Jane Austen y el incómodo incidente en Scargrave Manor Capítulo 21 Una cuestión de confianza #3
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Capítulo 21 Una cuestión de confianza #3

El señor Cranley se separó de mí en la puerta del asesor legal, después de conseguirme un coche de plaza para que regresara a Scargrave, y se dirigió apresuradamente a su habitación en Lincoln’s Inn para preparar con mayor detenimiento la defensa de mis amigos.

Se encontraba a poca distancia de Scargrave House, donde encontré a Fanny en la planta superior, en una habitación a oscuras, y a Madame Delahoussaye descansando en el canapé situado enfrente de la chimenea de la sala de estar.

–Mi querida señorita Austen –dijo Madame, sentándose con brusquedad cuando entré yo–, no sabía dónde se había metido, con la casa hecha un desastre como está.

Cuando tenga la intención de marcharse de paseo por ahí sola de esta manera, le aconsejo que le diga a la cocinera cuándo piensa regresar, para que, al menos, la cena no sea un misterio.

–No estaba sola, Madame –rebatí–. Me acompañaba el señor Cranley; fuimos de visita a ver a los asesores legales de Scargrave.

–¿Con el señor Cranley, dice? –La expresión de Madame se disolvió en una de puro desprecio y pasó la mirada por mi vestido de lana gris, como si fuera transparente–. Imagino que le ha tendido un lazo. No es un mal hombre y no está nada mal para una mujer de sus posibles.

Noté que me sonrojaba. Conque tenderle un lazo.

–Esa es una expresión, Madame Delahoussaye, que aborrezco en particular –exclamé, quizá con una vehemencia excesiva–.

Lo que insinúa es tan vulgar como mezquino y, si el significado de la frase ha llegado a considerarse astuto en algún momento, hace ya mucho tiempo que ha perdido toda su inocencia.

46 Simplemente he acompañado al señor Cranley en un asunto de negocios.

Me di la vuelta, con la intención de vestirme para la cena, pues era consciente de que sería incapaz de reprimir el mal genio si permanecía en esta sala un solo instante más, pero Madame me respondió lo siguiente:

–¿Negocios? Dígame, ¿en qué clase de «negocios» puede involucrarse una dama que se precie?

Me di la vuelta despacio y la miré antes de contestar.

–La que debe responder a esa pregunta es Madame, no yo.

Parte de la frialdad que caracterizaba su expresión se desvaneció, en favor de una evidente cautela.

–¿Qué insinúa, señorita Austen?

–Tengo entendido que hacer negocios es una de sus especialidades, Madame. En particular en lo referente a la fortuna de su familia.

Se sobresaltó al oír esto y pareció irritarse; al ver que, por una vez, se había quedado sin palabras, decidí aprovechar la coyuntura.

–Al señor Cranley y a mí nos acaban de informar del interés que tiene usted en los asuntos de la condesa. Parece que Isobel debe recurrir a usted y a nadie más que usted para buscar protección financiera.

–¡A mí! –exclamó la buena dama, tras recobrar la compostura–. Yo soy la menos indicada para protegerla, créame.

–Eso es más que evidente, dada su falta de interés por sus problemas –dije con rencor–. Incluso es posible que ya nada se pueda a hacer por ella, en todo caso.

Ante estas palabras de reproche, Madame no dijo nada.

Con ojos centelleantes, se levantó de su asiento y pasó de largo hasta salir de la estancia; al cabo de unos instantes, la imité.

Estaba exhausta y ardía en deseos de cenar; me planteé la posibilidad de no cambiarme de ropa, pues prefería con creces dar buena cuenta de una bandeja de comida junto a la chimenea de mi alcoba que soportar la fría compañía de Madame durante toda una hora.

Pero llevaba unos pocos instantes gozando del consuelo que me proporcionaba mi cuarto y había desabrochado los botones de la espalda de mi vestido cuando unos pasos rápidos por el pasillo me llamaron la atención.

Me asomé por la puerta y vi a Madame Delahoussaye desaparecer escaleras abajo, luciendo una capa y un elegantísimo sombrero.

Y, puesto que no necesitaría ninguna de ambas prendas en el comedor de Scargrave, comprendí enseguida que había decidido pasar por alto lo tarde que era e ir de visita a algún lugar.

A solas en el umbral de la puerta, con el vestido desabrochado, vacilé.

Quizá Madame tan solo iba a la botica del barrio a por un medicamento para la pobre Fanny, pero no, de ser así, mandaría a una sirvienta.

Madame tan solo saldría a estas horas por extrema necesidad, y no dudaba de que habían sido las palabras, precisamente, que yo había pronunciado con tanta rabia en la sala de estar de la planta de abajo las que la habían incitado a marcharse.

Cogí mi pelliza y mi sombrero, y salí corriendo en dirección a las escaleras, agarrándome el vestido desabrochado por la espalda.

Alcancé a verla por la ventana de la sala de estar; en una actitud que denotaba cierta urgencia, se aprestó a entrar en el carruaje de los Scargrave.

El coche de plaza en el que viajaba yo la seguía con brío, una persecución incluso más acuciante porque le pedí al cochero, nada más solicitar sus servicios, que hiciese todo lo que estuviera en su mano para que nuestro objetivo no reparase en nosotros.

El problema no era que el camino a Wilborough House fuera complicado, sino que el tráfico a estas horas, cuando los mercaderes y los caballeros se dirigían a cenar en sus casas o en los exclusivos clubs de Pall Mall, era todo un caos.

El bullicio de los carruajes y los caballos, de los cocheros y los carreteros que se gritaban insultos como demostraciones de su virilidad en un intento por imponerse hizo del trayecto un incordio de lo más animado, y la ansiedad que nos suscitaba el no perder de vista el carruaje de los Scargrave, todo esto sin ser vistos, conformaba una tortura adicional.

Madame, sin embargo, no tardó en llegar a su destino; le ordenó al cochero que la esperara y subió las augustas escaleras de mármol con prontitud.

Recordé que, durante la visita de lord Harold por Navidad en Scargrave Manor, ella había dicho precisamente que no conocía ni al duque ni a la duquesa de Wilborough, de modo que una visita como esta, a unas horas como estas, era toda una sorpresa.

Pero, después de verla huir de la casa, ya había dado por sentado que se dirigiría a este lugar, y no tenía dudas acerca del motivo por el que había venido a rendir sus respetos a quienes estaban muy por encima de ella.

A Madame no le interesaban lo más mínimo ni Wilborough ni su hermana: era a su hermano a quien buscaba, a su aliado de todos los crímenes cometidos.

44 . Los sellos eran, en realidad, artículos caros en el siglo XIX , pues el precio de las cartas dependía del número de kilómetros de distancia que recorrieran.

No se empleaban sobres –doblaban y sellaban con cera la hoja de papel– y por una carta de dos hojas de papel se pagaba el doble.

Ante todo, era el propio destinatario quien pagaba el franqueo, no el remitente, de modo que el meticuloso registro de lord Scargrave demuestra lo metódico que era para estar al día con sus deudas. ( N. de la E. ).

45 . La separación de bienes en esta época era un término que se empleaba en el acuerdo matrimonial, decidido durante el compromiso de una mujer, en especial si era una heredera.

Cierto tipo de patrimonio –inversiones o tierras– se ponía en fideicomiso; la mujer podía emplear el dinero, pero el patrimonio en sí permanecía fuera de su alcance, del de su marido o del de sus acreedores.

Dicho patrimonio, por costumbre, lo heredaban sus hijas después de morir. ( N. de la E. ).

46 . Curiosamente, la aversión que siente Austen por esta expresión resulta tangible en su novela Sentido y sensibilidad , donde Marianne Dashwood emplea unas palabras casi idénticas para reprender a sir John Middleton, cuando este último bromea con que ella le ha «tendido un lazo» a Willoughby. ( N. de la E. ).