Jane Austen y el incómodo incidente en Scargrave Manor Capítulo 19 Un motivo de destitución #2
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Capítulo 19 Un motivo de destitución #2

–Que siga vivo a estas alturas es una honra para su arrogancia –estalló el coronel, lanzándome una mirada–.

Pero, créame, mi querida condesa, los negocios de Hearst se encuentran en una situación lamentable.

Le ha pedido ayuda a su primo, un tal vizconde Payne, quien, según lo que tengo entendido, ahora está ni más ni menos que en prisión, pero se la ha negado.

Es de todos sabido que por este motivo le guarda gran rencor al caballero en cuestión.

Pero, en cuanto le falló un pariente, depositó sus esperanzas en otro: hace poco, se ha sabido que les ha asegurado a sus acreedores que saldará todas sus deudas tras la muerte de su tío, el anterior conde de Scargrave, de quien esperaba recibir una fortuna.

Tuve un escalofrío por la espalda a causa del espanto.

–Su tío acaba de morir –dije.

El coronel se volvió para contemplar mis facciones con una mirada astuta.

–Me he enterado, como el resto de Londres. ¿Conoce usted al teniente, señorita Austen?

–Solo desde hace unas pocas semanas. Hace poco nos hospedamos al mismo tiempo en Scargrave Manor, entre cuyos invitados también se encontraba la joven dama a la que ha engatusado y en cuyo nombre hemos venido a pedirle consejo.

–¡Scargrave Manor! Otra mancha desafortunada para el joven hombre. Todos nos hemos enterado de lo que ha sucedido en ese lugar en concreto.

–No se puede culpar al teniente Hearst de tener la familia que tiene, coronel Buchanan –dije yo–. Es su casa de la infancia, a fin de cuentas, y puede hospedarse ahí con total libertad, aunque a muchos de sus residentes parece depararles un final aciago.

–Así es, pero tener la familia que tiene condiciona en gran parte la suerte de ese caballero –dijo el coronel con aspereza–. Si la Corona no hubiera detenido ya a los responsables, incluso lo habría creído capaz de cometer el asesinato.

Crucé la mirada con Eliza; eran palabras fuertes, en efecto.

–Mi querido coronel –murmuró esta última, inclinándose hacia él en un gesto que evidenciaba cierta intimidad–, sus insinuaciones son de lo más tenebrosas y ambiguas. Por favor, le pido que nos diga de una vez, sin lugar a equívocos, qué motivos tiene usted para oponerse a este matrimonio.

El coronel Buchanan se puso en pie y caminó despacio hacia la chimenea encendida, frunciendo el ceño en señal de reflexión.

Las llamas realzaron el brillo de los botones de oro y de los galones de su informe azul y resaltaron la cicatriz que le partía en dos el mentón.

El corte de una espada, no cabía duda, que se había acercado peligrosamente a su cuello.

–Se trata de un tema muy delicado, como comprenderán –dijo, volviéndose para mirar primero a Eliza y, después, a mí–. No quisiera que ni una sola palabra saliese de esta habitación, al menos hasta que se resuelva el tema de su destitución. 43

–¡Su destitución! ¡Estas son palabras mayores, desde luego!

–No me atrevería a arruinar la vida de un hombre bajo mis órdenes sin un buen motivo –dijo el coronel con una sonrisa amarga–. A Tom Hearst se le ha acusado hace poco de una conducta infame en absoluto digna de un soldado de los Caballeros Reales de su majestad.

–¿Y tiene esto que ver con alguna joven dama? –inquirí, con un mal presentimiento.

–¿Una joven dama? Que yo sepa, no –respondió el coronel, arqueando las cejas–. No, señorita Austen, es un tema de juegos de cartas.

–¡Un ludópata! –exclamó Eliza, juntando las manos–. ¿Acaso hay algún canalla que no sea amante del juego?

–El teniente, efectivamente, es un apasionado de los juegos de cartas y, en general, apuesta mucho dinero.

–Es la única forma de apostar que hay –murmuró Eliza, pensando, seguramente, en su anterior marido en Versalles, donde el comte de Feuillide había ganado y perdido toda una sucesión de fortunas ante los favoritos de María Antonieta.

El coronel Buchanan comenzó a pasear por la estancia, con las manos debajo de la cola de la casaca; a cada paso que daba, sus botas negras resplandecían.

El curso que estaba tomando nuestra conversación, no cabía duda, lo inquietaba, y me pregunté si se arrepentía de haberse sincerado con nosotras.

A juzgar por sus siguientes palabras, no obstante, no parecía ser este el caso:

–El teniente Hearst, mi querida condesa, señorita Austen, siempre ha tenido la peor suerte posible en los juegos de apuestas. Perdió dinero sin cesar todo el año. –El coronel frenó de golpe y se giró–. Hasta el mes pasado.

–¿Acaso cambió su suerte entonces? –dije.

–Fue un cambio monumental –respondió el coronel, con un tono de voz cargado de ironía–.

Unas semanas antes de irse de permiso por Navidad, el cual se le concedió por petición de su superior, no por ningún interés suyo por volver con su familia, de pronto la suerte parecía sonreírle y ganó una cantidad de dinero exorbitante.

–Una temeridad –comentó Eliza.

–La condesa, como siempre, ha dado en el clavo –dijo el coronel Buchanan, con una lúgubre sonrisa–.

El éxito en las cartas, por así decirlo, se le subió a la cabeza y el teniente se volvió avaricioso.

Sin embargo, no tardó en cometer la imprudencia de jugar con un hombre ajeno al regimiento, alguien, por lo tanto, a quien no le unía ni el afecto ni la camaradería ni vivencias compartidas.

Un oficial, no obstante, con sentido del honor, alguien que tenía experiencia con golpes de suerte como estos. ¿Más jerez, señorita Austen?

Negué con la cabeza; estaba tan absorta en la historia que no podía ni beberme el vino que ya sostenía en las manos.

–El oficial forzó a nuestro amigo el teniente a cometer varios fallos y acusó a Tom Hearst de tener varias cartas más, aparte de las de la baraja, ocultas en la manga.

No pude evitar quedarme boquiabierta, lo que hizo que el coronel me dedicara una mirada penetrante antes de proseguir: