Un tipo con poca suerte (Javier Ramiro 2) 2
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Mi nombre

—Buenas —son las ocho de la mañana.

—Buenos días comisario Gutiérrez.

Es el tercer día que el comisario prueba suerte intentando hacerme recordar algo, aunque sea un pequeño detalle, cualquier cosa que les lleve a explicar mi situación.

—Mire, ya revisamos y usted está limpio, no tiene antecedentes. Al menos eso es algo positivo. También se lo pusimos [1] a un tipo que sabe de dialectos. Estuvo oyendo las frases que le grabé el otro día y nos dijo que su acento es vasco, de España.

—¿Vasco? ¿No estamos en Venezuela? Creía que era de aquí.

—Pero que sea vasco no significa que no viva aquí. Por ahora no sabemos más nada. ¿Le dice algo saber eso, le trae algún recuerdo?

—Pues... no sé. Tal vez —me muerdo las uñas pensativo—, está claro que mi forma de hablar no es la misma que la de ustedes. ¿Han mirado si en los lugares dónde hablan vasco ha desaparecido alguien? Tengo que constar en algún sitio. Alguien debe conocerme.

—Eso está más pelúo [2] , todos los días se pierde alguien en el mundo, pero por ahora nadie con su cara.

Seguimos esperando que alguien pregunte por usted; a lo mejor vive solo o, su familia y amigos todavía no se han dado cuenta.

Al igual, la maleta donde lo consiguieron [3] no tenía etiqueta ni pasó por ningún aeropuerto, así que por ahí no tenemos cómo saber de dónde venía ni para dónde iba.

—¡Madre mía que locura! ¡Esto no es normal!, ¿verdad? Las personas no suele ir dentro de una maleta.

—No. Tenemos varias hipótesis. Una era que lo estuvieran usando de mula, pero eso quedó completamente descartado apenas lo revisaron bien —ahora pone cara de lástima—, la otra es que estuviera huyendo de alguien o de algo.

Eso sí, le aclaro que su cara no aparece en el sistema.

¿Ha recordado algo? ¿Un nombre, un color, un olor, una dirección?

—No. Tan solo me llamaron la atención las palabras «cuarta planta», no sé por qué; Ah y desde ayer tengo ganas de comer lomo con queso, de todas formas, eso no creo que signifique mucho.

—Bueno, algo es algo. Por lo menos ya sabemos que le gusta el lomo con queso —una sonrisa muy cordial de ánimo ilumina su rostro.

Este hombre en tan solo tres días se ha convertido en lo más parecido a un amigo.

Uno de los enfermeros también pasa gran parte del tiempo haciéndome bromas y distrayéndome para hacer los días más amenos e intentar que recuerde algo.

En este preciso momento, el comisario Carlos Gutiérrez y el enfermero José Gregorio Díaz son mis únicos… podría decir, «amigos».

* ​ ​ * ​ ​ *

Poco a poco recupero las fuerzas. Ya como sólido sin problema.

Me han explicado que «tengo un progreso en los parámetros bioquímicos y funcionales y los signos de mejoría son evidentes», un montón de palabras rebuscadas para decir que voy mejorando.

La reconstrucción del tejido y masa muscular es favorable.

Las costillas tuvieron que volver a rompérmelas para que se soldaran bien.

Si todo continúa a este ritmo, en un mes es posible que me den el alta para volver a mi vida.

«Mi vida, pero... ¿Qué vida?», no puedo dejar de pensar qué ocurrirá cuando salga.

No tengo nada ni conozco a nadie, al menos, que yo sepa o, mejor dicho, que yo recuerde.

Gutiérrez ha pasado mis huellas por los programas de la policía del país y en los registros de seguridad pública y hasta en documentación de la Europol.

También ha contactado con la Policía Nacional y la Guardia Civil de España, incluso con la Ertzaintza [4] ; espera respuestas en breve para poder decirme quién soy y que tengo casa, trabajo, familia...

aun así, también me ha comentado que no es un proceso rápido.

En este momento mi caso es bastante conocido y me llaman por el seudónimo de «el hombre sin nombre».

Se ha hablado de mi situación en varios medios de comunicación.

Una de las personas que más se ha movido para averiguar quién soy ha sido Díaz, mi enfermero.

Se ha dedicado a divulgar, en varios medios, mi existencia para ver si hay suerte y alguien me reclama.

Por ahora no hay cambios.

Me siento desolado y abrumado. No conozco la ciudad, ni reconozco a nadie, tan siquiera sé en qué barrio vivo.

Nada. Sigo sin recordar mi nombre, mi empleo...

eso sí, gracias a Díaz, he ido descubriendo que me gusta la música Rock, que me encanta el queso y que no me apetecen nada los refrescos con gas.

Esta noche Díaz ha traído cervezas. Es tarde y las enfermeras han pasado por todas las habitaciones para administrar los medicamentos.

Nos hemos encerrado en mi baño para tomarnos una bien fría.

Me he sentido como un adolescente probando por primera vez el alcohol.

Ha sido excitante y también revelador, estoy seguro de haberla bebido antes.

El resto de cosas que he ido recordando son tonterías, con todo y con eso, son mis tonterías, algo importante, porque es lo único que sé de mí, en este momento.

—«Sin nombre», vas a tener que buscarte un nombre para cuando te den el alta.

El que te han puesto no te sirve de nada.

¡Jajaja! ¿Por qué no te pones uno de una vez?

—Díaz hace todo lo posible para que me sienta bien y para quitarle importancia al hecho de no ser reclamado por nadie; cosa que significa que estoy muy solo y eso no es nada gratificante.

—Pues no sé. ¿Qué nombre me pega?, ¿de qué tengo cara? — intento disimular mi desconsuelo con una suave sonrisa.

—Coño [5] , no sé, eso tendrías que escogerlo tú mismo. Es para toda la vida. Jajaja, bueno, se supone. Tienes la oportunidad de llamarte como te dé la gana.

—Víctor.

—A ver, Víctor. Me gusta. Buenas noches Víctor. Ahora que nos conocemos quería hacerte una propuesta. No estás obligado a decir que sí, pero a mí me gustaría bastante que así fuera.

—¿Qué ocurre?¿Me vas a pedir en matrimonio? Jajaja.

—No, ¡jajaja! Nada más que te vengas a vivir conmigo, por lo menos hasta que sepas quién eres y qué vas a hacer.

Si te parece bien. Yo tengo un apartamento normalito en un barrio tranquilo, nada del otro mundo, pero sí hay un cuarto grande donde te puedes quedar el tiempo que haga falta y tener la privacidad que necesitas.

Igual yo me la paso el día en la Clínica.

Debes tener ganas de ir a mear tranquilo, sin que se te meta nadie al cuarto a preguntarte cómo estás o a tomarte la tensión.

—Está hablando en serio, espera una respuesta como el que espera que le escojan de compañero para hacer el gran trabajo del cole para exponer a la clase.

—Sí.

—¿Sí?

—Sí. No sé quién soy ni a dónde debo ir. Me parece bien aunque…no sé si volveré a recordar; no quisiera que eso ocurriera y que terminases cansado de aguantarme.

—Tranquilo, si eso pasa yo te aviso, ¡jajaja!

Le estrecho la mano con entusiasmo. Díaz me da la oportunidad de empezar sin penurias y en compañía. Tiene un lugar dónde puedo ir a vivir, al menos por el momento, y eso es mucho para mí. Este gesto nunca podré olvidarlo por mucho que me volvieran a meter en una maleta.

El dolor que oprimía mi pecho, estos últimos días, desaparece poco a poco.

La tranquilidad y la sensación de seguridad, son necesarios para mi recuperación.

Creo que a partir de hoy todo va a ir más deprisa.

Me siento menos pesado, aunque tengo que reconocer que también algo más nervioso.

Esperaba que el tiempo se detuviera y no tuviera que salir de aquí nunca, «absurdo pensamiento», pero todo es algo absurdo por ahora.

¿No crees? Sí, sí, a ti te lo digo lector. ¿Acaso conoces a muchos que hayan estado dentro de una maleta y no sepan quiénes son?  Si tu respuesta es «sí», dime, ¿cuánto va a durar esto?