Jane Austen y el incómodo incidente en Scargrave Manor Capítulo 18 La mismísima señora Hammond #3
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Capítulo 18 La mismísima señora Hammond #3

–Solo puedo culparme a mí mismo –prosiguió– por haber sido incapaz de alcanzar mis objetivos y deseos.

Busqué consejo en mi tío y sentí que, dada la ausencia de mi padre, podría confiar mi destino al conde, el cual, a diferencia de la familia que lleva mi apellido, estaba en posición de orientarme en alguna profesión.

Pero él se empeñaba en que me encargara de la gestión de su granja, un proyecto, señorita Austen, por el que yo tenía poco interés y aun menos talento.

Sin embargo, mientras trataba de supervisar las plantaciones, las cosechas y el ganado de Scargrave, coincidí con frecuencia con los Barlow, incluida Rosie, que vivía con ellos en esa época de su vida, pues hacía seis años que había dejado a la mujer que la crio.

»No era mi intención arruinarla; tan solo buscaba consuelo entre la rabia y el rencor en los que me hallaba sumido, una suerte de recompensa, si acaso, por todo lo que me habían obligado a sacrificar, y si mi placer la perjudicaba a ella, la culpa era de mi tío por la forma en la que había decidido tratarme.

Eso me decía a mí mismo, eso razonaba yo, para actuar sin remordimientos, en una especie de venganza ciega.

Pero me di cuenta demasiado tarde de que la única persona que salía herida con mi conducta era Rosie, que nada de esto afectaba a mi tío lo más mínimo.

»Cuando me enteré de que estaba embarazada, le pedí matrimonio, aunque sabía que dicha unión no podría traer nada bueno.

–¿Acaso le rechazó Rosie? –pregunté con cuidado.

–Mi tío se negaba a aceptarla –contestó con una expresión taciturna–, para el horror de Jenny Barlow y la rabia de su marido, Ted.

Aunque sabían que mi posición social está muy por encima de la de su hermana, albergaban la esperanza de que esta pudiera conservar su reputación, así como mejorar su nivel de vida.

Lo único que querían era mi apellido, para que el niño fuera reconocido como hijo de su padre; era su deseo que Rosie llevara una vida tranquila en un lugar alejado, con un sustento y lejos de la censura de la sociedad.

A mí me parecía un acto de justicia sacrificar mis deseos para hacer realidad los suyos, y estaba preparado para tal cosa, pero mi tío se opuso.

–Usted le habló de este tema –dije, entendiéndolo todo– la noche de su muerte.

–Así es –respondió George Hearst, algo asombrado por mi entendimiento–, aunque pensaba que no lo sabía nadie.

Mi tío no estaba al tanto de la desgracia de Rosie, la había dejado en manos de la señora Hammond gracias a la mediación de mi primo Fitzroy, para mantener al conde en la ignorancia, pero, en cuanto descubrió que estaba embarazada y que yo estaba dispuesto a remediarlo sacrificando mi futuro, mi tío perdió los estribos.

La deshonra, la violación de su confianza sagrada al seducir a una subordinada de Scargrave, y la indecencia en alguien que, como yo, aspiraba a convertirse en un hombre de la Iglesia fueron motivos de consternación para el conde.

Estuvo a punto de expulsarme de la mansión, pero, al final, lo que hizo fue prohibirme que volviera a relacionarme con la muchacha.

–Y decidió, además, modificar su testamento –conjeturé– y retractarse de lo que le había prometido a usted hacía poco: que recibiría una dotación después de su muerte. ¡Qué afortunado ha sido, señor Hearst, de que le hayan quitado la vida antes de que tuviera tiempo de llamar a sus abogados!

El clérigo me lanzó una mirada rápida con ojos vacíos que evidenciaba toda su angustia.

–Que me denegara la dotación en nada se podía comparar, señorita Austen, con que me prohibiera estar con Rosie.

¡Usted piense que su corta vida acabaría arruinada como consecuencia de mis pecados, que su futuro debería ofrecerse en sacrificio en el altar del orgullo de mi tío!

No podía consentirlo. Estaba decidido, cuando me separé de él en la biblioteca, a reunirme con Rosie de inmediato y a casarme con ella. ¡Al infierno con Scargrave!

«Sin embargo, le ahorraron el problema –pensé yo– con la muerte de su tío, como si de una intervención divina se tratara».

El fallecimiento repentino del conde le había permitido a George Hearst alcanzar su objetivo más preciado –preservar el honor de su amada– y obtener su mayor deseo –la dotación de un clérigo–.

Pero me abstuve de expresar mis pensamientos en voz alta.

–Y ahora dígame, señorita Austen –prosiguió el caballero–. ¿Cómo se ha enterado usted de todo esto? ¿O no es más que el resultado de una serie de conjeturas bien fundadas?

Tuve a bien sonrojarme.

–Oí a hurtadillas la conversación que mantuvieron en la biblioteca esa velada… Unas pocas palabras.

George Hearst pareció sorprenderse.

–No lo sabía. Confieso que estaba desconsolado y que me marché de la biblioteca muy atormentado.

–Y ahora que el conde ha muerto –dije–, ¿qué será de Rosie?

–Cuando vine a Londres en Nochebuena, mi intención era desposarme con ella, y así lo he hecho –me dijo el párroco–.

Rosie permanecerá con su abuela y cuidarán del bebé aquí durante unos años.

Después, lo meteremos en un internado de manera anónima, donde recibirá la educación propia del hijo de un caballero.

–Rosie es una mujer afortunada, desde luego –le dije–. Todavía es joven y, con la atención y la educación oportunas, podría llegar a ser una buena esposa, señor Hearst. Si viven lejos de Scargrave, donde nadie conozca sus antecedentes, quizá lleguen a alcanzar cierta felicidad.

–No me atrevo a adelantarme tanto a los acontecimientos –dijo, pensativo–. Todavía quedan muchos cabos sueltos.

Fue entonces cuando recordé que, si ahorcaban a Fitzroy Payne, George Hearst sería el nuevo conde.

¡En qué incordio se convertiría entonces esta esposa!

Pues él no podría buscar a una compañera adecuada para su nueva posición social, con fortuna e influencia entre la nobleza, y tendría que reconocer al bebé de Rosie como su heredero.

Ahora comprendía a qué se debía su melancolía de siempre; el de George Hearst era un destino que parecía empeñarse en truncarse.

Regresé a la plaza Portman presa del desconcierto.

En los últimos días, había descubierto muchas cosas acerca de la vida privada tanto de Fanny Delahoussaye como de George Hearst –¿alguna vez había mostrado una gran familia tanta fijación con los bastardos como esta?

–, pero nada de ello parecía de utilidad para la causa de Isobel.

El juicio se celebraría el 9 de enero, por lo que nos quedaban menos de seis días.

No bastaría con mis indagaciones comedidas para demostrar la inocencia de la condesa, y de pronto me sentí impaciente por que el señor Cranley volviera de Pall Mall y por descubrir hasta qué punto nos sería de ayuda el criado Danson.