Un tipo con poca suerte (Javier Ramiro 2) 1
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¿Dónde estoy?

¡Oh, qué dolor!, ¡mis brazos! No puedo mover las piernas, ¿qué pasa? Siento los párpados pesados. Hay mucha luz. La noto, y esa luz calienta mi rostro. ¿Puede ser el sol? Siento el algodón frío de las sábanas a través de mis palmas. Huele a desinfectante. Estoy cansado... muy cansado.

Oigo voces a lo lejos; al parecer, hay personas caminando de un lado para otro. Alguien se acerca, puedo escuchar sus pasos, es un calzado medio suelto del estilo de chanclas o zuecos. Roza mi antebrazo y acaricia muy suave la mano.

—¡El paciente ya se despertó, llamen al doctor!

Esas palabras, provocan un miedo en mí inmediato, pero a la vez me noto aliviado. Me he sentido muy solo durante un rato o, por lo menos, esa es mi percepción.

—¡Mándenle a hacer perfil renal y hepático y vayan montando la sala para un electroencefalograma, necesitamos ver la actividad cerebral!

Todos se encuentran nerviosos y excitados a mí alrededor, sin embargo, yo me siento agotado. Mi garganta está seca y me duele, tampoco salivo. Es como si me encontrara en el desierto.

—No se preocupe por nada. Está en buenas manos.

Se encuentra en el Hospital Clínicas Caracas.

Hace cuatro días que llegó con signos de deshidratación severa.

Ahora ya está mucho mejor. Vamos a tomarle la tensión y a hacerle algunos exámenes para verificar que todo está bien —la voz del hombre transmite entusiasmo.

—Doctor, ¿qué me pasa en las piernas?

—Por eso no se preocupe, ya verá como en unos días las vuelve a sentir.

Ha estado muy débil y lo consiguieron en unas condiciones bastante raras.

En lo que empiece a comer bien y a pararse al baño, va a ir recuperando la masa muscular y la movilidad.

Quédese tranquilo. En unos días estará caminando por los pasillos.

Poco a poco puedo ir abriendo los ojos. Alguien ha corrido las cortinas.

Mi mente vacila entre nieblas, tan solo sombras sin definir.

Tengo miedo, no conozco a nadie de los que me rodean, todo es muy frío y blanco.

Escucho un pitido marcar el ritmo de mi corazón y eso, en cierto modo, me reconforta. «Estoy vivo».

—¿Qué me están haciendo? —pregunto a la enfermera.

—Le estoy poniendo nutrición por la vía para que se recupere. Tranquilo, en un ratico le traemos agua. Tómesela, poco a poco, porque si toma de golpe, se me puede ahogar; el cuerpo también se le está despertando.

La mujer  me sonríe. Es de mediana edad, con pelo moreno y ojos oscuros. Su piel también es bastante morena y habla con una entonación musical que me transmite mucha tranquilidad.

A medida que pasa el rato y escucho atento lo que sucede cerca de mí, me doy cuenta de que todo el personal habla del mismo modo, pero a cada pregunta que hago, mi entonación es muy diferente.

Van y vienen como un grupo de gorriones, cogiendo y dejando sus migas de pan, aunque en este caso el pan soy yo.

Entra un enfermero y me toma la temperatura, al parecer estoy bien. Me pide que permanezca en silencio. Tampoco tengo mucho qué decir. Si lo pienso, no tengo nada de qué hablar... no sé... Es extraño, algo no encaja. Siento un vacío muy grande, sin embargo, desconozco la razón.

Termina de sacarme sangre y comprobar la tensión. Parece que estoy algo bajo, de todas formas dice que no me preocupe, que es normal. He estado unos doce días sin moverme.

—¿Doce? —pregunto— Creía que había dicho el doctor que eran cuatro.

—No estamos seguros, creemos que en total  son como doce días. Cuatro en la clínica y ocho antes de entrar.

El enfermero debe de tener unos treinta años. Es muy agradable. Él se encarga de mis cuidados. Me ofrece un vaso de agua, «tan solo dos sorbos», me mulle los almohadones y se marcha.

Pasa un buen rato cuando vuelven a entrar; en esta ocasión son dos enfermeros.

Me hacen levantar para ir al aseo. Quieren comprobar mi situación motriz.

Siento como si sostuviera una botella de butano con la cabeza.

Mis piernas son gelatina y mi estómago una montaña rusa.

Han de ayudarme para llegar hasta la puerta.

¿Por qué estoy tan débil? ¿Y si no me recupero?

El pánico se adueña de mí durante unos segundos, escasos, pero los justos para que pierda el equilibrio.

De vuelta a la cama me tapan. El corto trayecto me ha dejado agotado, pero dicen que más tarde habrá que hacer algunas pruebas.

* ​ ​ * ​ ​ *

He dormido, aunque no sé cuánto tiempo. Ya me siento mejor. Creo que he soñado, de todas formas no sabría decir con qué, tan solo me he despertado con una sensación de paz que me ha sorprendido.

Entran los enfermeros seguidos por un hombre con ropa de calle.

—¿Ya se despertó? Tengo que hacerle unas preguntas —me mira directo a los ojos.

—Ahorita no puede —contesta uno de los enfermeros—, nos están esperando para unos exámenes. Hable con el doctor Sandoval, él le dice.

El tipo sale del dormitorio sin decir nada más. Su rostro es muy serio a la vez que muestra entusiasmo. Es raro. No creo que lo conozca.

—¿Quién es ese hombre que quiere hablar conmigo? —les pregunto en cuanto estamos a una distancia prudencial.

—Es el comisario. Ha venido todos los días para ver si usted despertaba. Seguro quiere hablar con usted para saber qué le pasó y por qué estaba metido en una maleta.

—¡¿Qué?! ¿Qué estaba dentro de una maleta?, ¿qué me estás diciendo? ¿Cómo que estaba en una maleta?, ¿dónde?

—Bueno lo encontraron en el aeropuerto, pero eso es lo que no entendemos.

Usted se lo tendrá que explicar a la policía.

Ahorita no se preocupe, que aquí no estamos para interrogarlo, sino para cuidarlo y curarlo.

Quédese quieto y no se vaya a levantar, vamos a entrar al ascensor para  llevarlo a la cuarta planta.

«Cuarta planta», esas palabras resuenan en mi cabeza, es una frase que me resulta familiar; aun así, no puedo recordar el porqué. «Cuarta planta» me repito intentando rememorar.

Todo es muy confuso. No consigo recordar mi nombre, ni de dónde vengo, ni con quién he estado. Tampoco si tengo familia o amigos. Nada y, por supuesto, no tengo la menor idea de cómo he llegado a encontrarme dentro de una maleta.

* ​ ​ * ​ ​ *

Hace dos días que salí de mi letargo y a pesar de haber preguntado, a todo aquel que pasa por mi habitación, mi nombre, mi identidad es un enigma para todos.

Aparecí desprovisto de documentos, tan solo la ropa que llevaba puesta.

Ni reloj, ni billetera. Según me han contado, me encontraron en un cuarto de distribución dentro del aeropuerto.

Estaba dentro de una maleta muy grande. Cuando me trajeron mostraba signos de violencia tanto en el rostro como en el pecho y, a parte de las contusiones y la fuerte deshidratación, tengo tres costillas rotas.

Todos esperaban que, en cuanto despertase, pudiera informar del por qué me encontraba en esa situación tan desoladora, no obstante, todo es en vano.

Sigo sin recordar nada. Me siento bastante miserable; no sé quién querría meterme en una maleta.

Desde que desaparecí no me ha reclamado nadie, ni en el hospital ni en ninguna comisaría.