Jane Austen y el incómodo incidente en Scargrave Manor Capítulo 22 La utilidad de tener hermanos varones #2
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Capítulo 22 La utilidad de tener hermanos varones #2

Los bondadosos ojos marrones de sir William evitaron los míos.

–Eso sería imposible, querida mía. Usted halló a solas el pañuelo y el cadáver de Marguerite, así como el trozo de papel dentro de su corsé.

–Una breve sonrisa animó durante unos instantes su expresión seria–.

Si hubiera sido menos curiosa, querida mía, o menos ingeniosa, no estaría involucrada en este embrollo.

De modo que debo entrar en la Cámara de los Lores y sentarme entre los banquillos reservados a los testigos, debajo de los de las mujeres aristócratas presentes en la sala, y debo hablar ante todos los reunidos sin vergüenza.

Aunque me lo veía venir, el corazón se me hunde en el desasosiego: situarme enfrente de Isobel y lord Scargrave en el estrado y decir lo que solo perjudicará su causa es un destino de lo más espantoso.

Sin embargo, ¿acaso tengo alternativa? Tendré que prestar juramento y decir la verdad tal y como la recuerde, si bien la amistad –no, la dignidad humana– aconsejaría lo contrario.

Sir William se marchó poco después, ya que tenía que atender unos asuntos urgentes.

Me despedí de él con un gesto de la mano mientras bajaba las escaleras de mármol en dirección a su carruaje; negó la cabeza al reparar en el escudo de la familia Payne, cubierto de tela negra en la fachada de la casa, por encima de cada uno de los ventanales.

Así anuncia Scargrave House la muerte de Tom Hearst, otro de los numerosos motivos para guardar luto.

Con todo, no se darán más pompas a la defunción del teniente; puesto que se ha suicidado, lo enterrarán mañana en un cruce de caminos a cierta distancia de la ciudad, en dirección oeste, con una estaca clavada en el corazón.

Me estremezco solo de pensarlo: que un hombre –por muchos defectos que tuviera– termine sepultado en la más indiferente de las tierras, sin la bendición del clero o un monumento en su recuerdo, es terrible, se mire por donde se mire.

Su hermano acompañará al cadáver. El pobre ordenanza Jack Lewis –muy apesadumbrado y taciturno– también irá, así como el bondadoso señor Cranley; un gesto particular que demuestra la devoción de este abogado para con los problemas de la familia y con el que creo que pretende consolar a la ilusa de Fanny Delahoussaye.

El señor Cranley parece más preocupado cada vez que viene de visita y, a raíz de las pocas palabras que me dice, he comprendido que toda su defensa se basará única y exclusivamente en la idea de que la carta de Fitzroy Payne y el pañuelo de Isobel fueron robados.

Pues, en verdad, no tiene a ningún otro sospechoso, y si bien a mí mucho me gustaría que enjuiciaran a lord Harold Trowbridge, no sabría decir con qué imputación.

No hay pruebas que vinculen con los asesinatos a nadie que no sea ni la condesa ni el conde; así pues, no paro de dar vueltas en la cama por las noches y de preguntarme sin cesar por qué motivo Madame Delahoussaye y ese hombre se compincharían. Pero hoy pensé en Frank.

Mi hermano Francis es capitán de navío en la Marina Real desde hace dos años y, en estos momentos, está destinado en Ramsgate para defender la costa.

Desconozco cómo podrá evitar Frank que los franceses, bajo las órdenes de Bonaparte, con toda probabilidad terminen invadiendo nuestra pequeña isla, pero, hasta entonces, mientras mi querido hermano reúne al Cuerpo Auxiliar de la Marina 48 en Pegwell Bay, también podría investigar qué utilidad tiene un puerto privado de aguas profundas en Barbados.

Que lord Harold haya visitado hace poco Francia y esté decidido a adquirir un puerto de tales características en las Indias es motivo de reflexión; aquí hay un enigma irresuelto y Frank, sin lugar a dudas, conseguirá descifrarlo.

Le he escrito esta mañana y espero impaciente su respuesta.

Y ahora he de centrarme en mi vestuario, pues, por supuesto, no poseo ninguna prenda lo suficientemente elegante como para comparecer en calidad de testigo en la Galería Real.

Y ¿qué voy a decir cuando llegue el momento?

«Nada más que la verdad», me dijo sir William esta mañana, cuando se subió a su carruaje, pero lo que él cree que es verdad y lo que yo sé a ciencia cierta que es mentira son la misma cosa.

47 . Henry Austen aquí hace referencia a la Bolsa de Londres, fundada en Change Alley en 1698.

Antes de que a mediados del siglo XIX se eliminase la legislación que restringía a las sociedades anónimas (como resultado de la crisis de la burbuja de los mares del Sur y la consiguiente ley de 1720 que prohibía la creación de empresas, salvo por decreto real o ley parlamentaria), la Bolsa se ocupaba principalmente de fondos públicos: bonos del Estado, bonos de las Indias Orientales, acciones de las empresas que gestionan los canales y, al cabo de un tiempo, acciones de los servicios públicos y la zona portuaria. ( N. de la E. ).

48 . Este era un cuerpo de pescadores y habitantes de la costa propietarios de barcos –una suerte de milicia costera– al que se ponía en alerta en caso de invasión. ( N. de la E. ).