Capítulo 19 Un motivo de destitución
Un motivo de destitución
No obstante, no me reuniría con el señor Cranley en la sala de estar de Scargrave House la mañana del día siguiente, sino con mi querida Eliza… y con mi hermano Henry, que acaba de convertirse en banquero después de pasar por la milicia de Oxfordshire.
–¡Jane, Jane! –exclamó, abrazándome con ánimo–.
¡Tengo entendido que te has escapado del hermano James y de su esposa gruñona hace unas semanas y que te has metido en un escándalo peor que el anterior!
¿Primero un compromiso roto y ahora un juicio por asesinato?
Pero ¿qué dirá la gente? ¿Que la señorita Jane Austen se ha vuelto toda una aventurera y que ya no se deja ver entre la sociedad respetable?
–Patrañas, Henry –dijo Eliza con brusquedad–, Jane no hace sino aprovechar todas las oportunidades que se le presenten para divertirse, como haces tú siempre.
Hay muy pocas diferencias entre vosotros dos, salvo vuestro sexo y la libertad que esto último le brinda a uno y no a la otra.
Si vosotros dos no tuvierais un ánimo tan vivaz y unos gustos tan poco convencionales, me habría desentendido de los Austen por completo y ahora mismo seguiría en Francia, jugueteando con alguno de los generales de Bonaparte.
–No te lo echaré en cara –dijo Henry, mirando a su efusiva esposa con esos ojos grandes de color grisáceo, tan semejantes a los míos–.
Nunca he confiado en la capacidad de Jane para salir de los aprietos con la misma facilidad con la que se mete.
Pero el precio que exijo para darte mi aprobación es que me lo cuentes todo, querida mía –me dijo, cogiéndome del brazo–, pues pretendo alimentarme de los detalles que me reveles como mínimo dos semanas.
Todo Londres está pendiente de la historia de los Scargrave y cualquier información al respecto vale su peso en oro.
Así pues, le conté a mi hermano lo de los asesinatos, lo del destino que les depara a la condesa y al actual conde –todo esto ya lo había oído Eliza de camino a Wilborough House– y parte de las teorías del señor Cranley.
En cuanto a George Hearst y Rosie o al secreto de Fanny Delahoussaye, no dije nada.
A no ser que llegara el momento en el que fuera necesario sacarlo a la luz, no me parecía de buena educación comentar esos hechos en público.
–Pero, Henry –concluí yo–, tú podrías ser de gran ayuda para la condesa, si quisieras.
–A no ser que quieras que trepe por las paredes de Newgate con mis excompañeros de la milicia y que la saque del país, no veo en qué podría ayudar yo.
–Henry, eres banquero, ni más ni menos. –Lancé una mirada en dirección a Eliza y esta puso los ojos en blanco ante la estupidez de su marido–.
Debes de tener contacto con ciertos caballeros del mundo de las finanzas, los que gestionan los asuntos de todos y cada uno de los miembros de esta familia.
Me consta que sir William Reynolds pretende llevar al banquero de Fitzroy Payne al juicio para demostrar que el nuevo conde está desesperado por conseguir fondos.
Pero hay otros residentes en Scargrave que quizá estén igual de apurados.
–Eso es casi seguro –dijo mi hermano, pensativo–. Tú dame sus nombres, Jane, y yo preguntaré con discreción en el club.
Se puso en pie, sin dejar de cavilar, y fue a por su abrigo.
–Ahora, querida mía –me dijo Eliza, después de que mi hermano saliese de la sala de estar y la puerta se cerrase–, que Henry se ha ido a atender sus negocios, tú y yo nos hemos quedado ociosas. ¿Qué pasatiempo tienes en mente para hoy?
Su vestido de terciopelo de manga larga, de un rojo intenso y adornado con canutillos a juego, servía tanto para ir de visita a Wilborough House como para dar un paseo por Hyde Park en un carruaje abierto, desde donde podría saludar con un gesto de la cabeza a todos sus conocidos.
Contemplé su traje y ansié aprovechar la oportunidad, ya que me encontraba en Londres, de ir de tiendas con mi hermana Eliza, pero tuve que recordarme a mí misma que habían privado a Isobel de placeres como estos y que debía centrarme en salvarla.
–Eliza –respondí–, me sorprendería mucho si no tuvieras ningún contacto en el regimiento de los Caballeros Reales.
–¿Los Azules? Por supuesto que sí. –Agitó la mano, la cual había adornado esta mañana con un rubí de un tamaño asombroso–. El coronel Buchanan me adora, ¿lo sabías? Se creía que podría tenerme para sí, de no ser porque ya está casado.
–Tenemos que renovar vuestra amistad –le dije, sonriendo.
Eliza me respondió con el mismo buen humor a costa de mi hermano:
–No hace falta renovarla, eso tenlo por seguro –me reveló–: justo hablé con el coronel la semana pasada, en la casa de la señora Fitzhugh.
–Entonces, tienes que ir a verlo hoy mismo –anuncié–, y llévame contigo. Hay una persona en su regimiento de la que me gustaría saber más.
–¿El teniente Thomas Hearst? –dijo el coronel Buchanan, dándose la vuelta con el decantador de jerez en una mano y mi copa en la otra–. Pero ¿a qué se puede deber su interés, mi querida comtesse de Feuillide, en un bribón como él?
Nos habíamos acomodado en la acogedora sala de estar del coronel de los Caballeros Reales, a la sombra del palacio de Buckingham, y nos rodeaban por doquier libros con encuadernaciones de cuero, sables enfundados en las paredes y una selecta colección de aceites de carne de caballo de los ejemplares que el coronel había cabalgado en batalla.
Había dejado a un lado con prontitud algún que otro asunto relacionado con sus hombres para recibirnos sin más dilación; la fe que tenía yo en Eliza no hizo más que afianzarse.
El jinete me tendió una copa con un leve gesto de la cabeza y se volvió para servir la de Eliza.
El coronel Buchanan era, como ya indica su nombre, escocés.
De piernas arqueadas y un cabello pelirrojo en el que comenzaban a salirle canas, me recordaba en todos los aspectos al pavo entrado en años de Steventon, que corría cacareando por todo el corral con unos aires de importancia tales que la cocinera no tardó en perder la paciencia y en meterlo en la olla de la sopa.
Pero temía acabar riéndome sin remedio si seguía con la comparación, de modo que me bebí el jerez agachando la cabeza en señal de modestia.
–He oído historias muy beligerantes acerca del teniente –comentó Eliza, tomando un sorbo de la copa, con los ojos brillantes–, y últimamente se le asocia con una amiga de mi querida señorita Austen.
Por discreción, no estoy en posición de decirle más.
Pero, cuando Jane me dijo que teme por su amiga, ¡yo pensé inmediatamente en usted!
–Pestañeó con los ojos fijos en el coronel Buchanan–.
Pues nadie podría ser más directo, nadie podría dejar de lado la etiqueta en un asunto tan delicado como mi querido coronel Buchanan.
Al coronel, pese a ser militar, no le disgustaba una leve muestra de coqueteo como aquella.
Gruñó y se desplomó sobre una silla, extendiendo las piernas, en las que lucía unas botas, y metiendo una mano dentro de la casaca del uniforme.
Sin dejar de mirar a Eliza, se bebió el jerez y dejó la copa en la mesa de un golpe sonoro.
–Así que a Tom Hearst se le ha ocurrido dar caza a jóvenes damas de la sociedad, ¿es eso? –dijo el jinete–. No me sorprende, viniendo de él.
–Mi querido coronel, ¡mi querido William!
–todo esto cerrando los párpados con las oscuras pestañas sobre la mejilla de color crema–, si usted supiera algo, cualquier cosa, que pueda desalentar este matrimonio, si una unión como esta le pareciera imprudente, sé que no dudaría en confesarle lo que sea a la señorita Austen.
El coronel me devolvió la mirada y vaciló, preguntándose, intuía yo, si sería yo la misma dama cuyo corazón había conquistado Tom Hearst. De ser el caso, sin duda alguna me amedrantaría, pues la desaprobación que sentía Buchanan se reflejaba en sus duros ojos azules, mientras apoyaba la mano, por puro hábito, sobre la larga espada enfundada.
Era, en suma, un hombre con el que no convenía andarse con juegos, como claramente estaba haciendo Eliza en estos momentos, aunque él no lo supiera.
Temblaba solo de pensar en la falsedad con la que habíamos actuado tanto aquí como en Wilborough House hacía varios días, pero pensé en mi Isobel, en el juicio que se celebraría dentro de tan solo cuatro días, y dejé atrás mis reparos.
–No tiene buena fama entre sus compañeros, de eso no hay duda –dijo el coronel Buchanan al fin, con la mirada todavía fija en mí.
–¿Y eso se debe a la envidia o a una causa justificada? –quiso saber Eliza, con cierta vehemencia.
–Se debe, mi querida condesa, al hábito que tiene de derrochar su fortuna con una liberalidad y una frecuencia excesivas; va dejando deudas ahí por donde pasa.
–¡Bah! –Eliza restó importancia a las palabras del coronel, como si no fuera más que un colegial inexperto–.
Eso es el pan de cada día entre los oficiales, sobre todo entre los distinguidos Caballeros Reales.
–Sabía que estaba provocando al coronel para que le diera más detalles y no le costó mucho salirse con la suya.
–Espero que ninguno de nosotros se encuentre en la misma situación que el teniente Hearst –dijo el jinete con cierta rigidez– o, de lo contrario, su majestad tendrá que buscarse una escolta nueva.
–La apariencia exterior del teniente no parece en absoluto tan conflictiva –dijo Eliza con tranquilidad, tendiendo la trampa.