Capítulo 17 La flor delicada #4
–Pero ese es precisamente el quid de la cuestión, señorita Austen.
Le aseguro que Tom no parará hasta que nos casemos lo antes posible; está desesperado por tenerme, me consta.
Y ahora que estamos de luto y que el juicio está a la vuelta de la esquina…
, ¡le digo que no sé qué hacer! Pues ¿cómo voy a casarme yo cuando el mundo entero está en contra?
Confieso que, a pesar de mi edad y de mi experiencia, seguía sin saber cómo esquivar ciertas convenciones sociales como estas.
Así y todo, consideraba que celebrar una boda seis semanas después del juicio no debería despertar opiniones adversas, siempre y cuando se celebrase con discreción y sin las pompas acostumbradas.
Con esto Fanny pareció consolarse y se reafirmó en su firme intención de esperar por el teniente Hearst hasta que pudieran fugarse a Gretna Green.
Después de procesar esta noticia, junto con la advertencia implícita en contra de ciertos actos como besarse a la luz de la luna, se me ocurrió otra idea.
–La doncella Marguerite estaba al tanto de sus planes, ¿verdad? –inquirí.
La señorita Fanny se sobresaltó y su dulce rostro perdió todo su delicado color.
–¡Es imposible que se lo dijera a usted! –se defendió.
Como mejor engaño, me mostré sabihonda:
–Claro que me lo dijo –le respondí–. No habrá pensado que su secreto murió con ella, ¿verdad?
Al oír esto, a Fanny se le entrecortó la respiración y se le anegaron los ojos en lágrimas; se sentó en un banco de piedra, sobrecogida.
Yo estaba en parte desconcertada, pues tan solo había hecho referencia al plan de fuga, algo que ella misma me acababa de contar.
Una desazón como la que la estaba embargando no podía deberse solo a esto.
La trascendencia del secreto, por ende, era mucho mayor, y ardía en deseos de descubrirlo.
Me senté a su lado y le rodeé los hombros con un brazo.
–No hace falta que me pague a cambio de mi silencio, Fanny –le dije–. No me espero que deje una bolsa de monedas junto a la puerta del cobertizo.
Alzó su rostro agraciado, henchido de lágrimas y desgraciado, y me dedicó una mirada febril.
–Pero entenderá, entonces, por qué debemos casarnos lo antes posible –dijo–.
Dentro de muy poco, mis vestidos ya no me servirán.
Marguerite ya tuvo que descoser las costuras y, como lo sabía todo, trató de arruinarme.
Ahora mamá insiste en llevarme a los talleres para la ropa de luto; además, no tengo más opción que encargar un vestido para la Cámara de los Lores, y, en cuanto me vea una costurera, ¡se dará cuenta al instante!
Entendí, al fin, cuál era el problema.
–¿Cuándo nacerá el bebé? –le pregunté.
Fanny se encogió de hombros, impotente.
–¿Cómo voy a saberlo? Yo no tengo experiencia en este tipo de cosas.
Lo único que sé es que mi corsé no me sirve y que las costuras están reventando y que estas últimas semanas me he sentido, sin ningún género de dudas, indispuesta.
Marguerite me dijo que no debería dar a luz hasta julio, por lo menos, pero tal vez no era más que una mentira.
–Un par de ojos azules cubiertos de lágrimas buscó los míos–.
Marguerite vivía por y para el engaño y el interés personal, señorita Austen.
–En la voz de Fanny se filtraba un rencor inusual en ella.
–Se vio con el teniente mientras seguían ustedes en Londres –reflexioné–. Después de la boda de Isobel, durante su viaje por el extranjero.
–No queríamos que se enterase de nuestra relación –respondió Fanny, con la mirada baja–. Ella no estaba de acuerdo con que yo me relacionara con Tom.
Y con razón, pensé, al recordar el crujido de la puerta de Fanny al cerrarse hacía varias noches; ¿habría entrado el teniente en su habitación justo después de separarse de mí?
Su conducta era de lo más deleznable. Y todo esto, sin duda alguna, conformaba una motivación imperiosa para asesinar a la doncella y dejar tirado el pañuelo de Isobel; con estos actos malvados, se librarían de la chantajista de Fanny y silenciarían a su benefactora.
Pero ¿qué hay de la nota incriminatoria escrita con la letra de Fitzroy Payne?
En el estado en el que se encontraba la pobre Fanny, no podía seguir interrogándola; le di unas palmadas en el hombro, le dije unas palabras y la ayudé a reincorporarse.
Nos separamos en la puerta de la orangerie : ella se reuniría, artera, con su mamá, mientras que yo me refugiaría en mi alcoba y mi pluma, con una pesada carga en el corazón.
Soy incapaz de pensar en el noviazgo sin cierta angustia.
Hacía mucho tiempo, en efecto –a pesar de las palabras impulsivas que le había dicho a Fanny Delahoussaye–, que no conocía a un hombre dotado de la misma naturalidad y amabilidad que el teniente Hearst, por muy falsas que sean sus intenciones, y parece que estoy condenada a presenciar cómo tales hombres terminan uniéndose a otras.
Confieso que he vuelto a tomarme la libertad de reflexionar acerca de mi corazón y que he vuelto a preguntarme por milésima vez si me habré equivocado al rechazar a Harris Bigg-Wither; si al fin aceptara a alguien, a quien fuera, y ya no tuviera que seguir reconociendo con pesar todo lo que me falta, hallaría suficiente consuelo para enfrentarme a toda una vida de desilusiones amargas.
¡Y la conducta del teniente Hearst no deja de sorprenderme!
Despreció a Fanny y buscó mi compañía en lugar de la suya siempre que se le presentó la oportunidad.
Si yo fuera su amante, su comportamiento me parecería censurable.
¿De verdad que todo esto no había sido más que una artimaña, tal y como me había dicho ella, para engañar a los demás y no levantar las sospechas de la familia?
De ser así, diría que Tom Hearst se ha entregado en cuerpo y alma al ardid y, por mi parte, siento que me he convertido en todo un hazmerreír.
Habría bastado, para tal fin, con hablar con la señorita Delahoussaye de forma neutra, con limitarse a halagarla como haría cualquier otro hombre; sin embargo, él nunca desaprovechaba la oportunidad para burlarse de ella.
El encaprichamiento de ella con su persona, su falsa soberbia, su obsesión con la ropa y arrogancia, todo ello ha sido el blanco de las burlas durante nuestras clases de equitación.
No lo entiendo. Casi diría que él se arrepiente de su elección; si siente tan poco respeto por una mujer que despertó su interés solo con sus encantos, no le auguro nada bueno en su vida de casados.
Y ¿llegó el teniente a entrevistarse con Isobel aquella velada? ¿Tuvo, así, la oportunidad de colocar los piñones de tempate en el plato del conde?
«La bendición de Isobel ya no sirve de nada», había dicho la señorita Delahoussaye, y, en efecto, mi amiga no estaba en condiciones de oponerse al noviazgo ni de disponer de las treinta mil libras de la señorita Delahoussaye, lo que jugaba en favor de los intereses de esta última.
Me preguntaba por qué no eran capaces de convencerla de que esta boda mantendría la fortuna de Fanny dentro de la familia Scargrave y, por tanto, por qué no apoyaba la unión, pero tal vez nada de eso beneficiaría a los intereses del teniente Hearst. No cabe duda de que Isobel –y Fitzroy Payne– habrían asegurado el dinero con ciertos procedimientos legales de tal manera que fuera prácticamente inservible para el teniente, y cabe la posibilidad de que lo que Tom Hearst busque sea dinero, dinero en efectivo.
Y si es cierto que el caballero necesita dinero desesperadamente, he de admitir, sí, que esto lo convierte en un candidato de lo más sospechoso.
¿O no será todo esto una forma de consolarme porque ha elegido a la señorita Delahoussaye por su fortuna, en lugar de preferirme a mí? ¡Jane, eres tonta, tonta! Tu vanidad vuelve a inflarse, incluso en un momento como este, después de su derrota más aplastante.
¿Es posible que un hombre cuya elegante apariencia y buen humor solo parecen indicar lo bueno oculte, en el fondo, una falsedad infinita?
Me reafirmo en sus encantos y lo tacho de asesino; aliento sus atenciones y me encuentro con que está prometido con otra.
Aunque lo conociera desde hace todo un año y tuviera mayor margen para analizarlo, creo que me engañaría de todos modos.
No, nunca lo entenderé del todo, aunque la señorita Fanny Delahoussaye pasase a ser la señora de Tom Hearst y esperase a su tercer hijo.
41 . En el caso de estos crímenes, la sentencia podía dictarse «con el beneficio del clero»; es decir, con una exención de la pena de muerte.
El homicidio imprudente, por ejemplo, se encontraba entre estos crímenes, y la condena solía ser el destierro a una colonia penal en vez de la muerte.
Esta disposición legal surgió a raíz de la tradición de juzgar a clérigos en los tribunales eclesiásticos, pero se difundió a la población general. ( N. de la E. ).
42 . Jane Austen se enamoró del sobrino de su gran amiga Anne Lefroy con veinte años de edad, mientras el joven irlandés estaba de visita en Steventon, el pueblo de Hampshire donde creció Jane.
Anne Lefroy se opuso al noviazgo a causa de la falta de dinero de Jane y sacó a Tom de su casa antes de que se comprometieran. ( N. de la E. ).