Jane Austen y el incómodo incidente en Scargrave Manor Capítulo 21 Una cuestión de confianza
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Capítulo 21 Una cuestión de confianza

Una cuestión de confianza

Después de que Eliza se marchara, le rogué al señor Cranley que me esperara en el estudio y regresé, no sin vacilar, junto a las Delahoussaye.

Fanny y Madame estaban rodeadas de personas, entre las que se encontraban el mayordomo Simmons y dos de las sirvientas más destacadas, quienes tenían palanganas humeantes y compresas a mano.

Pero, cuando entré, la pobre Fanny levantó el rostro bañado en lágrimas y, liberándose de los brazos de su madre, me tendió una mano.

–¡Oh, señorita Austen! –gritó, aferrándome los dedos–, ¿no es esta la noticia más aciaga de todas? ¡Nadie más que usted entiende lo aciaga que es!

–Estoy convencida de que te lamentas de forma innecesaria, Fanny –dijo Madame, claramente en desacuerdo–.

Tom Hearst no se merece este espectáculo, tal y como ha demostrado con la forma en la que ha decidido dejar este mundo.

Si no fuera porque temo angustiarte incluso más, hasta me regocijaría de la noticia.

Como única respuesta, Fanny redobló su expresión de pesar y Madame alzó las manos, consternada.

–Y en casos como este, señorita Austen, descubrimos de qué valen todas esas novelitas –dijo, para mi desconcierto–, pues solo las plumas de los novelistas han podido alimentar esta sensibilidad tan desafortunada de mi hija.

Se deja llevar por el romanticismo y se olvida por completo de la sensatez, pero tal vez, ahora que el teniente ya no puede seguir ejerciendo su dañina influencia sobre ella, podamos esperar que todo mejore con el tiempo.

–¿Es que el teniente tenía por costumbre leer novelas, Madame? –inquirí exasperada, y me agaché para centrar la atención en una persona que era más digna de mi interés.

La pobre Fanny se aferraba con lástima a mí y llegó a mancharme el vestido de lana gris con el caudal de sus lágrimas; su madre bufó en señal de desprecio y se puso en pie sin decir nada más.

–Yo no puedo hacer nada por ella, señorita Austen –dijo, abriéndose paso entre las criadas–; tal vez usted tenga mejor suerte. Estaré en mi cuarto hasta que Fanny recupere el juicio.

Le di unas palmadas en la espalda a la pobre criatura, le dije cosas sin sentido con dulzura, como cuando se trata de tranquilizar a un niño, y les ordené a las sirvientas que se retiraran junto con las palanganas.

Al instante, los lamentos de Fanny comenzaron a amainar, entre ataques de hipo y resuellos, y se limpió los ojos con dedos rollizos.

–¿Qué debo hacer? –me preguntó, en un susurro quebradizo–. Me temo, señorita Austen, que ahora que Tom ha muerto, ¡estoy perdida!

Al ver que en sus ojos azules una nueva nube amenazaba con descargarse, me apresuré a intervenir y a ayudarla de la única forma que podía:

–Debemos enfrentarnos a la situación como mejor podamos, Fanny querida, y confiar en que no tarden en soltar a Isobel.

Cuando la condesa recupere la libertad, usted tendrá a alguien que la apoye frente a su madre y podrá contarle todas sus penas.

No dude en culpar a Tom Hearst; la ha perjudicado de la forma más despiadada posible y tendrá que responsabilizarse de sus actos, por muy muerto que esté.

Pero, por el momento, no le diga nada a Madame y confíe en el excelente raciocinio de Isobel, sea cuando sea que volverá con nosotras.

Buscaremos la manera de velar por su bienestar y de conservar su reputación.

–Contemplé su vientre hinchado–. ¿Pasó desapercibida en el taller de la modista?

Fanny asintió, desconsolada.

–Me confeccionará unos trajes encantadores, señorita Austen, aunque, cómo no, serán todos negros. –Volvieron a anegársele los ojos en lágrimas–. ¡Y Tom jamás me admirará de nuevo!

Acompañé a Fanny hasta su alcoba y le aconsejé que descansara en la medida de lo posible; entonces, distraída, me reuní con el paciente señor Cranley en el piso de abajo.

–¡Señor Cranley! –exclamé, y él se sobresaltó, sumido en sus pensamientos como estaba, cuando entré en la estancia–. ¿Ha habido alguna vez un caballero tan íntegro como usted? ¿Y alguna vez lo han invitado a una casa donde impere tal desorden? Pero cuénteme las novedades.

Sin más preámbulos, acercó una silla.

–He obtenido, de parte de Danson, la correspondencia del conde.

Entre esta debería haber una lista de las cartas enviadas según qué fecha, con los nombres de sus destinatarios, pues lord Scargrave es de lo más meticuloso a la hora de llevar un registro de las deudas de sus franqueos 44 –añadió el abogado, pensativo–.

¿Sería un abuso por mi parte, señorita Austen, pedirle que me ayude en esta tarea?

Quisiera tener un testigo de lo que sea que encuentre.

–Haré todo lo que usted me pida, señor Cranley –le aseguré.

–Las cartas del conde se conservan bajo llave en este escritorio portátil.

–El señor Cranley cruzó la estancia en dirección a una pequeña caja de madera, cuya tapa descubierta dejaba a la vista una superficie para escribir del tamaño del regazo de una persona–.

Danson me ha dado permiso para traerlo hasta aquí.

Había, en total, diecinueve cartas, escritas con minuciosidad con una letra gruesa, uniforme, y fechada el día del baile en Scargrave, un día que yo sentía que pertenecía a otra vida.

Comprendimos al momento que no eran más que cartas de negocios y, tras comparar apresuradamente la lista del conde y los borradores que se conservaban, nos dimos cuenta enseguida de que se había enviado una carta más de las que ahora se encontraban en el pequeño escritorio portátil.

–¡Maravilloso! –exclamó el señor Cranley–.

Es justo lo que pensaba usted, señorita Austen.

Escribió un borrador durante uno de esos días difíciles que siguieron a la muerte del difunto conde, realizó una copia y la envió, y antes de que el ayuda de cámara de lord Scargrave tuviera tiempo de guardarla con los demás documentos esa velada, alguien la robó y la utilizó para crear la nota que fue hallada en el cadáver de la doncella Marguerite.

–O simplemente el conde ha desechado el borrador –le advertí, pues sentía que debíamos actuar con cautela–; uno no siempre sigue a rajatabla sus hábitos o normas.

Nos dedicamos a comparar los borradores con la lista del conde y descubrimos que la misiva que faltaba era una de las muchas que había enviado a sus asesores legales, en la calle Bond; el señor Cranley lanzó una sola mirada a su reloj, llamamos a un coche de plaza y nos dirigimos a su puerta.

Mayhew, Mayhew la placa fijada a la puerta de color verde oscuro era de latón y las escaleras de mármol estaban bien limpias.

Al leer el nombre del bufete, recordé de un sobresalto la última petición de Isobel antes de que se marchara de Scargrave Manor: que enviara su testamento a un tal Hezekiah Mayhew.

Yo lo había postergado, con la esperanza de que tales asuntos pudieran aplazarse varias décadas en cuanto Isobel recuperara la libertad, pero, ahora que nos encontrábamos a la puerta del despacho de los abogados, pensé en el documento, que por las noches guardaba debajo de la almohada y que en esos momentos tenía a buen recaudo en mi ridículo.

Lo pondría en manos del señor Mayhew sin más dilación, si es que él estaba presente.

Nos condujeron a una acogedora sala, donde las vívidas llamas de la chimenea alumbraban con su fulgor varias sillas cómodas.

Nada más entregar la tarjeta de visita del señor Cranley, el señor Hezekiah Mayhew hizo acto de presencia para ponerse a nuestro servicio.

Era un distinguido caballero de unos setenta años, algo encorvado, con una coronilla reluciente que se había quedado calva hacía ya tiempo y dos tupidas cejas blancas que trataban de compensar la falta de cabello.

–Señor Cranley –dijo el asesor legal, haciendo una profunda reverencia en dirección al abogado–, es un placer darle la bienvenida a mi humilde despacho.

–El honor es todo mío –respondió él–, así como la gratitud por haber dejado en mis manos el caso de la condesa.

–Este bufete lleva, como mínimo, ochenta años encargándose de la gestión de los asuntos de la familia Scargrave –explicó el señor Mayhew, enarcando una ceja en dirección a Cranley–, pero nunca nos habíamos enfrentado a un aprieto tan terrible como este.

Lo único que he hecho yo ha sido seleccionar al mejor abogado de todos los que conozco, al que mayor confianza inspira.

–Entonces fijó los solemnes ojos marrones en mi rostro–. ¿Y usted es…?

–La señorita Jane Austen. Soy una amiga de la condesa.

–La señorita Austen peca de humilde –me interrumpió el señor Cranley con delicadeza–. Es la mejor amiga que la condesa podría tener jamás y defiende con la misma vehemencia al nuevo conde.

–Lo que dice es una maravilla, una maravilla, en efecto.

–La mirada del señor Mayhew era de lo más penetrante–.

Las amistades, en mi experiencia, son como las modas de las damas, señorita Austen: vienen y van con la estación, y suelen ser de una tela tan poco resistente que se desgastan con pocos usos.

Me alegro de que usted esté hecha de un material de mayor calidad.

Dicho esto, nos condujo a una sala interna. El señor Cranley me ofreció una silla y se acomodó en otra enfrente del gran escritorio del asesor legal.

–¿Han venido aquí en nombre de la condesa? –me preguntó el señor Mayhew, mirándonos a los dos.

–Expresamente, no –respondí–, pero me ha pedido que le entregue esto a usted, señor Mayhew.

–Le entregué el pergamino sellado que contenía la última voluntad de Isobel y sentí el cuerpo más ligero después de depositar esa pesada carga en otra persona–.

Quisiera pedirle que se encargue de esto después de que nos marchemos.

–¿Porque ahora tenemos asuntos más apremiantes de los que hablar? –adivinó el asesor legal, arqueando las cejas tupidas.

–Hemos venido para interceder en favor del conde –dijo el señor Cranley.