Jane Austen y el incómodo incidente en Scargrave Manor Capítulo 20 La marcha del caballero #2
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Capítulo 20 La marcha del caballero #2

–Me temo que el mensajero que tanto dolor ha infligido en la señorita Delahoussaye he sido yo –nos dijo–, pero no había nadie más que pudiera dar la noticia y era algo que debían escuchar.

–¿De qué noticia habla? –inquirí, presa del mal augurio.

–De lo que ha sucedido con el teniente Hearst –dijo el abogado, vacilante–. Acabo de decírselo a su hermano. Se ha producido… una tragedia.

–¿Acaso está… malherido? –dije.

–Lamento anunciar que ha fallecido.

La cara horrorizada de Eliza era un reflejo de la mía.

–Pero ¿¡cómo!? –grité.

–Se disparó –explicó el señor Cranley–, esta mañana, en pleno Hyde Park.

El señor Cranley, al parecer, había quedado con el teniente Hearst a través de un mensajero esta misma mañana y, al llegar a la hora y al lugar indicados, se había encontrado al caballero desplomado en uno de los bancos del parque, con una gran herida en la sien por la que derramaba sangre.

–¿Y no cabe la posibilidad de que haya sido asesinado? ¿Está usted seguro de que se ha quitado la vida? –quise saber yo.

–Segurísimo –contestó el abogado–. Un indigente que vive en el parque había buscado refugio en un arbusto en las inmediaciones y lo vio todo.

–Así pues, lo citó a usted para que descubriera lo que había hecho.

–Y para recoger esto –añadió el señor Cranley, sacando un trozo de papel en blanco con un sello rojo de cera–. Lleva su nombre, señorita Austen.

Cogí la carta que me tendía; me temblaron un poco los dedos cuando reparé en la letra firme pero descuidada con la que el teniente había escrito mi nombre y comprendí que nunca más volvería a escribirlo.

–Pero ¿qué querrá decirme a mí?

–Tal vez sea una confesión –aventuró Eliza.

Despegué el sello y desdoblé el rígido papel.

St. James, Londres

4 de enero de 1803

Mi querida señorita Austen:

O, si acaso, mi querida Jane, pues así es como siempre pensaré en usted, en recuerdo de unos momentos tan preciados que no puedo dejarlos escapar ni siquiera ahora, en el anochecer de mi vida mortal.

Si me concedieran una última hora de felicidad, desearía regresar a Scargrave House, asomarme por el marco de la puerta de mi alcoba, a la espera de vislumbrarla a usted a la luz de la luna, con el cabello despeinado alrededor del semblante.

Fue hace muy poco, pero parece que ha pasado toda una eternidad.

Ahora jamás podré reforzar unos vínculos que podrían haber sido beneficiosos para ambos…

, pero me olvido de que perdí toda oportunidad con usted hace tiempo y a causa de mi endiablada conducta.

Los hombres de quienes depende mi futuro anunciarán su decisión mañana.

Ya me he enterado, a través de uno de ellos, de que su resolución resulta desfavorable para mi prosperidad, para mi reputación y, quizá lo más importante, para mi honor.

Sin fortuna, sin posibilidad de gozar de estima con un nombre mancillado (y, además, teniendo en cuenta a Fanny Delahoussaye), he decidido emprender el único camino honrado que le queda a un caballero.

De ser un canalla, me embarcaría en un buque y trataría de hacer fortuna en tierras lejanas, pero no soy más que un soldado, a fin de cuentas, para quien el sentido del deber es sagrado.

Tan solo le pediré una cosa, señorita Austen: que cuide de Fanny.

Me ha dicho que está usted al tanto de su triste estado.

Ella tiene una fortuna, la cual, si consigue escapar de las garras de su despreciable madre, la ayudará a protegerla de las calumnias, pero hay que protegerla de Madame a toda costa. Confío en su bondad para ello.

Adiós, mi querida Jane; en sus manos, si nos hubiéramos conocido antes, tal vez mi honor se habría salvado. Pero ninguno de los dos tiene la culpa de los antojos del Destino.

Siempre suyo,

T ENIENTE T HOMAS H EARST

–¡Maldito cobarde! –exclamé, olvidándome de las buenas formas en un arrebato de furia y recurriendo a un vocabulario más propio de mis hermanos marineros cuando se encontraban igual de presionados–.

Ha preferido quitarse la vida antes que enterarse de que lo han destituido.

Qué manera más absurda de desperdiciar una vida joven, ¿y total para qué?

¡Oh, el honor! ¡Las preocupaciones de los hombres carecen de toda lógica!

Muy trastornada, arrugué la carta en la palma de la mano y les di la espalda a Eliza y al señor Cranley, dando pisotones con las botas en el suelo de mármol de la entrada de Scargrave.

–Pero ¿admite que ha asesinado al conde y a la doncella? –insistió Eliza.

–El suicidio así parece indicarlo –apostilló el señor Cranley.

Me apresuré a rebatir esto último:

–El teniente no menciona nada de los asesinatos ni da a entender que ha podido actuar en nombre de otra persona, y, con su muerte, toda esperanza de descubrir más en este aspecto es vana.

–De las dulces palabras que Tom Hearst me escribió no dije nada; todavía no las entendía del todo–.

Por muy convencidos que estemos, más que nunca, de su motivación, su oportunidad y su culpabilidad, nunca tendremos pruebas.

–Aun así, podemos incluir en nuestra defensa la forma en la que ha muerto –dijo el señor Cranley, claramente esperanzado.

–¡Es una lástima! –Eliza hizo una mueca con la boca, cuya forma poseía todo el encanto de una cereza, y se dio unos golpecitos en el labio con un dedo en un gesto elegante–.

Ya que tenía pensado quitarse la vida, el pobre hombre podría haberse culpado a sí mismo y dejar libres a los demás.

Hay cierto egoísmo en todo ello, ¿no te parece, Jane?

–Todos los suicidios son actos de egoísmo –comenté, distraída–, unos más, otros menos. Me temo que la pobre Fanny será la que más va a sufrir por ello.

–La señorita Delahoussaye… ¿estaba…? –empezó a decir el señor Cranley, pero, entonces, vaciló y se le coloreó el rostro de rojo carmesí.

–No estaban formalmente prometidos –expliqué con precaución–, pero tengo entendido que ella había llegado a un acuerdo con el joven.

–Por lo afectada que está, eso mismo me imaginaba –dijo el abogado, alicaído–. No hay forma de afrontar una angustia como esta.

–Ya verá, señor Cranley –dije, no sin cortesía–, que, en el caso de la señorita Delahoussaye, es cuestión de tiempo.