Jane Austen y el incómodo incidente en Scargrave Manor Capítulo 23 Una batalla letal de voluntades #4
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Capítulo 23 Una batalla letal de voluntades #4

–Que no tenía usted derecho de involucrar a un hombre como él en este asunto –declaró Madame Delahoussaye– y que su imprudencia rebasa con creces su posición social, jovencita.

Se puso en pie con rapidez, como si fuera a marcharse.

–Pero lord Harold está involucrado de verdad –dije, fingiendo que estaba confundida.

–Porque así lo ha querido usted.

Madame atravesó la sala de estar y colocó la mano en el picaporte de la puerta. Yo me recosté en mi asiento y contemplé toda aquella premura con diversión.

–Me pregunto por qué defiende de esta manera a un hombre sobre el que asegura no saber nada, Madame.

Giró la cabeza con la misma rapidez que una víbora.

–Yo no defiendo a lord Harold, señorita Austen, sino a mi querida Isobel, y mucho me temo que sus amigos se han convertido en sus peores enemigos.

Solté una risa cargada de desdén.

–Me alegro de oír que ahora su objetivo es proteger a la condesa.

–Es la mayor preocupación de mi corazón –respondió con frialdad, y volvió a agarrar el pomo.

Yo perforé con rapidez el trozo de tela con la aguja.

–¿Ha sido por el bien de ella y solo ella, pues, por lo que visitó a lord Harold en Wilborough House hace unos pocos días?

Soltó los dedos del picaporte como si de pronto hubiera perdido la sensibilidad en la mano.

–Yo no he hecho tal cosa. ¿Por qué querría ver a ese hombre?

–Eso mismo me pregunté yo. Siempre se ha declarado enemiga suya.

De modo que, cuando mi hermana Eliza me comentó que se había reunido usted con él (es, como sabrá, amiga de la duquesa), me sentí muy intrigada.

Pero, como usted dice que no le ha hecho una visita, mi hermana debió de equivocarse.

Estoy convencida de que la tarjeta que vio era de… alguna otra Madame Delahoussaye.

Madame no se dignó a ofrecerme una respuesta, sino que inspiró hondo con la respiración entrecortada y, por un instante, pensé que se acercaría hasta donde estaba sentada yo y que me agarraría del cuello con ambas manos.

Pero su compostura fue digna de admiración; se limitó a asentir con rigidez y se marchó de la estancia.

Me gustaba muy poco como para importarme la opinión que tuviera de mí; tan solo deseaba asustarla para dejarla en evidencia y me quedé muy satisfecha con el efecto que habían tenido mis preguntas.

No había tenido ni un solo momento para descansar en todo el día; ni siquiera me había retirado a mi cuarto para cambiarme de ropa antes de la cena, pues el intervalo de tiempo entre la marcha del señor Cranley y el toque de campanas había sido muy breve.

De modo que subí las escaleras después de que se marchara Madame Delahoussaye con una desgarradora sensación de cansancio, así como temor por lo que se avecinaba en el día de mañana y por la función que tendría que desempeñar yo, y me percaté, con gran alegría, de que había una carta de mi hermano Frank a la espera de que mis ansiosos ojos la leyeran.

8 de enero de 1803

Ramsgate

Mi queridísima Jane:

Tu carta llegó con el correo de la mañana y me alegré tanto de recibirla que poco me importó lo breve e ininteligible que fue en la primera lectura.

Cuando comprendí, no obstante, que tu único interés residía en la naturaleza de los puertos de aguas profundas de las colonias (sin rastro de tu vivacidad o estilo de escritura acostumbrados y sin molestarte en preguntar por la salud y la felicidad de tu hermano), me convencí de que debías de haber caído enferma.

Casi había tomado la decisión de solicitar un permiso e ir corriendo a Londres, para acompañarte en tu lecho de muerte, pero entonces leí la misiva una vez más.

Sea cual sea el motivo por el que me has solicitado esta información, hay en ello cierta urgencia innegable, de modo que dejaré a un lado las bromas y te responderé sin más preámbulos.

Piensas que lord Harold Trowbridge desea comprar el puerto por alguna razón perversa y que la mujer que todavía lo tiene en su poder tan solo pretende saldar la deuda de la propiedad sin cuestionarse los motivos por los que él está interesado en la compra.

Que Trowbridge haya viajado a Francia posee particular relevancia, pues me he enterado –y esto debe quedar entre tú y yo, Jane– de que podría librarse una batalla naval en las mismísimas aguas sobre las que me escribes, si es que las fuerzas de Bonaparte zarpan de Martinica y nuestra flota, de los puertos de Barbados.

Si Trowbridge también está al tanto –y, puesto que tiene acceso a los círculos más elevados, es del todo posible–, puede que esté tramando algún plan en nombre del Gobierno de su majestad, en cuyo caso el puerto de esta mujer resultaría esencial.

No puedo decir nada más, pero tú sabes, Jane, que la tregua entre Bonaparte y nuestro rey no fue más que una pausa para recuperar el aliento.

Estallará la guerra y en varios frentes, me temo; el de Córcega está dispuesto a desafiar el derecho de nuestra Marina a controlar los mares. No debemos fallar.

Escríbeme de nuevo cuando tengas en la mente otra cosa que no sean estrategias militares. En todo caso, sabes que, como siempre, tienes el amor de tu más querido hermano.

F RANK