Jane Austen y el incómodo incidente en Scargrave Manor Capítulo 18 La mismísima señora Hammond #2
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Capítulo 18 La mismísima señora Hammond #2

–Entonces, la traeré aquí enseguida; juzgue por usted misma –dijo la señora Hammond, y, poniéndose en pie con una energía envidiable para alguien de su avanzada edad, desapareció en busca de su joven inquilina.

Nada más volver, seguida de una chica menuda de aspecto angelical, llamaron a la puerta de la entrada y, con una reverencia, la señora Hammond me dejó en compañía de Rosie Ketch.

Saltaba a la vista que se encontraba en una etapa avanzada del embarazo, aunque resultaba sorprendente que una muchacha tan frágil y de aspecto tan juvenil estuviera en condiciones de dar a luz.

Poseía el mismo pelo rubio y los ojos azules de Jenny Barlow, pero, ahí donde el semblante de su hermana demostraba que era conocedora de los embates de la vida, como bien se aprende al alcanzar la madurez, los rasgos de Rosie transmitían una inocencia absoluta.

No me costaría creer que se había quedado encinta sin entender del todo los motivos, y me compadecí profundamente de ella por el destino voluble que le había tocado.

Me parecía increíble que cualquier hombre pudiera forzar de esta manera a una cría, y el hecho de que el culpable fuera el difunto conde –algo de lo que no dudaba, debido a la expresión sombría que adoptaba Jenny Barlow al oír su nombre y a las acusaciones de George Hearst en su estudio– dañaba la buena reputación que se había formado.

–Tú eres Rosie Ketch –dije con dulzura.

La muchacha asintió cohibida, con la mirada fija en el suelo y las manos juntas por delante del cuerpo.

–Yo soy la señorita Austen, Rosie –le dije–, y he venido a transmitirte el amor de tu hermana, tal y como me ha pedido antes de irme de Scargrave.

Lo único que siente por ti es benevolencia y su preocupación ha ido en aumento a causa de la distancia que os separa y, si lo he entendido bien, de la orden de silencio que ha impuesto su marido.

¿Puedo asegurarle que te encuentras bien de ánimo y salud?

–Dígale a Jenny que estoy bien –dijo con cautela, con voz clara y alta–, aunque temo por lo que será de mí cuando llegue el momento y me gustaría tenerla a mi lado, si a Ted no le importa.

–Se lo diré –dije–. ¿Todavía faltan muchos meses para el parto?

–No lo sé a ciencia cierta –contestó.

–¿Y cuánto tiempo llevas aquí?

Ante esta pregunta, lanzó una mirada a la puerta, que justo se abrió entonces para dejar a la vista a la señora Hammond, quien traía a su nueva visita. Cuál fue mi sorpresa cuando descubrí que se trataba de un caballero al que conocía: ¡no era otro que el señor George Hearst en persona!

El desconcierto que me embargaba se me debió de transparentar en el semblante, aunque él quizá se esperaba una reacción así: se le veía tan confundido como a mí. Así y todo, su intuición se sobrepuso rápidamente a su turbación y se adelantó a mis preguntas con firmeza:

–Mi querida señorita Austen –profirió–, pero ¿qué hace usted aquí?

–¡Señor Hearst! –exclamé–. ¡Podría preguntarle lo mismo!

Se sonrojó al oír aquello, pero no dijo nada. Se recompuso rápidamente y se inclinó sobre mi mano a modo de saludo.

–¿Acaso conoce al señor Hearst? –preguntó la señora Hammond, paseando la mirada entre él y yo con cierta astucia, como no podía ser de otra forma, pues no me pasó desapercibido que no le había informado con antelación acerca de mi presencia, aun sabiendo que yo me había alojado hacía poco en Scargrave y que lo más probable, por tanto, era que me hubiera encontrado con él en ese lugar.

–Así es –respondió el señor Hearst–. Lo cual es todo un privilegio.

–Rosie –dijo la señora Hammond con brusquedad–, vete a encargarte de la colada; vamos, en marcha, muchacha. Ahora mismo voy contigo.

En cuanto se marchó su inquilina, se volvió de nuevo hacia mí y me dijo, no sin amabilidad:

–Querrá tomarse un té, señorita, me imagino. Se lo traeré y los dejaré a solas.

Dado que George Hearst estaba esperando a que tomara asiento, me decanté una vez más por el canapé y él se acomodó ahí donde se había sentado la señora Hammond, enfrente.

Me contempló varios segundos, al igual que yo a él.

Diría que su rostro carecía de su expresión melancólica de siempre; parecía, más bien, que se había liberado de un gran peso y que había resuelto los problemas que lo atosigaban.

–Soy consciente de lo desconcertada que se sentirá por mi presencia en esta pensión –empezó a decir–. No pienso engañarla, señorita Austen. Ya que me ha descubierto, no se esperará otra cosa que no sea toda la verdad.

–Mi presencia le habrá dejado igual de perplejo –contesté–. Yo he venido a petición de Jenny Barlow, pero dudo mucho que ella le haya encomendado a usted un recado parecido.

–No le falta razón –dijo el coadjutor, asintiendo–. He venido por la carta que recibí de parte de la señora Hammond en Nochebuena.

–El día del asesinato de la doncella…, el día que partió apresurado para Londres.

–Vine porque me llamó la señora Hammond, que acababa de enterarse de la muerte del conde –explicó–. Estaba convencida de que las circunstancias de Rosie se verían afectadas por lo sucedido y deseaba que la informara de todas las noticias que pudiera darle.

–Pero ¿por qué le pediría la dama algo así a usted? ¿No tendría que habérselo solicitado al presente conde?

–Como abuela, no puede evitar preocuparse por Rosie, y yo soy el hombre de cuyos intereses depende el destino de la muchacha.

–¿La señora Hammond es la abuela de Rosie? No me ha dicho nada.

–La madre de Rosie era una Hammond, muy querida por su propia madre, pero se quedó en Scargrave cuando Fitzroy alojó aquí a la señora Hammond.

–Entonces, ¿el conde es el benefactor de la señora Hammond?

–Recordé, entonces, el aspecto exultante de Harold Trowbridge cuando, de pie junto a la chimenea encendida de la biblioteca, me habló de la amante de Fitzroy Payne.

La abuela que ahora mismo me estaba preparando el té no coincidía en absoluto con la mujer que me había imaginado–. ¡Esto me parece increíble!

–¿Le parece increíble que un hombre como él rinda homenaje al afecto que le profesa a su niñera? Supongo que piensa eso porque apenas lo conoce, pero tenga por seguro que Fitzroy es un hombre bondadoso.

–¿Su niñera? –exclamé, incapaz, a estas alturas, de reprimir el desconcierto, y noté que, muy inconvenientemente, se me sonrojaban las mejillas bajo la mirada penetrante de George Hearst.

–¿Acaso pensaba que ella le prestaba un servicio más…

cercano? –inquirió, permitiéndose un insólito momento de diversión, pero, al reparar en mi confusión y sobrecogimiento, se puso serio una vez más–.

No, señorita Austen, la señora Hammond solo es culpable de haberse llevado al octavo conde al pecho, pero a una edad tan temprana que no hay nada de vulgar en ello.

Comprendí enseguida varios factores de la situación: el responsable del embarazo de Rosie no era el difunto conde, sino el presente –Fitzroy Payne–; debe de ser ella la amante a la que se refería lord Harold.

Payne la había dejado en manos de la mujer en la que más confiaba para que la cuidara, su exniñera y abuela de la joven.

¡Que la muchacha estuviera encinta no haría sino resquebrajar incluso más la confianza de Isobel!

Aunque, por suerte, lord Harold había optado por no decirle nada al respecto a esta última, si es que el canalla estaba al tanto de esto siquiera.

Pero ¿qué había de la acalorada discusión de George Hearst a propósito de Rosie la noche de la muerte del difunto conde?

Quizá el comedido señor Hearst se había enterado del asunto y le había confesado el secreto de Fitzroy Payne a su tío, quien, a su vez, se había desentendido de la muchacha, para el disgusto del coadjutor.

Pero nada de esto justificaba que George Hearst pudiera cometer un violento asesinato, de modo que mis intentos por descubrir algo que pudiera jugar en su contra fueron todos en vano.

–Pero ¿de verdad que Fitzroy Payne ha sido tan depravado como para seducir a la nieta de su niñera –dije en voz alta, atónita–, a quien claramente sigue profesando afecto, tal y como demuestran las comodidades de este establecimiento?

–¿Que el conde ha seducido a Rosie Ketch? –dijo George Hearst–. Desde luego que no, señorita Austen. En este aspecto, me temo, no tiene que seguir buscando: tiene delante al artífice.

Fuera lo que fuese lo que me esperaba, desde luego, no era eso, y perdí hasta tal punto el control de mí misma ante su revelación, por no hablar de la repugnancia que no podía evitar sentir al recordar la inocencia de la pobre cría –tan corrompida y pisoteada–, que tardé unos instantes en estar en condiciones de mirarlo con compostura u ofrecerle una respuesta.

George Hearst era el último de los hombres, el último, cuya pasión sospechaba que pudiera aventajar a su virtud, y en mi mente el desconcierto pugnaba con el rechazo para apoderarse de mis pensamientos.

Su aspecto daba a entender que era consciente del peso de todo mi desprecio, y, cuando pude escucharlo, me quedó claro que él sentía lo mismo y que se arrepentía de su conducta.

–No pienso justificar lo que he hecho –dijo, cuando al fin le devolví la mirada–: es censurable, se mire como se mire, y ni toda una vida entregada a los deberes de un clérigo limpiará esta mancha de mi comportamiento.

Fue por Rosie por lo que decidí ordenarme sacerdote, señorita Austen, en un intento por reparar mi conducta, y hasta que exhale mi último aliento, me esforzaré en todo lo posible para obtener el perdón por la forma en la que le he hecho daño.

El discurso ensalzaba su figura, por la fuerza de convicción con la que lo pronunció, pero yo estaba tan perpleja que era incapaz de procesarlo.