Capítulo 21 Una cuestión de confianza #2
–Aunque, en realidad, resulte complicado separar al conde y a la condesa –intervine yo–. Lo que puede demostrar la inocencia de uno, inevitablemente, sirve para ayudar al otro.
–Así es. Por favor, cuéntenme qué es lo que han descubierto.
El señor Mayhew sacó la pluma y una hoja de papel, y se colocó un par de lentes viejas en la nariz.
Le explicamos el asunto concerniente a la correspondencia de Fitzroy Payne y nos satisfizo constatar que el anciano Mayhew poseía una gran agilidad mental.
Comprendió enseguida la trascendencia de nuestra petición; pidió que le trajeran uno de los archivos de su correspondencia y nos entregó las versiones finales de varias cartas, cuyos borradores habíamos visto en el escritorio que nos proporcionó Danson, para que las analizáramos.
Y, para gran deleite nuestro, descubrimos que una de ellas era del todo desconocida. No habíamos visto ningún borrador suyo.
Scargrave Manor
Hertfordshire
22 de diciembre de 1802
Estimado Mayhew:
Quisiera consultarle un asunto relacionado con las tierras de la condesa en Barbados, Crosswinds.
Como recordará, mi tío, el difunto conde, hasta el momento de su muerte trató de refrenar el asalto financiero de lord Harold Trowbridge a las plantaciones de su esposa.
Su fallecimiento, unido a la inquietud de la condesa por su bienestar material, la ha llevado a perder toda esperanza de aplacar a lord Harold, y acaba de firmar un documento presentado por el caballero en cuestión en el que le cedía la propiedad a cambio de la liquidación de una cuantiosa deuda.
Hace poco he descubierto, mientras estudiaba los documentos de mi tío –entre los que se incluía el acuerdo matrimonial de la condesa–, que existe un posible obstáculo legal.
Como comprenderá, ella no estaba al tanto de esto cuando cedió a las insistencias de Trowbridge, pues sabe usted que las mujeres poco entienden de asuntos legales.
En resumidas cuentas, la condesa heredó las plantaciones en cuestión a través de la línea materna, aunque las gestionara y supervisara su padre, y, en caso de que fallezca, pasarán a los familiares de su madre que sigan con vida –probablemente, la señorita Fanny Delahoussaye–.
De hecho, para esta propiedad se establecieron las condiciones del régimen de la separación de bienes 45 según el acuerdo matrimonial, con fideicomisarios encargados de velar por su seguridad durante el matrimonio tal y como habían hecho durante la infancia de la condesa.
La transferencia a lord Harold es, por tanto, nula y sin efecto, pero tal vez ha retorcido las leyes a su favor para esquivar incluso un obstáculo de estas características.
Le pido encarecidamente que me dé su opinión al respecto.
Pienso ir a Londres el día después de Navidad; nos vemos en el lugar de siempre, la biblioteca del Forbearance Club. Almorzaremos juntos para hablar de estos menesteres, con la esperanza de poner fin a los planes de lord Harold.
Siempre suyo,
F ITZROY, CONDE DE S CARGRAVE
Alcé la mirada hacia el señor Cranley cuando terminé de leer la carta.
Las palabras «Nos vemos en el lugar de siempre» estaban ahí, indudablemente, y la comparación con el fragmento hallado en el corsé de la doncella era inevitable.
Pero fue el contenido de la carta en sí lo que más me sobrecogió; tanto había insistido lord Harold en importunar a Isobel que la broma le saldría cara también a él.
–¿Coincide usted con el conde, señor Mayhew? –le pregunté al asesor legal–. ¿De verdad es imposible para la condesa ceder su propiedad de las Indias Occidentales?
Los ojos lagañosos de color marrón de Hezekiah Mayhew me miraron con astucia y, entonces, se aclaró la garganta.
–He estudiado la cuestión a fondo, señorita Austen, y he de decir que es todo un inconveniente. Un inconveniente considerable para la condesa y el conde.
Hizo una pausa y nos miró al señor Cranley y a mí.
–Señor mío –lo urgió este–, todas estas cuestiones pueden ser decisivas para la supervivencia de su ilustrísima; no podremos hacer nada hasta que no dispongamos de toda la información. Por favor, prosiga.
–La separación de bienes consiste, forzosamente, en activos –respondió el señor Mayhew–.
Y, como bien sabemos, los activos pueden devaluarse sin previo aviso, contra todo pronóstico.
Los valores pueden caer en picado, los bancos y sus participaciones, quebrar, y las propiedades, en especial tratándose de propiedades valoradas por las cosechas que producen, perder buena parte de su valor.
Según los términos del fideicomiso acordado tras la muerte de la madre de la condesa, Amelie Delahoussaye Collins, si Crosswinds se devalúa hasta el punto de suponer una ruina, los fideicomisarios pueden plantearse vender la propiedad en sí para pagar a sus acreedores.
El asesor legal estiró el cuerpo voluminoso y cogió una pipa de barro. Acto seguido, mirándome a mí –sería una falta de descortesía fumar en presencia de una dama–, la devolvió a su sitio sobre la superficie pulida del escritorio, soltando un leve suspiro y frunciendo el ceño.
–Y eso es precisamente lo que estuvo a punto de suceder –le dijo al señor Cranley.
–¿Acaso es posible que las tierras de la condesa hayan perdido tanto valor? –inquirió el abogado.
–Las tierras, no, pero las cosechas desde luego que sí –respondió el señor Mayhew con franqueza–.
En tiempos del padre de la condesa, John Collins, se decidió pasar de la plantación del azúcar al café.
–Hezekiah Mayhew bajó las cejas en un gesto de alarma y se volvió para explicármelo–: La planta del café, señorita Austen, tarda varios años en madurar y, si de jóvenes enferman por alguna plaga, como lamentablemente fue el caso, hay que arrancarlas y plantar otras.
Esto le pasó en dos ocasiones a John Collins y en dos ocasiones buscó capital extra para suplir las pérdidas.
Cuando al fin se dio una cosecha que pudiese comerciar, el precio había caído en picado a nivel internacional debido al aumento en la producción en Brasil y los arbustos de Collins no valían el dinero que con tanto esfuerzo había invertido en plantarlos.
Las revueltas entre la población esclava también causaron estragos, tanto en capital humano como en la quema de cultivos e instalaciones; para hacer frente al coste de la reconstrucción y la replantación, al señor Collins no le quedó más remedio que buscar capital entre inversores y, en el momento de su muerte, sus activos eran insuficientes para pagar a sus acreedores.
Aunque la propiedad del fideicomiso siguió tal y como estaba legalmente en el acuerdo matrimonial de la condesa, no está claro si un fideicomisario podría verse persuadido de vender la propiedad en sí.
Se recostó en el asiento, que crujió a modo de protesta, con las manos sobre la cadena de su reloj de bolsillo.
–Pero ¿la condesa no puede venderla por sus propios medios? –lo apremió el señor Cranley.
–Debe contar con la aprobación por escrito de sus fideicomisarios.
–¿Y quiénes son estos hombres? –inquirí con efusividad.
Contrajo el rostro, marcado por la edad, al esbozar una sonrisa.
–Me temo que no me he expresado correctamente, señorita Austen; es por la costumbre –dijo el asesor legal–.
Hay un solo fideicomisario y no tiene nada de hombre: una circunstancia insólita, cierto, pero que no deja de reflejar los deseos de la familia de la condesa.
En sus orígenes eran banqueros franceses, como sabrá usted, que abrieron su primer banco en Martinica; siempre se asemejaron a un clan y no confiaban en gente de fuera de la familia para los negocios.
Conforme los fideicomisarios, todos miembros de la familia, fuesen muriendo, nadie podría reemplazarlos, de tal forma que a día de hoy tan solo queda una mujer con vida, la tía de la condesa, Madame Hortense Delahoussaye.
–Y, señor Mayhew, el único permiso que necesita lord Harold ¿es el de ella?
–Así es –respondió el asesor legal con solemnidad, y yo me incliné hacia él, presa de la ansiedad.
–Pero ¿todavía no lo ha obtenido?
En los ojos astutos de Hezekiah Mayhew parpadeó una emoción cargada de interés.
–Que yo sepa, no –explicó–. Ahora que el destino de la condesa pende de un hilo, lo más probable es que Madame Delahoussaye aplace todos sus negocios una temporada.
Por supuesto que los aplazaría, si mi impresión de la personalidad de Madame Delahoussaye no iba desencaminada.
Su hija, Fanny, se convertiría en la afortunada heredera de la propiedad de Isobel, por muy afectada que esté esta por las deudas, en caso de que colgasen a Isobel por el asesinato de su marido, y si el orgullo que sentía la familia por la propiedad seguía siendo tan intenso como creía el señor Mayhew, Madame destinaría todo el peso de sus recursos materiales a saldar la deuda y recuperar las plantaciones en sí.
Pero ¿por qué no habría apoyado a Isobel cuando la condesa estaba tan necesitada de ayuda?
Una nueva idea comenzaba a perfilarse en mi mente. Me puse en pie, apresurada. Aunque ya era tarde, cada minuto contaba; tan solo faltaban cuatro días para que comenzara el juicio en la Cámara de los Lores.
–Discúlpeme, señor Mayhew –le dije, tendiéndole la mano–, ha sido usted de lo más amable y nos ha ofrecido una ayuda inestimable, pero el señor Cranley y yo tenemos que atender unos asuntos urgentes en otro lado que no pueden esperar más.
Ha sido todo un honor conocerle, señor, y tengo la convicción de que, con su ingenio de nuestro lado, la condesa todavía está a tiempo de escapar de las garras de sus enemigos.
–Dudo que la condesa necesite mi ayuda, señorita Austen –dijo con seriedad Hezekiah Mayhew–, cuando ya la tiene a usted.