Jane Austen y el incómodo incidente en Scargrave Manor Capítulo 23 Una batalla letal de voluntades #3
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Capítulo 23 Una batalla letal de voluntades #3

Se levantó un murmullo entre la asamblea y sir William se detuvo delante de lord Harold; paró el interrogatorio.

Fitzroy Payne, a su vez, se reincorporó de un salto, atendiendo solícito a la angustiada condesa, y esto tampoco pasaría desapercibido entre los nobles reunidos.

El secretario lo detuvo y asistieron a Isobel; le frotaron las muñecas y le administraron sales aromáticas, y ella no tardó en abrir los ojos, pero tenía un aspecto tan indispuesto que el gran senescal ordenó que se la llevaran de la sala y que se suspendiera la sesión.

–¿Qué se traerá él entre manos? –le pregunté al señor Cranley, y no era la primera vez, mientras caminaba de aquí para allá por delante de la chimenea de la sala de estar de Scargrave House.

Nos encontrábamos a solas y aguardábamos con poco apetito a que pasasen las pocas horas que faltaban para la cena.

Fanny Delahoussaye parecía muy fatigada tras su desfile en la Cámara de los Lores y había subido a la planta de arriba con el fin de descansar, para descontento del señor Cranley.

Madame no tenía motivos para buscar mi compañía; si acaso, la evitaba, debido a nuestro encontronazo hacía unos días.

Pero yo no disponía de tiempo para preocuparme por la sensibilidad de las Delahoussaye–.

Trowbridge ha mentido conscientemente ante el tribunal –le dije al abogado–, ¡y deberían acusarlo de perjurio!

Mi tono de voz delataba la indignación que sentía, que no era poca. Huelga decir que me consideraba responsable de la comparecencia del canalla, y la culpa y el remordimiento que me invadían no hacían sino incrementar mi deseo de borrar esa sonrisa de la insolente cara de Trowbridge.

–Pero ¿cómo podemos demostrar que es culpable de perjurio?

–razonó el señor Cranley–. Lo único que tenemos es la palabra de la condesa, que afirma que su marido estaba enfrentado con lord Harold.

Trowbridge esto lo sabe y no teme que descubran su engaño.

Puede decir lo que le plazca; la condesa se limitará a mirarlo y desmayarse.

–No hay hombre más despreciable que él –respondí con rencor, y me desplomé sobre una silla con menos elegancia de la acostumbrada–.

Después de deshacerse del marido de Isobel, el único que la protegía, ¡Trowbridge pretende llevarla a la horca para apoderarse de esa propiedad a la que no tendría acceso con ningún otro método!

–Pero todavía debe conseguir el consentimiento de Madame –señaló el señor Cranley–, aunque quizá la mate a ella también.

–No creo que vaya a ser necesario: tras la muerte de Isobel, la propiedad pasará a estar en manos de Fanny y, como única fideicomisaria, Madame se la dará a lord Harold si así lo desea. Se librará de esta carga legal y no volverá a pensar en Crosswinds.

–Pero ella tiene que saber que las intenciones del difunto conde no eran las que ha insinuado Trowbridge –reflexionó el señor Cranley–. Quizá la llame al estrado cuando llegue mi turno en el juicio para que declare que el conde se oponía a las estratagemas de este.

–Entonces, sería usted el que nos pondría en peligro –le dije–.

No podemos saber si Madame se ha aliado con lord Harold o no.

Desde luego, ha ido de visita a Wilborough House.

Tal vez él ya haya obtenido su consentimiento y, por miedo a enemistarse con su socio de negocios, ella niegue públicamente que conociese la opinión del difunto conde.

–Me temo que tiene usted razón –concedió el señor Cranley, al tiempo que se levantaba con un hondo suspiro–, y, ahora, señorita Austen, he de dejarla. Falta poco para mañana y se nos avecina un día complicado; me prepararé hasta bien entrada la noche, por si me llaman para que presente la defensa.

El rostro del abogado estaba exhausto y, en su expresión, detecté una pequeña parte de la desazón que me embargaba a mí.

–¿Hay alguna esperanza? –Me falló la voz.

Él vaciló, con la mirada fija en mi semblante.

–La esperanza es lo último que se pierde. Si no creyera esto último, habría abandonado la tribuna hace mucho tiempo.

–No me engañe, señor Cranley; no soy una niña.

–De acuerdo –contestó–. Son pocas las esperanzas, señorita Austen, pero eso, si cabe, es un buen motivo para no cejar en nuestro empeño.

Fue una velada lamentable en la plaza Portman.

Cené en compañía del señor George Hearst –que se ha sumido más hondo en su melancolía desde el suicidio de su hermano– y de las Delahoussaye.

Todos guardábamos silencio salvo Fanny, que había oído que la admiraban desde su asiento en la galería y era incapaz de contenerse, puesto que el autor de tales cumplidos no era otro que un marqués, y la ilusa joven valoraba su opinión acorde con su rango.

Si al día siguiente un duque o dos se dignaban a mirarla, me iría a cenar a mi habitación.

Cuando dejamos al señor Hearst en compañía del oporto y de un solitario cigarrillo y nos dirigimos, como competía a unas damas, a la sala de estar para tomar un poco de té, Fanny anunció que se sentía levemente indispuesta –lo cual podría ser cierto, teniendo en cuenta la condición en la que yo sabía que se encontraba– y se marchó alegre a su cuarto; las visiones de nobles con trajes adornados de piel de armiño, sin duda alguna, la guiaron hasta la cama.

Yo me senté para dedicarme a la labor y ordenar con mayor acierto mis pensamientos, pues durante la cena había tomado una peligrosa decisión y no tendría mejor oportunidad que esa para llevarla a término.

–Madame –dije.

La interpelada alzó la mirada del libro con una frialdad tal que haría vacilar a cualquiera.

–¿Sí, señorita Austen?

–¿Qué opinión le merece lo acontecido en el día de hoy?

Madame Delahoussaye frunció los labios y volvió a centrarse en el libro.

–No creo que yo pueda decir mucho al respecto.

–Es una lástima –respondí–, pues tenía la esperanza de que usted pudiera explicar el comportamiento extraordinario de lord Harold.

–¿Qué sabré yo de lord Harold que no sepa usted? A juzgar por su sorprendente intervención en el estrado de los testigos, diría que es íntima de ese hombre desde al menos varios meses.

–¿Qué me está intentando decir, Madame?

Cerró el tomo de un golpe seco.