después de un escueto «bueno», el joven que me espera me entrega una chaquetilla de color azul oscuro con unas letras bordadas en las que pone el nombre del negocio, «Supermercado Ganima», además de un cúter para abrir los envoltorios de los palés.

Estoy nervioso, es una sensación agradable, me hace sentir vivo y creo que lo necesitaba.

Desde las seis hasta las ocho entramos todo el material al almacén.

Es un lugar algo pequeño y las cajas se van amontonando por todas partes.

Una vez terminado de descargar todo, casi no puedo moverme entre los bultos.

Tropiezo varias veces y, en una de ellas, termino en el suelo.

Mi compañero solo me mira, sin decir nada.

Más tarde, el camión se marcha y empiezo el trabajo en tienda.

No ha habido descanso, tan solo he parado una vez para ir al baño y beber algo de agua.

Mi compañero llevaba un pequeño bocadillo en el bolsillo que ha ido mordiendo y masticando a la par que iba trabajando.

Creo que no he dado motivo de queja. Tan solo he cumplido con lo que se me pedía.

Llegadas las dos, el dueño se me acerca y me entrega el dinero en mano.

—Toma, te lo ganaste. Preséntate mañana a la misma hora. Desde hoy trabajas aquí —me lo ha dicho serio, de todas formas ha sido cordial.

—Gracias —estiro el brazo para coger el dinero.

—Deja la chaqueta en el almacén para el que entra ahora y guarda el cúter, no te voy a dar otro si lo pierdes; es tu responsabilidad. Si te quedas sin cúter, vas a tener que abrir los paquetes con la fuerza de tus manos.

—De acuerdo. Hasta mañana.

Meto el dinero en el bolsillo y salgo de vuelta al piso. No quiero mirar la cantidad, considero que es de mal gusto contarlo delante del jefe; luego, en la calle, tampoco me atrevo a sacarlo, no me siento seguro, así que espero hasta llegar a «casa». El piso de Díaz.

La paga por ocho horas de trabajo, sin descanso, son de 1.

690 VES «Bolívares». No tengo ni idea del dinero que me han dado.

Está claro que yo no he tratado con esta moneda nunca.

No puede ser que no sepa contar cuánto dinero tengo.

Estos billetes no me suenan para nada, así que se me ocurre buscar en el móvil que me ha dejado Díaz, los tipos de monedas que existen en todo el mundo.

Después de una media hora, lo tengo claro.

El Euro es la moneda que he  estado utilizando antes del accidente.

El comisario tenía razón. ¡Provengo de Europa!

Me siento excitadísimo al hacer tal descubrimiento, sin embargo, pierdo el entusiasmo al instante en el que compruebo a cuánto va el bolívar con respecto al Euro, y puedo ver que me han pagado unos veinticinco euros.

¡Qué horror! Sale a tres euros la hora. Así no voy a ahorrar para volver a mi tierra ni en dos años. Tendré que buscar algo más o, un trabajo mejor pagado. De todas formas, tampoco me voy a quejar, la gente no va ofreciendo trabajo así como así, y yo ya tengo un trabajo. Puedo sentirme afortunado.

No me ha dado tiempo de comer ni de ducharme, me he quedado dormido en el sofá. Aunque haya ganado poco, me ha gustado mucho sentirme útil y eso me reconforta.