Capítulo 24 El Rey Sol, destituido #3
–Me dijo que, por mucho que atormentase yo a la condesa, nunca obtendría la propiedad que ansiaba sin su consentimiento…
y una buena suma de dinero. Por las preguntas ambiguas que me hacía a propósito de mis intereses, comprendí que Madame estaba convencida de que lo que me interesaba no era otra cosa que el puerto por motivos personales, hasta ese momento, yo no sabía que el puerto fuera tan valioso.
Por aquel entonces, desconocía que ella también tenía planes para el puerto, de una naturaleza mucho más destructiva y en favor de un cliente mucho más sanguinario.
No sabía nada de la verdadera causa de sus estratagemas y pensaba que simplemente deseaba chantajearme para hacerse con una cuantiosa cifra de dinero a cambio de darme su consentimiento para la venta.
Tras meditar acerca de sus condiciones, que eran de lo más ambiciosas, debía esperar por ella en Londres después de las vacaciones.
»Me marché de Scargrave al día siguiente y consulté a mi hermano, quien, a pesar de su apariencia vanidosa, es un hombre honrado y sensato, muy estimado en el Ministerio de Guerra; Bertie opinaba que debería acompañarlo a una misión que justo acababan de encomendarle: negociar con su homólogo francés los movimientos de la Armada francesa.
Mientras estuviésemos en ese país, yo, en cambio, debería descubrir todo lo posible acerca de los puertos de aguas profundas en las Indias Occidentales. Acepté.
»No llevaba mucho tiempo en el extranjero cuando comprendí por qué Madame se había enfrentado a mí con tanta cautela, por qué, en efecto, ese mismo puerto que entraba dentro de la propiedad era tan valioso.
Su propósito no era otro que traicionar a la Marina británica, y esperaba que le pagaran por ello dos veces.
Después de ofrecerme a mí el puerto, se lo ofrecería con la misma prontitud a Bonaparte, confiando en que la Armada francesa me disuadiera de seguir presionando.
Regresé apresurado a Inglaterra, decidido a coaccionarla hasta que delatara algo que pudiera incriminarla, y no tardó en aparecer en Wilborough House para descubrir qué decisión había tomado yo.
Demostraba una impaciencia que yo atribuía al miedo, si bien no entendía por qué se había vuelto tan ansiosa, ya que el juicio de su sobrina estaba a punto de cerrarse y las sospechas que yo tenía las disimulaba con cuidado.
Pero acabo de descubrir, gracias al señor Cranley, que usted misma, señorita Austen, ha propiciado toda su inquietud.
–Sospeché de ella demasiado tarde y no tenía ninguna prueba –admití.
–Y, de no ser porque la ha atacado a usted, seguiríamos sin tener pruebas –me dijo sir William.
Se oyó un ruido en la esquina y todos volvimos la mirada hacia la asesina. Se debatía con sus ataduras, fijando sus ojos relucientes en mi persona.
–¡Es usted una entremetida! –exclamó–. ¡De no ser por usted, lo habría conseguido!
Pero tenga por seguro, señorita Austen, que no me arrepiento de nada de lo que he hecho, excepto de no haber tomado la precaución de deshacerme de usted antes.
–Desvió la mirada hacia sir William y esbozó una cruel sonrisa–.
Usted se cree muy listo, viejo, por haberme atrapado, pero los dos sabemos quién es la más lista.
Fui yo quien encargó a la doncella que envenenara al conde y, después, quien le rajó el cuello para cerciorarme de que guardara silencio, y usted se dejó engatusar por mis trampas, el pañuelo, la nota con la caligrafía de Payne, y acusó a otros de mis crímenes.
–Madame soltó una aguda carcajada–. ¡Cuánto me regocijé yo, a solas en mi cuarto esa noche!
Fueron unos ilusos; todos ustedes. Me han descubierto por un mero accidente.
Que al final haya fracasado no cambia nada: en asuntos importantes, que uno gane o pierda es cuestión de suerte.
–Eso le habrá enseñado su benefactor, Bonaparte, sin duda alguna –dijo sir William con frialdad–, pues sabía que, al final, sería usted, Madame, la que acabaría ahorcada, mientras que él podrá probar suerte de nuevo otro día.
–Se volvió hacia mí y me dio unas palmadas en la mano, recuperando parte de la calidez de sus ancianos ojos marrones–.
Las palabras de lord Harold nos han permitido acusar a esta dama de traición, mi querida Jane, pero no serían suficientes para resolver el misterio de Scargrave Manor.
Para eso, la hemos necesitado a usted. Lo único que lamento es que haya tenido que enfrentarse a tantos peligros para conseguir la libertad de su condesa.
Yo no sabía qué decir, de modo que busqué consuelo en la principal de mis preocupaciones.
–¿Soltarán a Isobel? –inquirí, pasando la mirada de un hombre a otro.
–Mañana mismo –me aseguró sir William–, junto con Payne.
Me sobrevino una exquisita sensación de júbilo y cerré los ojos unos instantes, pero, de pronto, miré al señor Cranley.
–¡Pobre de usted! –exclamé–. ¡Le han privado de su momento de gloria en la Cámara de los Lores!
–También podría haber supuesto la ruina de mi carrera –dijo el valeroso abogado, no sin sarcasmo–, pues, desde luego, yo no podía defenderlos.