Jane Austen y el incómodo incidente en Scargrave Manor Capítulo 18 La mismísima señora Hammond
74%

Capítulo 18 La mismísima señora Hammond

La mismísima señora Hammond

Mandé llamar al señor Cranley a primera hora de la mañana y me complació observar que el caballero hizo acto de presencia con prontitud cuando había pasado menos de una hora.

Achaqué su cara de desilusión a la ausencia de Fanny Delahoussaye –que, en esos momentos, se encontraría delante de Madame Henri, la modiste de la calle Bond–, pero sin más dilación me centré en la investigación.

–Señor Cranley, hablemos de los indicios que hay –empecé a decir, al tiempo que cerraba la puerta del estudio para que los sirvientes no nos oyeran–.

La presencia junto al portal del recinto para los caballos del pañuelo de Isobel carece de importancia.

Cualquiera que quisiera incriminar a la condesa podría adueñarse con facilidad de una prenda suya bordada con sus iniciales para tal efecto; ni siquiera sería necesario irrumpir en sus aposentos, pues yo misma me he dado cuenta de que Isobel extravía sus pañuelos ahí por donde pasa.

El señor Cranley asintió.

–Yo he llegado a la misma conclusión.

–¿Y qué hay de Fitzroy Payne? ¿Ha descubierto sus hábitos de escritura?

Me senté al borde de una silla, y el señor Cranley hizo lo propio, inclinándose hacia mí con entusiasmo.

–Su excelente perspicacia, señorita Austen, es motivo de regocijo –comenzó a decir.

–¡Fantástico! –exclamé, uniendo las manos–. ¡Ha descubierto usted algo que puede beneficiarlos a los dos!

El abogado asintió.

–Como bien sabe, Fitzroy Payne estaba ocupado resolviendo los asuntos de negocios de su tío en la época del asesinato de la doncella.

Permanecía encerrado en la biblioteca durante días y días, rodeado de documentos por doquier; hubo mucha correspondencia entre lord Scargrave y sus abogados de Londres.

–Lo recuerdo bien. Los abogados se presentaron en Scargrave inmediatamente después de la muerte del conde, pero se quedaron unas pocas horas; a partir de entonces, gestionaron todos los asuntos por correspondencia.

¡Y qué cantidad de correspondencia! Madame Delahoussaye se comprometió en varias ocasiones a ordenar la biblioteca del conde y el desorden siempre la dejaba anonadada.

–Según lord Scargrave, sigue a rajatabla su rutina en lo que a los asuntos de negocios se refiere. A la hora de escribir una carta, redacta un borrador con mucho esmero; acto seguido, realiza una copia en otra hoja de papel en aras de la claridad. Al destinatario le envía esta copia final.

–¿Acaso tiene copias de toda su correspondencia?

–Así es. Me parece posible que la frase en cuestión se haya arrancado de uno de estos borradores, que se encuentran en el escritorio de la biblioteca del conde, ahí donde puede entrar todo el mundo, y que hayan destruido el resto de la carta –explicó el abogado, dándose unas palmadas en las rodillas a causa de la emoción y recostándose en el asiento.

–Pero ¿cómo haremos para encontrar la carta en cuestión?

–Contaré con el ayuda de cámara de Fitzroy Payne –dijo el señor Cranley, mirando a su alrededor como si ese mismo hombre se estuviera escondiendo en una de las esquinas de la estancia–, quien posee una lista de la correspondencia del conde, así como sus documentos personales.

Si falta la copia de una de las cartas, descubriremos a quién fue dirigida la versión final y buscaremos la frase incriminatoria en el texto.

Ojalá pudiera compartir la evidente satisfacción que embargaba al abogado, pero me asaltaba una duda:

–¿Buscaremos entre los residentes de Scargrave Manor, tal y como sugiere usted, señor Cranley, donde cualquiera puede acceder a la librería del conde y a sus borradores, o sopesaremos la posibilidad de que el propio destinatario de la carta sea el asesino?

El abogado pareció reflexionar al respecto y se levantó del asiento, inquieto.

–Si el asesino de la doncella recibió una carta por parte del conde en la que aparece la frase incriminatoria, no le haría falta una copia; le bastaría con arrancar las palabras de la hoja en sí y enviárselas a la doncella. Si ese es el caso, nos será imposible localizar la carta rota.

–Pero tendremos la ocasión de averiguar la identidad del asesino si encontramos la frase de la nota de la doncella en uno de los borradores de las cartas que Danson tiene a buen recaudo –señalé.

El señor Cranley me dedicó una sonrisa a modo de aprobación.

–No obstante, si el asesino resulta ser un miembro de la familia, que hurgó entre los borradores del conde y rasgó la frase incriminatoria de la página, el borrador en sí faltaría en la colección de Danson.

–Esto no demuestra la inocencia del conde –cavilé–, pero sí evidencia que cualquiera que tenga contacto con la familia, y con los hábitos de correspondencia de Fitzroy Payne, podría hacerse fácilmente con una muestra de su caligrafía, todo esto a sus espaldas.

–Estamos de acuerdo, señorita Austen –dijo el abogado–.

Nuestra principal esperanza para asegurar la libertad de la condesa, así como la de Fitzroy Payne, reside en demostrar que el culpable es otra persona.

Eso es impostergable. Pero, mientras tratamos de dar con el asesino, yo mandaré llamar a Danson.

Me levanté cuando el señor Cranley se dirigió a la puerta.

–¿Y sabe dónde encontrarlo?

–Fitzroy Payne lo envió a su residencia en Londres, cerca de los clubes que frecuenta en Pall Mall.

Ahí Danson espera al juicio de su señor, solícito y, es de suponer, desanimado.

Pues, si condenan al conde, las probabilidades de que su ayuda de cámara encuentre un nuevo trabajo se verán muy mermadas.

–Danson debería estar dispuesto a ayudarnos, pues –contesté–, ya que su futuro también depende de ello.

El señor Cranley consideraba que la única manera de defenderse consistía en atacar los pormenores legales de sir William, pero a mí me parecía más sensato presentar una argumentación igual de plausible que señale como culpable a otra persona, y, si bien sentía que estaba asumiendo la tarea demoledora del divino Creador de repartir castigo y perdón, sentí que me correspondía hacer todo lo que estuviera en mi mano para tal fin.

Mientras el abogado trataba de localizar a Danson, yo opté por visitar a la hermana de Jenny Barlow, con la intención de descubrir por qué su nombre había sido causa de tan pasionales vituperios entre el futuro coadjutor, el señor George Hearst, y su tío.

Sospechaba que todo se debía a un justificado arrebato de indignación por parte de dicho caballero después de que el difunto conde sedujera a una de sus propias sirvientas, pero, aun así, necesitaba tener pruebas.

Si me presentaba en el carruaje de Scargrave, con las puertas decoradas con el escudo de armas de la familia, con toda probabilidad armaría un revuelo en la humilde morada de Rosie, de modo que me pareció oportuno subirme a un coche de plaza, para no llamar la atención.

Así pues, crucé el puente de Westminster en dirección al sur de Londres.

La dirección que me había facilitado Jenny Barlow no deshonraba a su hermana.

A juzgar por la apariencia exterior de los edificios, en la calle Gracechurch se asentaban las casas de muchas familias decentes: comerciantes modestos, sin duda, y hombres con una profesión cuyos recursos todavía no alcanzaban el nivel del West End.

Reparé en que limpiaban más de una escalera de mármol y en que unas jóvenes criadas de rostro limpio con delantales y cofias almidonadas abrían de par en par las puertas para dejar paso al lechero; supe, entonces, que el sino de Rosie Ketch no era tan aciago como podría haber sido.

El coche de plaza se detuvo en una pensión bien mantenida, con un botones que se aprestó a ayudarme a bajar del vehículo.

A este mismo hombre le entregué mi tarjeta de visita y le pedí que la presentara en el número 33, a la atención de la señorita Rosie Ketch.

Me quedé a la espera de recibir su respuesta; el vestíbulo del establecimiento revelaba que se trataba de un lugar de pretensiones y circunstancias modestas, acorde a los recursos del barrio y de sus residentes, y he de confesar que me intrigaba más que nunca saber cómo había terminado allí la chica.

Una mujer de rostro afable y entrada en años bajó de inmediato y se presentó como la señora Hammond, un nombre que no podía sino sobresaltarme, pues guardaba relación con la mujer que Harold Trowbridge había identificado como la amante de Fitzroy Payne.

Cayendo en la cuenta de que más bien podría ser su madre, llegué a la conclusión de que debía de ser una mera coincidencia y me abstuve de hacer preguntas impertinentes.

Me rogó que la siguiera a lo alto de unas escaleras, a un apartamento de pocas habitaciones dotado de cierto confort pero poco estilo.

–¿Y en qué puedo ayudarla, señorita Austen? –dijo la señora Hammond, como si de una atenta sirvienta se tratara, después de invitarme a sentarme en un canapé desgastado junto al fuego y de acomodarse enfrente de mí–. Su tarjeta de visita y su nombre no me resultan familiares.

–¿Tampoco le suena el nombre de Rosie Ketch? –quise saber.

–Conozco a una Rosie Ketch –respondió, con unos ojos que, pese a ser amables, parecían de acero.

–He venido a petición de su hermana, la señora Barlow, a quien conocí mientras me alojaba en Scargrave Manor.

La señora Barlow se siente algo disgustada porque no puede ponerse en contacto con Rosie e insiste en recibir noticias suyas, sea como sea; de ahí que me pidiera a mí que viniera a verla en su nombre cuando se enteró de que vendría a la capital.

–¡La querida Jenny! –exclamó la señora Hammond, y se le suavizaron las facciones–.

Una muchacha más buena que ella no la ha habido nunca.

Nunca entenderé cómo es posible que estas dos sean hijas de su padre.

En fin, Susan Ketch era una mujer encantadora y sus hijas han salido a ella, aunque falleció cuando ellas eran muy pequeñas.

–¿La chica se hospeda aquí, pues? –dije.

–Sí, así es. ¿La ha informado Jenny de su situación?

Asentí.