Capítulo 22 La utilidad de tener hermanos varones
La utilidad de tener hermanos varones
Cuando le pedí a mi hermano Henry que descubriera todo lo posible acerca de la situación financiera de la familia Scargrave, se puso manos a la obra con la diligencia acostumbrada y, por tanto, no tardó en obtener resultados; esta mañana, vino a verme para proporcionarme unos datos que no eran baladíes.
Puesto que tan solo faltaban dos días para que Isobel tuviera que comparecer ante los lores, me invadía una impaciencia febril por escuchar las noticias que me traía Henry.
–Mi querida Jane –empezó él, tomando asiento en una cómoda silla en el estudio del difunto conde, la única habitación en la que me siento verdaderamente a salvo de oídos indiscretos, gracias a los gruesos paneles de madera y a las paredes revestidas de estanterías del suelo al techo–, me he dado cuenta de que estás conviviendo con una familia de lo más peculiar.
–Me sorprendes, Henry –respondí yo–. ¿Acaso el asesinato no entra dentro de los pasatiempos propios de las casas de campo en navidades?
–Entre grandes familias, imagino que cualquier cosa puede llegar a entenderse como un pasatiempo. Desde luego, robarse los unos a los otros ha pasado a ser toda una pantomima –contestó mi hermano con seriedad.
–Un destino que se considera peor que la muerte.
–O capaz de llevar a uno a la tumba, claro está.
Los grandes ojos de Henry brillaban; disfrutaba con el nuevo papel que desempeñaba en el drama de los Scargrave.
–Empieza por el principio, te lo ruego –le pedí con cierta aspereza.
–Empecemos por Fitzroy Payne.
–Soy toda oídos.
–Las circunstancias en las que se encuentra distan mucho de ser todo lo favorables que quisiera él, pero también de ser todo lo desastrosas que te han dicho a ti.
–Sir William no dará el brazo a torcer, tenlo por seguro.
–No le quedará más remedio. La situación es la siguiente: el nuevo conde posee unas propiedades nada despreciables en las Indias Occidentales, adquiridas por su padre y gestionadas por un hombre que poco ha hecho para merecerse la confianza que ha depositado en él la familia Payne.
En resumidas cuentas, las plantaciones se encuentran en unas circunstancias adversas…
–Como tengo entendido que es el caso de muchas parcelas en los tiempos que corren.
–Así es. No es el mejor año para dedicarse a la producción de azúcar.
–O del café, según lo que tengo entendido.
–Pero ¡Jane! ¿Acaso te has convertido en accionista de algún negocio que deba conocer? ¿Te pondrás a leer un periódico londinense cuando vuelvas a Bath y harás referencias crípticas al Change 47 en mitad del desayuno?
Sonreí ante sus bromas y lo urgí para que retomara el hilo de la conversación.
–Los terrenos, en todo caso, siguen poseyendo un valor inestimable, y quizá baste con invertir capital y cambiar a los administradores para que salgan adelante.
Que el conde espera destinar una parte de la fortuna de su tío a este fin es un hecho que sir William tendrá que recalcar en la Cámara de los Lores.
–¿Y qué hay de sus deudas personales?
–Fitzroy Payne vive de los intereses del patrimonio de su padre en Derbyshire, que ascienden a tres mil libras al año; unos ingresos respetables, por supuesto, pero no bastan para destacar entre la flamante élite a la que pertenece.
–Henry vaciló y me miró con incertidumbre–. Payne tiene hábitos caros, hermana.
Comprendí al instante que estaba pensando en los rumores acerca de su amante y me apresuré a sacarlo de su error:
–No cuentes a la famosa señora Hammond –le aseguré–. He conocido a la dama en persona.
Mi hermano levantó las manos.
–Me estás dejando atónito. Haré lo posible para no decirle a nuestra madre con qué gente te codeas ahora.
–La señora Hammond era su niñera –le expliqué–. Lord Scargrave no hace otra cosa que velar por esta mujer en su jubilación.
–¡Maldición! Me esperaba algo más interesante del honrado conde.
Pero, en fin. Sus carruajes, su caballo, sus aposentos en la capital y el mantenimiento de la mansión de Derbyshire han llevado sus fundos al límite…
y me temo que ya lo han rebasado. Lo que no he podido encontrar, sin embargo, es que tenga deudas de honor derivadas de juegos de apuestas, pero me he enterado de que saldó una deuda de este tipo en nombre de otra persona hace unos pocos meses.
–¿No se tratará del teniente Hearst? –dije, con una repentina y aguda punzada de dolor.
–El mismo caballero que robó a la familia –confirmó Henry, asintiendo–.
Los problemas de ese hombre darían para un juicio de lo más entretenido, pero, cáspita, nos ha privado de la diversión.
El teniente gastó lo poco que su hermano conservaba del patrimonio de su padre, y si el pobre señor George Hearst quisiera comprarse una dotación en algún lugar, sería prácticamente imposible para una persona con recursos tan limitados como los suyos.
Espero que el testamento del difunto conde le haya dejado una dotación por parte de la familia Scargrave.
–Creo que sí –contesté–, pero que las circunstancias le impiden aceptarla.
–Mostrar a su esposa en Scargrave sería una especie de purgatorio en la tierra, dadas las malas lenguas y la buena memoria que tiene la gente de la zona.
Pero esto era problema de George Hearst–.
¿Sabes algo más acerca de lord Scargrave?
–Todo el mundo lo describe como un hombre de buen gusto y decente, aunque algo orgulloso y frío; a pesar de que los demás lo respetan, esto no quiere decir que le profesen particular simpatía y la opinión pública podría volverse en su contra por ese motivo, independientemente del resultado del juicio.
Hubo una vez en que las madres y las hijas de la crema y nata de la sociedad londinense depositaban todas sus esperanzas en conquistar su corazón, pero todo parece indicar que, en la actualidad, se ha convertido en objeto de temor y desconfianza, y que ha perdido buena parte de su valor en el mercado del matrimonio.
Podrías conseguirlo tú a buen precio, por cierto, ahora que tienes todos los datos sobre su persona, Jane; te doy mi consentimiento en nombre de nuestro padre, ya que, además de tu hermano, soy tu confidente.
–Me temo, Henry, que el afecto del conde está en manos de otra mujer –le dije– y que el resto de la sociedad no tardará mucho más en enterarse de todos los detalles.
–Peor para ti, Jane –contestó mi hermano–. Si saca a flote las plantaciones, como esposa nunca te faltaría dinero para tus gastos, y Eliza insiste en que no hay nada como ser condesa.
Como siempre, al mencionar el nombre de su animada esposa, Henry esbozó una sonrisa. Se había tomado con buen humor que su esposa retuviera su título.
–Ahora cuéntame lo que sepas de Madame Delahoussaye –lo urgí, con mayor interés.
Henry juntó los dedos por delante de la nariz, como siempre hacía nuestro padre, aunque él no se daba cuenta.
–Si bien su hija posee treinta mil libras en fideicomiso, la buena dama criolla no tiene ni una sola moneda en la cartera ni tampoco se lo puede pedir a nadie –dijo con total naturalidad, sin ser consciente del impacto que tendrían sus palabras–.
Depende por completo de la familia de su sobrina, motivo por el que se comporta como una fiel compañera, y tiene mucho que perder si la suerte de Isobel se tuerce.
–Pero ¿cómo es eso posible? –protesté–. Tenía entendido que Madame llevaba una vida holgada.
–Me temo que su riqueza es cosa del pasado, Jane.
De hecho, su banquero, el viejo Robeson, de Londres, arde en deseos de investigar las cuentas de Madame Delahoussaye más a fondo en lo que solo puedo definir como una auditoría.
Robeson desconfía de ciertas irregularidades en parte de los ingresos en fideicomiso que gestiona Madame, pero no ha querido decirme más, en beneficio de la intimidad de la dama, por mucho que yo lo atiborrara de oporto.
Le di las gracias a Henry con efusividad por la buena disposición con la que me había ayudado, juré que nunca se me ocurriría recompensarlo por su bondad y me dejó con mucho en lo que pensar.
Sigo sin comprender los motivos por los que Madame Delahoussaye se comporta de esta manera; suponen un verdadero enigma, entre sus propias necesidades y las posibilidades de su hija de hacerse con una fortuna.
A juzgar por las palabras de Henry, Madame saldría perdiendo si llevara a Isobel a la horca, pero, aun así…
Estoy del todo convencida de que oculta algo importante.
Creo que lord Harold está implicado en la trama de Madame y que ninguno de los dos es amigo de Isobel ni tampoco le preocupa su porvenir.
Pero ¿cómo indagar más al respecto? El juicio inminente, que comenzará pasado mañana, se cierne sobre mí, y he de soportar las quejas de Fanny Delahoussaye a propósito del estado en el que se encuentra su atuendo.
Ha interrumpido el duelo por el galante teniente el tiempo suficiente para acosar a una buena cantidad de tiendas y mi único consuelo ante la celebración inmediata del juicio es que pondrá fin a todo este alarde de frivolidad…
… y a mi estancia, para bien o para mal, en la morada de la familia Scargrave. Temo que regresaré a Bath con una pesada carga en el corazón, sabiendo que le he fallado fatalmente a una amiga honesta e inocente.
Entrada de diario, ese mismo día
Sir William vino y se fue, una breve visita con la única intención de informarme de que me llamarán ante el tribunal como testigo de la acusación.
El magistrado desea que testifique el hallazgo del cadáver de la doncella, junto con todo lo acontecido a raíz de ello, a pesar de que poco deleite sacaré yo de la experiencia.
Leí en sus ojos que mi viejo amigo sufre por mí y por mi lealtad dividida, pero sir William tiene mano de hierro cuando cree tener razón y mis tímidos intentos de evadir la cuestión no me sirvieron de nada.
–Me intimidará la majestuosidad de la sala y de los asistentes –protesté–. ¿Acaso no puede explicar usted mis experiencias en mi nombre?