Capítulo 23 Una batalla letal de voluntades
Una batalla letal de voluntades
Por muy desafortunadas que sean las circunstancias, he de decir que la muestra del poderío británico que es la Cámara de los Lores, la cual se había atestado de espectadores para el juicio –algo que no pasaba más de una vez por generación–, no tiene par en cuanto a solemnidad y grandeza.
Los barones más jóvenes entraron en primer lugar y el desfile augusto lo clausuraron los duques más ancianos, todos ellos guiados como en un rebaño por heraldos y por la orden de la Jarretera; en total, unos doscientos hombres ataviados con trajes que representaban sus rangos dentro de la aristocracia se acomodaron de dos en dos en los bancos dispuestos a ambos lados del estrado de la Galería Real.
En la tarima elevada descansaba un asiento reservado para el gran senescal.
Debajo se encontraban los asientos de las damas nobles; aquí se tendría que haber sentado Isobel si su suerte no fuera tan aciaga.
Delante de estos se ubicaban los puestos del señor Cranley y de sir William, seguidos de los asientos de los testigos, en uno de los cuales me encontraba yo.
Lizzy Scratch estaba a mi derecha, bien limpia y en su elemento, a pesar de la incongruencia de su posición social; temía que fuera a montar una escena cuando la llamaran al estrado.
El doctor Philip Pettigrew se sentaba a mi izquierda y, a su lado, el académico de cara redondeada e inocente de Cambridge, el doctor Percival Grant.
Madame Delahoussaye y su hija se sentaban encima, en la galería del público; indiferente, con una breve mirada localicé sus asientos.
La señorita Fanny se había decantado por un ambiguo y misterioso atuendo: una seda negra le velaba los rizos rubios; era lo suficientemente transparente como para revelar el fulgor de sus ojos azules y de sus dientes blancos, pero, por otro lado, la envolvía en toda la discreción que imponían unas circunstancias tan extrañas como las suyas.
Yo sabía que le gustaría desempeñar un papel más prominente en esta obra dramática o, cuando menos, disponer de un escenario más amplio por el que desfilar su ropa, y con mucho gusto habría intercambiado mi sitio por el suyo.
Una campana solemne dio la hora; todos se pusieron en pie y el ujier anunció la Proclama del Silencio.
Acto seguido, el secretario de la Corona se arrodilló para hacer entrega del documento de las competencias legales, con el gran sello del reino, al gran senescal, quien se lo devolvió; llegados a este punto, el secretario leyó el contenido en voz alta, un texto interminable, seguido de la declaración: «¡Dios salve al rey! ».
A continuación, tuvimos que soportar la lectura del certiorari y de la jurisdicción, un resumen de la autoridad de la Cámara de los Lores para presidir este caso, con todos y cada uno de los nobles en calidad de jueces de hecho y de derecho; se mencionó una miríada de precedentes para sus funciones y se detallaron ante los presentes numerosos preceptos antiguos del derecho consuetudinario, pero, por fin, cuando estaba a punto de perder la cordura, nos informaron de que los Tribunales de Assizes habían tomado la decisión de juzgar a Fitzroy Payne y a la condesa por asesinato.
–El jurado de su majestad el rey, bajo juramento, declara que su ilustrísima Isobel Amelie Collins Payne, condesa de Scargrave, noble del reino, el día 12 de diciembre del año del señor 1802, en la parroquia de Scargrave, mató y asesinó a Frederick William Payne, séptimo conde de Scargrave.
Asimismo, declaramos que su ilustrísima Fitzroy Gerald Payne, vizconde de Payne, conde de Scargrave, noble del reino, el día 24 de diciembre del año del señor 1802, en la parroquia de Scargrave, mató y asesinó a una tal Marguerite Dumas, doncella, oriunda de Barbados.
Entonces, después de la proclamación del ujier, el caballero ujier del Bastón Negro trajo, en primer lugar, a la condesa, seguida del conde, y los escoltó con solemnidad hasta el estrado, donde se arrodillaron hasta que el gran senescal les dio permiso para que se reincorporaran.
Isobel tenía la cara pálida y sus ojos, en otros tiempos hermosos, habían perdido su fulgor; parte de la suciedad y el hedor de Newgate se había desprendido de su persona, pero el frescor de sus veintidós años yacía sepultado bajo un aspecto demacrado que delataba una profunda turbación.
Las marcas de su tormento no tapaban su belleza, si bien añadían cierto toque romántico a su apariencia.
Me había enterado, nada más llegar ese día, de que durante su traslado desde Newgate una muchedumbre había apedreado el carruaje y de que, entre abucheos, la habían tachado de asesina y de ramera; la opinión pública se había apresurado a dictar sentencia en contra de mi amiga sin siquiera dignarse a escucharla.
Lord Scargrave conservaba su habitual dominio de la compostura; tan solo se evidenciaba una mayor seriedad que la acostumbrada en la forma en la que apretaba la mandíbula y en la firmeza inquebrantable que destilaba su mirada.
Lo condujeron, junto con Isobel, a los taburetes colocados en el estrado, donde permanecería confinada la pareja durante todo el juicio, y, entonces, leyeron en voz alta los cargos de los que se les acusaba.
El secretario del Parlamento, acto seguido, los inculpó y les preguntó si se proclamaban culpables o no culpables, a lo que ellos respondieron con severidad: «No culpables»; Isobel en un hilo de voz, con la mano en el cuello, a diferencia de Fitzroy Payne, cuya voz resonó en la sala.
Su mirada era soberbia, con la cabeza cana bien alta, y, ya que lo conocía un poco, imaginaba que esto era el resultado de una batalla interna por mantener la compostura, pero sabía qué opinión se formarían los demás al respecto: lo tacharían de «orgulloso y frío» y todos sus intentos por dominar sus emociones se volverían en su contra.
Sir William Reynolds se puso en pie entonces y todo el peso de mi responsabilidad cayó sobre mí al contemplar su rostro anciano y bondadoso. Él era mi amigo, ella era mi amiga; entre los dos se burlaban de mi honradez.
El magistrado estaba de lo más elegante, en efecto, pues lucía un frac gris oscuro de lana excelente decorado con una doble fila de botones dorados, y nunca había visto a un hombre llevar el pañuelo blanco del cuello tan alto, pues las puntas casi le rozaban las orejas.
Por encima de todo esto se había puesto una toga de seda negra; en su rostro envejecido se transparentaba el terrible peso de la ley, y, con la peluca en la cabeza, casi se le podría confundir con Jehová, que había venido a separar a los culpables de los inocentes.
Me envaré cuando sus duros ojos marrones se posaron sobre mi persona, aunque diría que se suavizaron cuando repararon en mi pálido semblante, y comprendí de pronto por qué el nombre de sir William Reynolds despertaba por doquier inquietud y respeto entre sus adversarios en el estrado.
A sir William se le prohibía llamar a Isobel en calidad de testigo, y las otras personas capaces de confirmar que había estado a solas con su marido la noche de su muerte estaban muertas.
En este aspecto, lo único que podía hacer el magistrado era exponer sus argumentos ante los lores de la asamblea; tenía permiso para leer los testimonios relevantes del acta escrita de la instrucción.
Que la condesa fuera la única en sobrevivir a aquella noche, dijo, debería ser suficiente para darle la razón.
A continuación, llamó al doctor Pettigrew.
El pobre joven prestó juramento, confirmó su verdadero nombre y su verdadero lugar de nacimiento y se le reconoció debidamente como el médico que había asistido al séptimo conde durante unos tres años y en su lecho de muerte.
El doctor Pettigrew confirmó los indicios que había recabado tal y como había hecho durante la instrucción y se le dio permiso para que se sentara de nuevo; entonces, el siguiente fue el doctor Percival Grant, que testificó que los frutos que sir William les había enseñado a los nobles reunidos no eran otros que piñones de tempate, portadores de un veneno tóxico usado con frecuencia como fármaco y laxante por parte del pueblo nativo del lugar de nacimiento de Isobel. Fue entonces cuando me llamaron a mí.
Me temblaban las piernas como si estuvieran hechas de agua y era tal la convulsión de mis manos que me temo que parecía que estaba saludando a los presentes cuando levanté la palma de la mano izquierda y juré por Dios que diría la verdad.
Siempre que me veo obligada a hablar o actuar en público –al piano, en particular–, tanto las mejillas como el cuello adquieren un brillante color rojizo; por este motivo me había puesto mi traje de cuello alto de lana color marrón oscuro, pero he de decir que no sirvió para nada.
Sir William, al hablar, trataba de mostrarse amable; lo notaba en su tono de voz, y lo maldije para mis adentros.
Debido a la cautela con la que se expresaba, los lores que deberían juzgar a Isobel y a Fitzroy Payne me considerarían una ilusa y harían caso omiso de cualquier indicio que pudiera darle el día de mañana al señor Cranley.
Confirmé mi nombre y anuncié que era una soltera de Bath.
–Es usted una gran amiga de la condesa, ¿me equivoco?
–Como también soy amiga de usted –respondí.
–Y llegó a Scargrave Manor la víspera de la muerte del conde.
–Así es.
–Dígame, ¿por qué motivo?
Sir William fruncía las cejas, que casi le llegaban a la nariz, como si toda visita a Scargrave fuera inevitablemente sospechosa.
–Mi intención era asistir al baile en honor de la boda de la condesa y permanecer en la mansión varias semanas –dije, esforzándome por que se me oyera en toda la sala; sin embargo, a juzgar por el número de cabezas de pelo blanco y de caras perplejas entre la nobleza reunida, tenía la impresión de que ni siquiera el clamor del Juicio Final podría perturbar su paz.