Capítulo 19 Un motivo de destitución #3
–El teniente Hearst negó con insistencia que hubiera hecho trampas, una ofensa que es el fin de cualquier caballero que se precie, y acusó a su rival de haberle tendido una trampa.
Ya me dirán ustedes por qué un hombre como este, un oficial y un desconocido, estaría interesado en llevar al teniente a la ruina sin un buen motivo.
El coronel volvió a acomodarse en su asiento y se acarició el mentón con una mano curtida y fornida, con la mirada fija en el retrato de un semental engalanado con el arnés de guerra.
–Es poco probable –dijo Eliza–. Todo apunta a que el teniente lo dijo por la rabia de saberse culpable.
–Sea como fuere, ningún testigo neutro pudo corroborar ninguna de las dos versiones; el teniente y su rival habían seguido jugando hasta bien entrada la noche y sus compañeros los habían dejado solos, de tal forma que nadie pudo ver las cartas que el otro afirmaba haber visto en la manga de la casaca del teniente Hearst.
–¿Acaso no había nadie dispuesto a defenderlo dentro de su propio regimiento?
–Me temo que todos habían sufrido en demasía por su culpa y que algunos compartían las mismas sospechas que el desconocido –contestó el coronel con brusquedad–.
El asunto derivó en el desenlace inevitable de siempre: con el teniente Hearst defendiendo su honor en un duelo con pistolas contra el caballero.
De un sobresalto, recordé las palabras que me había dicho Fanny Delahoussaye en el baile de Isobel, una velada desde la que parecían haber pasado años; el teniente, me había dicho, acababa de llegar de St. James justo después de matar a un hombre en un duelo.
«No hay nada más romántico en el mundo para mí que los oficiales», había dicho, o algún sinsentido similar.
–Se reunieron al amanecer, no muy lejos de los barracones aquí, en St. James, y el teniente Hearst consiguió abatir a su acusador… Se habrá quedado muy satisfecho, pero solo ha servido para empañar incluso más su reputación. El pobre hombre al que mató se iba a casar en Navidad.
Se hizo un breve silencio, mientras Eliza y yo procesábamos todo esto, pero, muy consciente de cuál era mi propósito, me obligué a centrarme y busqué una vez más la mirada del coronel.
–¿Y toda esta debacle ha echado a perder el prestigio del teniente dentro de la caballería?
–Las cuestiones de honor no dejan de ser ambiguas –nos explicó el coronel, exhalando aire con brusquedad y haciendo otro gesto de impaciencia–.
Según la ley, se trata de un asesinato, pero, entre militares, no hay nada más valioso que el honor; está por encima de la fortuna, por encima de los derechos de nacimiento, es la mismísima esencia de un hombre.
Un duelo a muerte es, desde hace tiempo, la manera más conocida para desquitarse de las ofensas que atenten contra la reputación de un hombre.
De ser esta la única mancha en la carrera del teniente, podría haber sobrevivido, pero, debido a sus deudas apremiantes y al hecho de que algunos de sus compañeros lo han tachado de tahúr después del duelo, en estos momentos sus superiores están valorando expulsarlo del regimiento.
–Coronel Buchanan –dije yo, haciendo acopio de valor–, discúlpeme por insistir en una cuestión como esta, pero, si el teniente arreglara sin falta las cuentas con sus acreedores, saldara sus deudas de honor entre el regimiento y se comportara con una conducta más propia de un caballero y de un miembro de la caballería, ¿cabría la posibilidad de que conservara su cargo?
–Me temo que poco puede hacer el teniente Hearst para salvarse –respondió el coronel con ojos serios–, aunque las mujeres se empeñen en creer que el amor lo puede todo.
Espero de corazón, señorita Austen, que de verdad sea otra la dama, y no usted, la que ha caído en las redes de este bribón.
No quisiera verla a usted en la perdición.
Me maldije por el hábito que tenía de sonrojarme y respondí lo siguiente:
–Le aseguro, señor, que he venido en nombre de otra persona y que porto con la más pesada de las cargas: aconsejarle a una mujer enamorada que deje de buscar la felicidad en el teniente. Es una carga que, por suerte, comparto con la condesa.
–Así es –se apresuró a añadir Eliza, recordando el supuesto motivo por el que estábamos allí y cogiendo su ridículo–.
He de darle las gracias, querido coronel, por la prontitud con la que nos ha facilitado una información que solo puede jugar en contra del teniente.
Dadas las circunstancias, debíamos conocer mejor su carácter.
–Sus superiores, a estas alturas, ya habrán tomado una decisión –dijo él–, de modo que es posible que ustedes dos se libren del aprieto que tienen entre manos. Pues ninguna mujer joven querría casarse con un hombre sin fortuna, carrera ni futuro, aunque se le acabaran de morir veinte tíos de golpe.
43 . La destitución era una expulsión deshonrosa.
Puesto que los cargos de los oficiales se compraban a un elevado precio, en especial en una compañía de la caballería vinculada a la casa real, la destitución conllevaba pérdidas económicas.
Un soldado, en el momento de jubilarse, podía vender su cargo a otro y sacar beneficio de esta inversión profesional, mientras que a los destituidos se les expulsaba sin una compensación y no podían venderlo. ( N. de la E. ).