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Nueva vida
Ha llegado el día. Todo el personal del hospital que he conocido durante este tiempo, pasan por mi habitación para despedirse y desearme mucha suerte. Han traído algunos regalos: un pijama, ropa interior y ropa deportiva nueva para salir del hospital con dignidad y empezar de nuevo.
Mi «nueva vida».
Hasta el comisario ha pasado a despedirse, ahora bien, ha dicho que no para siempre.
Está muy comprometido en averiguar quién soy y qué me ha pasado para terminar en las condiciones en las que me encontraron.
Díaz le ha dado la nueva dirección y un número de contacto para localizarme cuando averigüe algo.
Es un momento muy complicado. Tengo ganas de salir de aquí y a la vez estoy aterrado. Una vida, una oportunidad, un principio. El principio.
Sé que no lo voy a tener nada fácil, no recuerdo a qué me dedicaba, ni qué es lo que se me da bien.
Tengo que reinventarme y, para eso, me siento solo.
Tengo que encontrar yo solo las respuestas.
Estoy muy nervioso, eso está claro; porque primero me he puesto las deportivas al revés, luego, una vez recolocadas, he tropezado con el cordón del calzado y, para rematar, me he hecho sangre en un dedo mordiéndome las uñas.
Hemos caminado unos diez minutos para llegar al piso. La zona
se llama La Candelaria. Está lleno de pisos junto a casas grandes antiguas.
Díaz me enseña las cuatro cosas necesarias y se marcha al trabajo de nuevo.
En cuanto sale por la puerta, me pongo, como loco, a reorganizar todos los utensilios de la cocina, la comida del frigorífico y las cosas que había en el aseo.
Me he dado cuenta de que, en realidad, soy una persona muy ordenada o, al menos, más que Díaz.
Es como me lo había descrito, pequeño, sencillo, humilde.
Me parece «fantástico». No recuerdo mi hogar, cómo era, qué lo decoraba.
En este momento, este pequeño piso me parece un palacio.
Los muebles, que no son muchos, son todos de madera, sin florituras, y las puertas se quejan cada vez que las abres.
La cocina es muy sencilla, tiene lo justo para vivir; No hay cortinas en las ventanas y al suelo, de granito gris, le hace falta una buena limpieza, aparte de eso, es muy acogedor.
Aquí me hallo, solo, sentado en el sofá frente al televisor, después de trastear por todo el piso.
Las imágenes van pasando de una a otra, no consigo concentrarme en nada de lo que emiten.
Permanezco todo el rato haciendo fuerza, intentando que algún recuerdo aparezca espontáneamente, aun así, no sucede nada.
Al menos, no lo que deseo porque, eso sí, se me ha puesto un dolor de cabeza horrible.
Decido salir a dar un paseo para reconocer la zona, tal vez vea u oiga algo que me haga recordar o, al menos, con suerte, consiga deshacerme de esta jaqueca.
El barrio parece tranquilo. Edificios de, máximo, seis plantas, con ventanas abiertas y gente asomada en ellas abanicándose.
No es una zona lujosa, no hay muchos coches aparcados y los que hay no parece que tengan menos de quince años.
¿Cómo sé eso? Pues no lo sé. Supongo que empiezan a aparecer datos con los que no contaba, eso me anima un poco.
Sigo andando calle abajo y termino en una vía ancha, la Avenida Vollmer.
Aquí sí hay algo más de movimiento. Tiendas, coches y árboles, muchos árboles con las raíces sobresaliendo del cemento.
Personas andando con sus compras. Entro en varios de los establecimientos.
Miro ropa, discos, entro en una librería y, más tarde, observo en la misma avenida haciendo esquina con la Avenida Caracas, un supermercado.
No compro nada, ya que no llevo dinero. Intento que alguna cosa regrese a mí, que algún detalle me haga sentir algo. Sentirme yo.
Estoy tan perdido en mi olvido que, mientras voy recorriendo los pasillos del supermercado, no me he dado cuenta de lo que hago, al menos, no hasta que llega un empleado del establecimiento y me pregunta.
—¡¿Qué es la cosa, vale?! [6]
Del mismo susto se me caen al suelo varias latas que llevo en las manos.
Entonces reacciono y soy consciente de que me encuentro ordenando las estanterías, adelantando todos los productos y colocándolos encarados.
Una ajetreada conversación, nada cómoda, nos mantiene liados entre mis balbuceos y los improperios del joven dependiente.
Ahora no me importaría volverme invisible.
Entre tanto alboroto, el encargado se acerca para ver qué es lo que está sucediendo.
Yo no sé cómo excusarme por haber provocado tal revuelo.
«No sé por qué he creído que era un buen momento para morderme las uñas».
El hombre manda al muchacho que se vuelva a la zona de cajas y, a mí, me pide que lo siga hasta su despacho.
Creo que me he metido en un lío, seguro que quiere que le pague las dos latas que se han abollado al caer.
—¿Oye, andas buscando chamba?—me pregunta sin dejar de mirarme a los ojos.
—¿Chamba? No quiero problemas.
—Noo —sonríe—, trabajo. ¿Andas buscando trabajo?
—Bueno... sí, necesito trabajar. Necesito dinero.
—¿De dónde eres tú? Tiene un acento re [7] distinto.
—De España —le contesto sin pensar—. Estaré aquí, al menos, hasta que consiga dinero para volver a mi casa. Creo. Bueno, no sé.
Mi confusión quedó al desnudo; se hecha hacia atrás marcando las distancias, pero me mira sin parpadear.
—Es medio raro, ¿sabes? Pero dale, si mañana está aquí a las seis de la mañana, y me gusta cómo arreglas el almacén y la tienda, quedas contratado. ¿Qué dices?
—Pues muy bien en realidad. Mañana estaré aquí a las seis en punto.
Salgo entusiasmado. El encargado resulta ser el propietario de la tienda. En tan solo cinco tiendas, que he visitado, ya me han ofrecido un empleo y sin necesidad de preguntar. Esto si es tener buena suerte. Estoy convencido de que todo va a salir sobre ruedas.
Vuelvo directo al piso a prepararme algo de comer y, más tarde, esperar mirando la tele a que Díaz aparezca para darle la buena nueva. Me comería un bocadillo de pimientos con pechuga de pollo y una cerveza bien fría, no obstante, no creo que Díaz tenga nada de eso en su nevera.
Paso toda la tarde escuchando las noticias de los diferentes canales de televisión para ver si alguien habla o pregunta por mí.
Nada.
Nadie parece haber perdido a un familiar y eso que, según las noticias, cada día desaparece personas en este país.
También he podido comprobar que ningún lugar de los que retransmiten o nombres de famosos de los que se habla, e incluso las series que emiten, me resultan conocidos.
¿Tendrá razón el comisario y me han traído hasta este continente, en una maleta, por algún motivo que aún desconozco?
Por más que lo intento, no consigo nada nuevo.
De todas formas, no sé si quiero saber cómo he llegado a esta situación ni si, en realidad, me es necesario para seguir con mi existencia.
No creo que alguien que aparece en una maleta sea alguien a quien me gustaría conocer.
Podría ser un delincuente o un panoli al que han gastado una mala pasada; sea como sea, tengo miedo de saber la verdad.
Ha llegado el final de la tarde y mi compañero de piso aparece.
Arrastra los pies y deja su bolsa en una silla, tampoco tiene ganas de hablar, es normal, el trabajo del hospital es agotador.
Son constantes las personas que llegan heridas de diferentes formas e incluso en grupos.
Un día, Díaz me contó que llegaron a tener hasta a treinta personas por varias trifulcas con heridas de arma blanca, e incluso de arma de fuego.
Todo esto hace que me sienta bastante indefenso.
No puedo entender cómo hay tanto peligro aquí afuera.
Deseaba marcharme del hospital y emprender mi camino para conseguir recordar y retomar mi vida aunque, a la vez, tenía un miedo espantoso por tener que salir de aquellas cuatro paredes.
Mientras Díaz se ducha, le preparo un plato de patatas y huevos fritos.
Saco un trozo de queso y pan y lo pongo todo en la mesa.
El joven lo recibe con mucho entusiasmo.
Había pensado comerse un bocadillo de pan de molde con crema de cacahuete e irse a la cama pero las patatas con huevos y el queso le han hecho recuperar las fuerzas y el ánimo.
—¿Te ha llamado Gutiérrez con noticias nuevas? —pregunta.
—No. Tampoco he recordado nada importante.
—Tranquilo, eso es normal. Ya vas a ver, poco a poco vas a ir recordando y, al final, te vas a ir a tu gran mansión, con tu familia y te vas a olvidar de tu amigo Díaz. ¡Jajaja! —se ríe, sin embargo, en su cara puedo notar desolación.
—No te olvidaré, aunque fuese el embajador del mundo. Lo que estás haciendo por mí me parece imposible de pagar, ni con todo el oro de la Tierra.
Mis palabras le han gustado, contesta con un apretón de brazo que me reconforta.
Sienta bien después de tantas horas solo, y no solo por estar sin compañía, sino porque en realidad estoy solo en cuerpo y alma y todo es muy extraño, porque sí me siento solo, en cambio, no puedo sentir pena o nostalgia por algo de lo que no recuerdo nada.
Después de ponernos al día, nos vamos a descansar. Paso la noche mirando el techo de mi habitación. «¿De verdad no hay nadie que me reclame?». No puedo evitar echarme a llorar y así continúo hasta caer en un sueño profundo.