Capítulo 20 La marcha del caballero
La marcha del caballero
Antes de despedirme de los Caballeros Reales, le pregunté al coronel Buchanan dónde podría localizar al ordenanza del teniente, Jack Lewis, y pidió que trajeran al susodicho a la sala; además, tuvo a bien dejarnos a solas cuando Eliza le explicó que le traíamos un recado de parte de mi dama de compañía, aunque, en realidad, yo no tuviera tal asistente, dato que a ella no le pareció oportuno compartir con el coronel.
Así pues, se quedó sin saber nuestras verdaderas intenciones, como llevaba siendo el caso desde que llegamos.
–¡Señorita Austen! –exclamó Jack Lewis, dando saltos en la puerta con poca galantería; al volverse hacia Eliza, tuvo el detalle de hacerle una reverencia, aunque se le escapó un silbido por lo bajo.
Si yo no la hubiera avisado del comportamiento excéntrico de este hombre, sin duda alguna se habría quedado desconcertada, pero mi prima se limitó a esbozar una sonrisa y a inclinar la cabeza, y el ordenanza volvió a mirarme a mí.
–Aquí tiene a Jack a su servicio, señorita. Dígame que ha venido pa decirle algo bonito a mi amiguillo Tom. El hombre está que se muere de amor –esto último se lo confesó a Eliza guiñándole un ojo.
–He venido para preguntarle por un recado que hizo por orden del teniente –le dije yo– y que me interesa.
– Pos usted dirá, señorita –dijo de buen humor.
–Usted fue quien recogió las pertenencias de la doncella Marguerite de la casa de Lizzy Scratch, ¿verdad?
Fuera lo que fuese lo que se esperaba el ordenanza, desde luego no era esto. Parecía que había pillado a Jack Lewis desprevenido y reculó un paso antes de recomponerse.
–Así es –dijo, apretando de pronto la mandíbula.
–¿Y encontró entre sus cosas un medallón de oro, de esos que se ponen en el cuello?
Se hizo el silencio y el criado de Tom Hearst arrastró los pies.
–Lizzy Scratch me dijo que le dio a usted sus cosas, Jack, pero, cuando el teniente me las entregó para enviarlas a Barbados, el medallón no estaba. ¿No será que su señor se lo ha quedado?
–Pero ¡ pa qué haría él eso! –espetó el ordenanza, y su expresión pasó de ser la de un mono alegre a la de un peligroso gato.
–Entonces, solo queda una posibilidad –le dije–: el que se quedó con el medallón fue usted.
Alzó las manos en un gesto de aversión.
–Si Lizzy Scratch no sabe ni dónde están sus críos, ¿qué va a saber ella de objetos finos ni de nada? ¿Desde cuándo vale tanto su palabra?
–Lizzy Scratch sí tuvo mucho cuidado en este asunto –respondí yo– porque se trata de un asesinato. Temía correr el mismo destino si se quedaba con las pertenencias de la doncella.
Miró desesperado a Eliza, que se limitó a dedicarle una de sus deslumbrantes sonrisas, y, entonces, algo cambió en su expresión.
–Yo no quiero que usted se piense que el que está detrás es el teniente –dijo–. Yo solo me he llevao lo que era mío.
–¿Acaso le regaló usted el medallón a la chica?
–Cuando nos cortejábamos, el verano pasao , en Londres.
Fue por mí y por mi historieta con la doncella por lo que el teniente decidió recoger sus cosas después que muriera.
–Por un solo instante, a Jack Lewis se le quebró la voz, y, entonces, volvió a recobrar la compostura–.
Tom andaba asustao por si el magistrao venía directo a por mí.
Mi teniente es un hombre fiel, todo hay que decirlo.
Se sentó en una de las sillas del coronel Buchanan y se ocultó el rostro entre las manos.
–Después de llegar usted a Scargrave, ¿volvió a ver a Marguerite? –le pregunté al ordenanza con precaución.
Jack Lewis se puso en pie con rostro solemne y me devolvió la mirada impertérrito.
–Yo siempre la enviaba una notilla y quedábamos en el cobertizo. Pero, por Dios, yo no la rajé el cuello, señorita. Nunca la haría algo así. Margie no era mala persona, aunque la gustara divertirse; es que estaba mu sola y agradecía unas pocas caricias.
–De modo que se apresuró a ver a Lizzy Scratch el día de la muerte de la doncella y escondió el medallón.
Jack Lewis asintió una sola vez y desvió la mirada.
–Vaya susto que me llevé cuando lo vi entre sus cosas, con mi cara dentro, toda ella. Pensaba que me encerrarían por asesino, fíjese, así que me lo metí en el bolsillo como si aquí no hubiera pasao nada.
–He de decir, Jane, que tu pobre teniente está metido en un buen aprieto –confesó Eliza, mientras el carruaje de Henry avanzaba traqueteando en dirección a la plaza Portman–, en uno de los buenos, efectivamente.
Conozco al coronel Buchanan muy bien: está dispuesto a dar ejemplo con el caso de este hombre y a reforzar así el orden.
El coronel nunca podrá controlar los juegos de apuestas ni los duelos en los que suelen degenerar, pero hará lo que esté en su mano para que sus oficiales se acuerden de Tom Hearst antes de tirar los dados.
–Eso poco me importa –respondí, en parte con franqueza–.
Por desgracia, lo que me atormenta es una peligrosa teoría.
Cuando llegó a Scargrave, resulta evidente que Tom Hearst estaba convencido de que toda su vida pendía de un hilo: su cargo, su posible boda con Fanny y su mismísimo honor, esa posesión tan preciada de todo militar.
¿Estaría dispuesto a envenenar a su tío para preservarlo?
¿E implicar a los herederos del conde, para asegurarse de que su hermano, George, recibiera una fortuna?
Sin Fitzroy, y recuerda que el teniente Hearst le guardaba rencor a su primo, según el coronel, con el tiempo podría mejorar su suerte y obtener el consentimiento de Madame Delahoussaye para hacerse con Fanny y con sus treinta mil libras.
Con George Hearst como el nuevo conde, a Tom no le faltarían recursos para saldar sus deudas.
Y su regimiento se mostraría reacio a expulsar al hermano de un noble, a diferencia del pobre pariente de un clérigo, con el que no tendrían escrúpulos.
Me detuve, fijando la mirada en la lluvia que había comenzado a caer al otro lado de las ventanas del carruaje; una dama ataviada con un traje de tafetán color ciruela y una capota con plumas a juego echó a correr con frenesí por la acera, levantando la sombrilla para defenderse como podía del mal tiempo.
Mucho me temía yo que, si nuestro carruaje llegaba a salpicarla, sus hermosas botas saldrían muy mal paradas.
–Es horrible, lo mires por donde lo mires, Eliza, y en extremo plausible.
–Pero ¿cómo habría cometido el asesinato Hearst?
–Sirviéndose de su ordenanza, Jack Lewis –respondí, volviéndome hacia el interior del carruaje–.
Este último conoció a la doncella el verano pasado y le regaló un medallón; al visitar Scargrave este invierno, lo más probable sería que retomaran la relación.
El teniente podría haber persuadido a su hombre de confianza para que le diera a la doncella los piñones, con la intención expresa de colocarlos en la bandeja de la comida del conde.
Puede que incluso engañara a Marguerite y le ofreciera algo que ella valorase a cambio de traicionar a su señora.
Resulta evidente que no escribió esas cartas acusando a Isobel y Fitzroy Payne para chantajearlos; sir William no entendía por qué nunca llegó a pedir dinero.
Pero su recompensa no la obtendría a través de la condesa y no sería plata.
¿Una boda con el ordenanza, tal vez, y un salvoconducto a Barbados?
–Pero la mató.
–Sabía demasiado, Eliza, así que le rajó el cuello mientras ella creía esperar por su amante, Jack Lewis.
Pero fue el teniente quien se presentó en el cobertizo esa mañana, el teniente quien cometió el crimen, y fue Jack quien recuperó las cosas de la doncella.
Tom Hearst sabía que podía confiar en que este mantuviera silencio; ya has visto lo aterrorizado que estaba el hombre por si lo vinculaban con la muerte de la doncella.
–Lo que me sorprende es que siga con vida –comentó Eliza, pensativa.
–En una ocasión, el teniente Hearst me dijo que le debía la vida a este hombre; es probable que incluso alguien como él, que tanto valora el sentido del honor, se sienta agradecido en unas circunstancias como estas. La teoría resulta de lo más convincente, ¿no te parece?
–Jane, ¿qué vas a hacer?
–Mandaré llamar al señor Cranley sin más dilación. Quizá él sí consiga sacarle una confesión al hombre, pues, en verdad, Eliza, no tenemos ni una sola prueba.
Ya habíamos llegado a la plaza Portman y el cochero de Eliza había aparcado delante de las puertas de Scargrave House.
–¿Te gustaría entrar, Eliza, y tomarte un refrigerio? –la invité.
–Confieso que no me gustaría perderme el dénouement –respondió, animada–, si es que estás dispuesta a soportar mi compañía un rato más, Jane.
–Serás mi única defensa. De aquí en adelante, me muevo en territorio enemigo, querida mía.
Le pidió a su cochero que la esperara y subimos hasta la entrada de la casa, pero, nada más llegar al vestíbulo, nos recibieron unos agudos lamentos y un bullicio tal que a duras penas dábamos crédito.
Las criadas iban de aquí para allá a la carrera, tan absortas con la gravedad de las órdenes que habían recibido que no podían detenerse para darnos una explicación, pero el sonido de los lamentos parecía proceder de la sala de estar, de modo que nos apresuramos a acercarnos hasta ahí.
Al primero a quien vi fue al señor Cranley, nada más abrir la puerta, de pie junto a la repisa de la chimenea con una expresión de impotente desconcierto; Madame Delahoussaye estaba sentada en el canapé delante de él, rodeando a su hija con los brazos.
Fanny era la viva imagen del dolor. Tenía los bucles rubios despeinados en torno al rostro y los ojos hinchados a causa del llanto.
–¿Qué es lo que ha pasado? –exclamé, dejando a un lado mi deber como anfitriona de Eliza ante tal escena.
Madame levantó la cabeza y negó levemente, urgiéndome a abstenerme de hacer más preguntas, y, embargado por una evidente sensación de alivio, el señor Cranley cruzó la estancia en dirección a la puerta y nos acompañó al vestíbulo.