Jane Austen y el incómodo incidente en Scargrave Manor Capítulo 23 Una batalla letal de voluntades #2
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Capítulo 23 Una batalla letal de voluntades #2

–¿Y cómo era el estado de ánimo de la condesa durante la velada en cuestión?

Vacilé y miré a Isobel. Con las manos se aferraba dolorosamente a la barandilla del banquillo de los acusados y apartaba con determinación el rostro de Fitzroy Payne.

No había en esta sala mayor imagen de dignidad, como tampoco había una que me rompiese tanto el corazón.

Aun así, el semblante de mi amiga era de una palidez extrema y temía que pudiera desmayarse.

–La condesa estaba muy animada –le dije a sir William–, como es de esperar de una joven esposa: inauguró el baile con su marido, degustó la comida que le servían y desfiló entre sus invitados para que estos le transmitiesen sus mejores deseos.

Nunca había visto a la condesa en un estado tan bueno de salud ni tan hermosa…

–vacilé unos instantes, haciendo acopio de valor, y miré a sir William directamente a la cara–, hasta que lord Harold Trowbridge apareció y estropeó su diversión.

Sir William se sobresaltó y entornó los ojos.

–Por favor, limítese a responder a lo que se le pregunte, señorita Austen –me dijo.

–Eso he hecho, señor –protesté–. Me ha preguntado acerca del estado de ánimo de la condesa; le digo que no es posible describir de manera acertada su declive cuando se encontró con lord Harold, un declive tan severo, en efecto, que se vio obligada a abandonar la sala durante un rato, a no ser que uno sepa lo levantado que estaba su ánimo al comienzo de la velada.

Un caballero bajo con la cara colorada que lucía una toga de seda con cuatro barras de piel de armiño en el hombro –el distintivo de un duque– se puso en pie de un brinco en el banco de los nobles y espetó, colérico:

–Maldición, Reynolds, ¡tenga cuidado con lo que dice la mujer! ¡No pienso permitir que critiquen a Harry delante de toda la galería!

El mismísimo duque de Wilborough, el pobre Bertie.

Mis palabras, al fin, habían alterado al hermano de Trowbridge.

Desplacé la mirada por las filas de la galería del público y encontré al que buscaba: Trowbridge en persona; su rostro oscuro y afilado permanecía sereno y sus ojos impenetrables, fijos en mi persona.

Me envaré y desvié la mirada, consternada por las posibles repercusiones de mis actos.

Pero la vida de Isobel estaba en juego y, si debía instigar una revuelta en la Cámara de los Lores para liberarla, lo haría sin que me temblara el pulso.

El gran senescal impuso el orden en la sala, dedicándome, ceñudo, una mirada colérica; entonces, le ordenó a sir William que me hiciera más preguntas a propósito de lord Harold Trowbridge.

Sir William torció las comisuras de los labios en una breve sonrisa; por un instante, al parecer, celebraba mi arranque de valentía.

–Señorita Austen, ¿presenció usted el encuentro entre lord Harold y lady Scargrave?

–Así es.

–¿Y qué fue lo que le llamó la atención?

–Lord Harold apremiaba con cierta urgencia a la condesa en un asunto de negocios e hizo oídos sordos cuando ella le rogó que esperara hasta el día siguiente. Entonces, lo convocaron en la biblioteca del conde y ella pudo librarse de él, pero el episodio perjudicó gravemente su compostura.

–Después de que se marchara lord Harold, ¿hizo la condesa algún comentario a propósito de la escena?

–Así es. Dijo que lord Harold la había perseguido hasta el fin del mundo y que nunca se libraría de él.

–Más quejas entre el banco de los nobles; no les hice caso–.

Después de la muerte del conde, presa de un profundo desánimo, la condesa me lo contó todo: sin el conde, estaría más indefensa frente a lord Harold, de modo que la pérdida de su marido, como no podía ser de otra manera, fue un duro golpe.

–Señorita Austen –me dijo sir William a modo de advertencia–, le ruego que se limite a los hechos y que deje los juicios de valor en manos de la asamblea.

–Sí, sir William.

Mi viejo amigo se volvió hacia el gran senescal.

–Quisiera solicitar una pausa, milord, y pedir que llamen a lord Harold Trowbridge, para traerlo en calidad de testigo ante el estrado. Lo más oportuno será conocer su versión de los hechos en lo referente a su historia con la condesa, mejor que la de la señorita Austen.

–Así será –anunció el gran senescal, dando un golpe con el mazo.

Me dieron permiso para bajar. Sir William había sido incapaz de mencionar ninguna de las cuestiones por las que había solicitado mi testimonio: el hallazgo del pañuelo de Isobel, el cadáver de la doncella o, en efecto, el trozo de papel escrito por Fitzroy Payne de su puño y letra.

–Se ha arriesgado usted mucho, señorita Austen –me dijo el señor Cranley con seriedad, mientras me ofrecía una taza de té en la antecámara de los testigos–, pues desconocemos qué es lo que dirá lord Harold Trowbridge en el estrado y no tendremos manera de rebatirlo.

Tampoco podemos demostrar que él y la doncella se conocían, como deberíamos, si es que deseamos insinuar que él es el responsable de la muerte del conde.

–Le pido disculpas, señor Cranley –dije con humildad, sorbiendo la bebida para recuperar el ánimo–, y le confieso que, en ese momento, solo pensaba en el presente.

Tan solo quería desviar el foco de atención de la asamblea de la culpabilidad de Isobel.

Sabe usted bien que sir William no está en la obligación de presentar pruebas que vayan en contra de su argumentación, y yo estaba decidida a demostrar que Isobel dependía de la fortuna de su marido y que, por tanto, sería poco probable que ella hubiera acabado con su vida, ya que, tras su muerte, el dinero pasaría a su heredero.

Pero no tuve la ocasión de decir nada de esto.

–Sir William no tardaría en argumentar que la fortuna del heredero sería también de Isobel –señaló el abogado–, si es que está dispuesto a insinuar que eran amantes.

–¿Y cómo haría tal cosa? Solo la doncella lo sabía y la doncella está muerta.

–Todo Londres lo sospecha; yo mismo lo he oído en tres lugares diferentes a lo largo de la semana pasada. Pero, en fin, no son más que rumores. Usted, en este aspecto, sería el principal peligro.

–¡Yo jamás diría algo así en público, aunque esté convencida de que es cierto! –exclamé con firmeza.

–Cabe la posibilidad de que sir William le saque esta información, señorita Austen, cuando vuelva a comparecer usted en el estrado; recuerde que está bajo juramento.

Comprendí, entonces, que tenía mucho que aprender de derecho y lamenté de corazón que ninguno de mis hermanos fuera experto en dicha profesión; me prometí que sería más cuidadosa de ahora en adelante.

Pero dispuse de poco tiempo para reflexionar acerca de las virtudes del futuro: sonó una campana con la que se anunciaba que el juicio estaba a punto de reanudarse y nos instaron a regresar a nuestros asientos dentro de la cámara.

Me percaté de que el señor Cranley se sentaba con el ceño fruncido y me arrepentí de haberme ido de la lengua.

Así y todo, no tardé en dejar de lado cualquier pensamiento sobre mi persona, pues lord Harold Trowbridge avanzó, alto como era, por las filas de la asamblea, acompañado por la escolta del tribunal.

Se desplazaba con su atlético garbo acostumbrado, una naturalidad que jamás lo abandonaba, y mantenía la mirada fija en el frente de la sala.

Al llegar al estrado de los testigos, sin embargo, reparó en mí y me sostuvo la mirada con una expresión divertida.

No parecía sino disfrutar con mis intentos por enturbiar su reputación.

El gran senescal nos llamó la atención a los dos.

Sir William se aclaró la garganta y consultó sus apuntes. Sabía que tenía a Harold Trowbridge en poca estima y me preguntaba cómo se sentiría mi viejo amigo al tener que dirigirse a un hombre como este por necesidad.

–Lord Harold, ¿habló usted con la condesa de Scargrave en presencia de su amiga, la señorita Austen, la noche de la muerte del conde?

–Así es.

–¿Podría explicar la naturaleza de dicha entrevista?

–Fueron asuntos de negocios –dijo Trowbridge, restándole importancia, y sir William frunció el ceño.

–¿Negocios de la condesa, no de su marido?

–Puesto que la propiedad que deseaba comprar yo pertenecía en exclusiva a la condesa, tan solo necesitaba el consentimiento de ella.

–¿Y cómo respondió la condesa?

–Solo le faltó acompañarme hasta la salida –dijo Trowbridge, con una fina sonrisa.

–¿La condesa no estaba de acuerdo con sus propuestas?

–La condesa llevaba mucho tiempo oponiéndose.

Yo sentí que comenzaba a recuperar el ánimo a causa de la esperanza.

Quizá incluso lord Harold dijese la verdad, ya que estaba bajo juramento.

Miré a Isobel y vi que tenía la mirada fija en su enemigo, como si hubiera entrado en trance; Fitzroy Payne miraba la nada, pensando, al parecer, en otra cosa.

–¿Y a qué se debe eso, lord Harold? –dijo sir William.

–No quiere desprenderse de su propiedad.

–¿Y de qué propiedad se trata?

–De la propiedad que yo deseaba comprar.

«Está disfrutando con todo este sinsentido –pensé, mientras observaba los párpados gruesos de Trowbridge–; no dice ni más ni menos de lo estrictamente necesario y sacará a sir William de quicio antes de que se le escape algo que pueda perjudicarle».

Así y todo, mi viejo amigo, el magistrado, se inclinó hacia delante con vehemencia, fijando la mirada en el rostro de su testigo, y formuló la siguiente pregunta:

–Lord Harold, ¿acaso el conde se oponía del mismo modo a sus pretensiones para con la propiedad de su esposa?

–No –dijo Trowbridge.

Di un respingo en el asiento, anonadada. ¡Una mentira premeditada! Miré a Isobel y reparé en que se balanceaba en su asiento.

–¿El conde quería ultimar la compra?

–Los deseos del conde coincidían con los míos en todos los sentidos –respondió el canalla con tranquilidad, y, ante aquellas palabras, oí que Isobel soltaba un grito ahogado.

Cuando desvié la mirada hacia ella, se cayó inconsciente del taburete; tal y como me temía, había sido incapaz de soportar la presión.