Jane Austen y el incómodo incidente en Scargrave Manor Capítulo 24 El Rey Sol, destituido #2
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Capítulo 24 El Rey Sol, destituido #2

–No lo entiendo –dije; notaba la voz rara–. Si lord Harold resulta ser un amigo, ¿por qué se ha esforzado tanto por mandar a la condesa a la horca? ¿Por qué se ha atrevido incluso a mentir, con toda la desfachatez posible, ante el tribunal de la Galería Real?

El señor Cranley miró, por encima de la altura de mi cabeza, a sir William, y sir William a lord Harold.

–Habrá que contárselo, milord –dijo el magistrado, de modo que el hombre al que yo consideraba un canalla acercó una silla a mi cama.

–Mi querida señorita Austen –empezó a decir Harold Trowbridge–, una vez le dije que yo era un ángel oscuro y usted, uno de luz. Pero habría sido más acertado decir que los dos empleábamos nuestro ingenio para fines similares, con la diferencia de que yo pretendía engañar y usted, iluminar.

Me reincorporé sobre los codos para protestar:

–¿Ahora alega no tener interés alguno en la propiedad de la condesa? ¿O en la muerte prematura de su marido?

–En cuanto a su propiedad, mi interés sigue rayando en la desesperación, como siempre –contestó, y sus ojos de gruesos párpados brillaron de diversión–, pero por motivos que no tardarán en salir a la luz.

En lo que al difunto conde se refiere, hacía muchos años que pensaba en Frederick como en un buen amigo.

Yo no maté a lord Scargrave, señorita Austen; de hecho, preferiría acabar con mi propia vida antes.

Pues era el conde quien guiaba todos y cada uno de mis movimientos.

Confieso que esta última revelación me confundió los sentidos.

–Debe explicarse con mayor claridad, lord Harold.

Soltó un hondo suspiro, delatando por primera vez una emoción que no fuera la languidez, y fijó los ojos en los míos.

–Un segundogénito, incluso el segundogénito de un duque, debe tener una profesión, señorita Austen, y yo he escogido lo que los franceses llaman espionage .

–Es un espía –dije en un hilo de voz.

–Sí, si quiere llamarlo así. Estoy a las órdenes de aquellos cuya sagrada reputación me impide mencionar sus nombres; algunas temporadas sirvo a la Corona, y voy siempre ahí donde la ley no puede o no se atreve a ir.

Trowbridge hizo una breve pausa para reflexionar, como si estuviera escogiendo las palabras adecuadas para sus interlocutores.

–Estos últimos meses, durante casi un año, en realidad, he estado al servicio del conde –prosiguió entonces–, con el objetivo de descubrir las verdaderas causas de los problemas financieros de su esposa.

Frederick, lord Scargrave, era amigo desde hacía tiempo del padre de esta, John Collins, y, después de que muriera este último caballero, recibió una carta sellada de parte de sus asesores legales, en la que le rogaban que cuidase de la única hija de John Collins.

Isobel se reunió con el conde nada más llegar a Inglaterra; su belleza lo fascinó al instante, y su deber para con su viejo amigo no tardó en convertirse en el anhelo de un hombre enamorado.

»En muy poco tiempo, se enteró de los problemas financieros de Isobel; con la inocencia propia de quien no entiende de negocios, ella le dijo muchas cosas que le hicieron sospechar.

Frederick creía que había sido víctima de un engaño por parte de su propia familia, pero no podía concretar cómo había sucedido, y puedo confirmar con total franqueza que incluso temía por la vida de ella y deseó protegerla ofreciéndole su mano y su vida para defender su causa.

El difunto conde no entendía que, de esta manera, él se convertiría en la principal amenaza de los enemigos de su esposa, aunque yo así se lo di a entender en varias ocasiones; Frederick poseía gran fuerza y tenacidad e, iluso de él, creía que sería imposible que alguien le hiciera daño.

»Siguiendo las órdenes del conde y valiéndome de sus recursos, compré la deuda de Crosswinds, que por aquel entonces estaba en manos de varias personas en el continente, y me presenté ante la condesa como su principal acreedor, presionándola para que transfiriera la propiedad a mi nombre y, así, sacarla del apuro.

Con todo esto el conde tenía la esperanza de que sus verdaderos enemigos salieran a la luz y sus planes quedaran en evidencia, y, para mi disgusto, así fue.

Me mandó llamar a Scargrave la noche del baile; me insinué con descaro a la condesa, de tal forma que su familia y amigos me oyesen, y, esa misma noche, asesinaron vilmente a su principal protector.

–¿Acaso es posible que todo esto sea cierto? –dije, volviéndome hacia sir William, y mi viejo amigo me respondió con una sola mirada.

–Es posible y lo es –dijo, sombrío–. Lord Harold tiene documentos en su posesión firmados por el conde en los que se confirman sus propósitos y los recursos puestos a su disposición para tal fin; además, conserva todos los pagarés de la deuda de Barbados, de la que ahora la condesa, por suerte, se ha librado.

–De estos asuntos, entre otros, conversamos en mis aposentos esta misma noche –dijo el señor Cranley.

–Volví de Francia hace unos pocos días y, por tanto, no pude detener el juicio de la Galería Real –explicó lord Harold–.

Pero me sentí en la necesidad de explicar mis palabras ambiguas ante el estrado esta misma tarde.

No podía, ni aun prestando juramento, delatar el delicado plan para atrapar a Madame Delahoussaye en la trampa que ella misma había tendido; por otro lado, tampoco podía condenar injustamente a la condesa y a lord Scargrave a la horca.

–Con sus finos labios esbozó una insólita sonrisa–.

Me ha metido en un callejón sin salida, señorita Austen, pero no esperaba menos de usted. Es, desde luego, una digna adversaria.

Yo todavía no había perdonado a este hombre.

–Habría preferido que fuéramos aliados, milord –le dije con aspereza, tocándome con los dedos el cuello malherido–. ¿Acaso era imposible?

–Sin exponerla a usted a un peligro extremo, como del que se acaba de librar, sí –respondió, mirando a Madame.

Esta dama, a estas alturas, poseía un aspecto ridículo, a pesar de sus manos asesinas; tenía el vestido rasgado, se le había caído la peluca y en torno a la cara se mecía una miríada de telarañas de imitación. En sus ojos, no obstante, yo seguía vislumbrando su maldad innata.

Incluso Harold Trowbridge se puso serio con una sola mirada en dirección a Madame. Entonces, retomó su narración con un alivio evidente:

–Permanecí en Scargrave el tiempo suficiente para constatar que la principal interesada en Crosswinds era Madame Delahoussaye, y, tratándose de su única fideicomisaria, no es de extrañar.

Así y todo, carecía de pruebas para demostrar su malicia, hasta el día antes de marcharme, cuando presioné a la condesa para que firmara un documento sin valor; un último truco de mal gusto con el que retirarme.

Pues había cumplido mi verdadero propósito la velada anterior, cuando Madame me hizo una escandalosa propuesta.

Se oyó un carraspeo procedente del rincón y, desbordando un intenso veneno, la mujer maniatada escupió. Un cúmulo de flema aterrizó en el suelo a pocos pasos de lord Harold; con infinita gracia e ironía, lo deshizo con la bota.