Capítulo 24 El Rey Sol, destituido
El Rey Sol, destituido
Mi mente se ha sumido en un profundo desconcierto, pues ahora sé por qué hubo que matar a lord Scargrave, por qué hubo que sacrificar a Isobel y a Fitzroy: para cometer un acto de alta traición.
Es imposible que lord Harold actúe en nombre de su majestad; es un charlatán, dispuesto a venderse a la primera de cambio al mejor postor.
No, Trowbridge tiene que estar a las órdenes de Bonaparte en persona y pretende traicionar Barbados –así como la Marina de Inglaterra– con la voluntariosa ayuda de Madame Delahoussaye.
Frank dijo que los franceses podrían zarpar de Martinica, la isla de donde salió la consorte de Bonaparte, Josefina.
Los Delahoussaye fueron, en otros tiempos, una poderosa familia de esa misma colonia francesa, y pocos motivos tenía yo para dudar que Madame siguiera inclinándose por Francia, por muy inglesa que sea su frívola hija.
Esta había conspirado para arrebatarle Crosswinds a Isobel, infestando la propiedad de graves deudas, desviando los ingresos del patrimonio a su propio bolsillo y, por último –cuando la boda de Isobel prometía salvarla de la ruina financiera–, cometiendo un asesinato.
La propia doncella Marguerite era una criolla de orígenes franceses y había terminado al servicio de Isobel por mediación de la familia de Madame, para que espiara a su sobrina.
Huelga decir que la criada le debía su lealtad a ella más que a su señora, y le habían pagado bien por sus servicios.
Marguerite resultó de utilidad para colocar el veneno en el plato del conde y, luego, acudió diligentemente a su cita con la muerte.
Recordé la prontitud con la que Madame asumió las tareas de la señora de la casa en Scargrave House, que desterró al señor Hodges e incluso a Danson de la biblioteca del conde y que insistió en ordenar todos los documentos ella sola.
Como no podía ser de otra manera, había visto la nueva carta del conde a Hezekiah Mayhew, en la que informaba a su asesor legal del triunfo de lord Harold en detrimento de Isobel.
Temiendo que la verdad saliera a la luz, Madame se había llevado la hoja de papel, sin darse cuenta, si acaso, absorta como estaba en tapar sus mentiras, de que no era más que un borrador y de que la versión final ya había sido enviada.
Luego, había aprovechado la oportunidad de deshacerse del entremetido de Fitzroy colocando un fragmento de su carta en el corsé de la doncella después de la muerte de esta y retirando la nota que la propia Madame le había escrito para concertar la cita fatal.
Por si acaso, había dejado el pañuelo de Isobel junto a la entrada del recinto de los caballos.
Para entonces, no era necesario que lord Harold siguiera en Scargrave o en el país siquiera; su aliada se las arreglaría a solas en su ausencia. Lo más oportuno sería informar a Bonaparte de que el puerto estaba en su poder y recibir de su parte el pago por una traición como esta.
Busqué pluma y papel y garabateé una nota para el señor Cranley; acto seguido, me puse la bata, me precipité a bajar las escaleras y envié a un criado a entregar el mensaje al alojamiento del abogado.
Ahora solo me quedaba esperar.
No habría conciliado el sueño con facilidad de todos modos, pero esta noche el estruendo de los latidos de mi corazón y de mi respiración acelerada parecía agrandar los ruidos de la antigua morada; trataba de no moverme siquiera, acurrucada como estaba en mi elegante cama, por si el leve roce de las sábanas delataba que estaba al tanto de que la atroz Madame era culpable.
Si hubiera podido beber una poción y hacerme invisible, me la habría tomado de un solo trago, pero no me quedaba más remedio que soportar el riesgo absoluto al que se exponen aquellos que saben demasiado.
Así y todo, la oscuridad más absoluta, rodeada como estaba por gruesas cortinas de seda, me resultaba insoportable, de modo que abrí las cortinas del dosel y encendí la única vela que tenía, afinando el oído para oír el sonido de un carruaje en la noche.
Las campanas de Westminster dieron doce toques, rompiendo el silencio; era la hora de las brujas.
Y fue entonces cuando lo oí: el sonido amortiguado de unos tacones altos arrastrándose lentamente por el pasillo.
Todos y cada uno de los nervios de mi ser se paralizaron por completo, como si el viento de enero se hubiera colado en mi cuarto y yo hubiera perdido la capacidad de moverme.
No era la primera vez que oía este sonido.
Los fantasmas, pues, ¿acaso podían cambiar de casa?
¿Tenía el primer conde el mismo derecho de manifestarse en la ciudad que en el campo?
¿O acaso Tom Hearst había salido de su tumba anónima, a pesar de la estaca que le atravesaba el corazón, para exigir otro beso a la luz de la luna?
La llama de la vela parpadeó dos veces delante de mis ojos; detrás, en la penumbra, vislumbré el picaporte de mi puerta, que se movía lentamente.
Una mano espectral estaba a punto de abrirla de par en par y yo debería chillar, pero el miedo me oprimía por completo la garganta y solo me salió un grito ahogado.
La oscuridad se fracturó contra la jamba, dilatándose inexorablemente conforme la puerta se abría hacia dentro con un crujido…
y el espectro del primer conde quedó ante mí, con todo el esplendor del Rey Sol, con sus gloriosos ropajes llenos de polvo y desgastados por el paso de los años, con telarañas colgando de sus rizos y de las puntas de sus dedos llenos de anillos.
Pero las telarañas estaban hechas de hilos grises y el conde no era ni un hombre ni un fantasma: recordé la visita del espectro a los aposentos de Fitzroy Payne en Scargrave Manor, hacía tantas semanas, y supe de pronto quién había colocado los incriminatorios piñones de tempate en la funda de la pistola.
–Madame –susurré, contemplando el fulgor de la llama de la vela reflejado en sus ojos, y me respondió con una espeluznante sonrisa.
Rauda como un gato, saltó hasta mi cama, cerrando la puerta tras de sí, y me rodeó el cuello dos veces con un pañuelo de seda.
Aunque agarré la tela con los dedos y traté de oponer resistencia, la ira violenta que la embargaba le insuflaba fuerzas.
Estaba dispuesta a arrebatarme la vida; tenía que resistir.
Unos puntos de luz, como flores que brotaban de pronto, inundaban mi visión, aunque cada vez me hundiera más en la oscuridad; con dedos desesperados trataba de arañar los suyos, provocándole cortes de sangre, pero las dos guardábamos silencio, excepto por mi respiración entrecortada y sus gruñidos animales fruto del esfuerzo.
Presas de una intensidad mortal, éramos incapaces de suplicar o cantar victoria.
Empecé a balancearme, sentada como estaba y hundida en el colchón de plumas cuando más necesitaba un apoyo firme, y ella se aprovechó de mi momento de debilidad para tumbarme bocarriba, subiendo la rodilla para clavármela en el pecho con crueldad.
Yo no podía moverla y la ventaja que le otorgaba su postura acabaría conmigo en muy poco tiempo.
Recé como nunca había rezado –una única frase: «Señor mío, Señor mío, Señor mío»–, incluso cuando noté que comenzaban a fallarme las fuerzas.
Como si me encontrara muy lejos, veía la silueta de su ropa, tan refinada como grotesca, reflejada en las sombras de la pared a causa de la vela y me invadió el deseo absurdo de echarme a reír, pero no emití más que un patético sollozo.
Con una brusquedad acentuada por el hondo silencio de nuestra batalla mortal, la puerta se abrió de par en par y la silueta de un hombre se perfiló de pronto contra el pasillo a oscuras.
¡El señor Cranley!, pensé yo, esperanzada…
, pero, entonces, comprendí que toda esperanza era vana.
Pues no era otro que Harold Trowbridge, con su maligno perfil y con sus ojos entornados, y supe, con una certeza afianzada por la desesperación, que había venido a terminar lo que había empezado Madame.
La habitación comenzó a dar vueltas, me faltaba el aire; una oscuridad palpitante se apoderó de mí, implacable.
–Señorita Austen –me repetía una dulce voz al oído–, ¡señorita Austen!
Cuando abrí los ojos, parpadeando, me encontré con la mirada seria del señor Cranley fija en mí.
Me reincorporé con brusquedad, tras haber recuperado la consciencia; vi que Madame Delahoussaye estaba atada a una silla y que me observaba con malicia, y yo habría salido de la cama, desesperada como estaba por liberarme de su presencia, de no ser porque el abogado me retuvo.
–Trate de no hablar –me aconsejó el señor Cranley–; me temo que tiene la garganta muy lastimada.
–Ha venido –grazné, devolviéndole la mirada con alivio.
–Pruebe a darle un poco de brandi –dijo una voz henchida de la preocupación; supe con júbilo que se trataba de sir William Reynolds.
El señor Cranley me reincorporó con un brazo y se dio la vuelta para coger la petaca que le tendía una mano…, una mano que pertenecía nada más ni nada menos que a lord Harold Trowbridge. Aparté el brandi y me eché hacia atrás, atragantándome y balbuceando.
–¡Asesino! –grité–. ¡Este hombre quería matarme! ¡Está compinchado con Madame!
–Lord Harold fue su salvación, Jane –dijo sir William con dulzura, al tiempo que se acercaba a mí apresuradamente–. Detuvo a esta mujer sin más dilación. Me temo que nosotros, en cambio, habríamos llegado demasiado tarde.
–Trowbridge estaba en mis aposentos, proporcionándome información de la que usted debería enterarse, cuando recibí su misiva –me explicó el señor Cranley–.
Comprendió al instante el peligro en el que se encontraba usted y vino corriendo mientras yo iba a buscar a sir William.
Nos pareció lo más oportuno que un hombre del Tribunal Superior del Rey estuviera presente en el momento de la confesión de Madame…
, si es que llegábamos a tiempo de sorprenderla en otro intento de asesinato.