Jane Austen y el incómodo incidente en Scargrave Manor Capítulo 17 La flor delicada #3
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Capítulo 17 La flor delicada #3

–Señorita Austen –me dijo, con una dulzura nunca vista hasta entonces–, ¿podré persuadirla para que venga de paseo conmigo por la orangerie ?

Me parece que todavía no ha gozado usted de todas sus delicias.

En una época como esta, cuando las calles son intransitables, un invernadero como este se corona como el mejor divertimento de todos.

Estoy convencida de que a usted le encantaría.

No vi motivos para mantenerme al margen y, por tanto, accedí de buen grado.

El lugar era un antojo del sexto conde, el padre del difunto lord Scargrave, casado con una francesa; se dice que, para la estructura, se había inspirado en una orangerie ubicada en los terrenos de Versalles, antes de la destrucción de ese noble palacio a manos de la muchedumbre francesa.

En esta especie de invernadero crece toda una cantidad y variedad de plantas, como pocas veces se ve.

El difunto conde compartía la afición de su padre, pues la botánica era otra de sus pasiones; se hacía con cualquier planta, por muy costosa o difícil de encontrar que fuera.

–El señor Cranley parece un hombre respetable para ser abogado –comenzó a decir Fanny, mientras paseábamos por los pasillos humedecidos, impregnados del aroma del verdor–.

Incluso podría echarle usted el anzuelo, si tuviera tiempo suficiente, señorita Austen.

Su profesión no le parece aborrecible y sus perspectivas de futuro no están nada mal…

, al menos para alguien que, como usted…

, quiero decir, que, efectivamente, no están nada mal.

–Me parece que el señor Cranley preferiría gozar de las atenciones de usted, señorita Delahoussaye. Se le veía muy admirado cuando la que estaba al mando de la sala de visitas era usted.

–¡Es usted una criatura de lo más pícara, señorita Austen!

Pero, por favor, llámeme Fanny –dijo, entrelazando el brazo con el mío.

Yo no tenía el menor interés en seguir intimando con ella de esa manera, de modo que no le di permiso para que me llamara por mi nombre de pila–.

Hacía tiempo que quería dar un paseo con usted a solas, pues en mi mente se ha desatado tal angustia que la sabiduría de alguien como usted, que tanto me aventaja en edad y en experiencia, deberá ofrecerme un poco de consuelo.

¡Conque en edad! Los ocho años de diferencia que nos separan a duras penas podrían contabilizarse como una generación, pero no podía esperar que la señorita Delahoussaye no sacara a relucir su malicia cada vez que se le presentaba una oportunidad de ultrajar a los demás.

–Compartiré con gusto cualquier consejo que pueda darle, aunque he de decir que nuestra amistad es tan superficial que lo más recomendable sería que se dirigiera usted a otra persona.

–¡Que nuestra amistad es superficial! Pero ¡bueno!

No pasaron ni cinco minutos desde que usted llegó a Scargrave cuando sentí que usted sería mi salvación durante mi estancia en ese horrendo lugar y, tal vez, mi instrumento a la hora de alcanzar la felicidad…

, pero me estoy precipitando. Estoy abusando de su amabilidad.

Será mejor que le explique la causa de mi desazón.

–Así es –dije, en parte atónita.

–Se habrá dado cuenta de que una no puede pasar mucho tiempo en la compañía del teniente Hearst sin darse cuenta de su extraordinaria capacidad de brindar placer –comenzó, dedicándome una mirada de soslayo–. Estoy convencida de que se ha dado cuenta.

–Es un hombre encantador.

Conque así es como pretende sacar a colación mi indiscreción el día de Nochevieja. Casi había conseguido olvidarme de lo sucedido.

–¡Encantador, dice! Es todo lo atento y cautivador que puede ser un hombre.

¡Y qué modestia! ¡Qué discreción! Nunca se da cuenta del efecto que tiene su carácter abierto y afable en las damas con las que se relaciona.

Soy consciente de que más de una ha llegado a…

malinterpretar sus favores, sus palabras, los pequeños gestos con los que demuestra su atención.

–Se detuvo para acariciar con un dedo una planta en plena floración–.

Mucho me temo que más de una ha terminado arrepintiéndose de albergar la esperanza de obtener algo más del teniente, en cuanto se da cuenta de que él tenía pensado darle mucho menos.

¡Oh, una orquídea en enero! Le digo que no hay nada más placentero en este mundo que una orquídea.

Así pues, pensé entonces, comprendiendo el significado de sus primeras palabras, lo que deseaba era ponerme sobre aviso.

Incluso el segundogénito de un libertino es demasiado bueno para una tal señorita Austen, sin fortuna ni contactos que puedan favorecerla.

No pude evitar pensar que el principal deseo de Fanny, con esta confesión, era informarme del peligro que entrañaba para mí alentar las atenciones del teniente Hearst; al dar a entender que él era un hombre voluble, esperaba herirme y, así, acaparar ella todos sus favores.

A pesar de que, a simple vista, no parece una persona celosa, su personalidad parece dar a entender que no es inmune a la mordedura de la envidia.

Pero ¡qué curioso que yo, de entre todas, suscite estos sentimientos en ella, con lo que me ha atormentado mi falta de influencia delante de una mujer de su belleza y fortuna!

–Como una mujer que tanto la aventaja en edad, he de decirle que me he encontrado con hombres tan encantadores como el teniente con anterioridad –dije con cautela–.

Son muy amables, pero conozco a la gente de su calaña.

Lo que la excusa a usted es que, hasta el momento, ha llevado una vida más resguardada que la mía.

Al oírme decir esto, se sonrojó con cierto encanto.

–El favoritismo que siento por el teniente quizá sea muy evidente –dijo–, pero ¿cómo se espera que lo mire su prometida, sino como al paradigma de todo lo bueno y admirable que hay en un hombre?

–¡Prometida! –exclamé, tratando en vano de recobrar la compostura–. ¡No tenía la menor idea! ¿Y su madre está de acuerdo?

–¡Oh, cielos! Mamá no sabe nada –dijo Fanny con tranquilidad–.

Es poco probable que mire con buenos ojos este noviazgo, e Isobel tampoco lo habría consentido.

Como usted sabe, el padre de Isobel era mi benefactor, y, tras su muerte, sus responsabilidades han caído sobre ella, hasta que me case o cumpla veinticinco años.

Mi tío John Collins, durante mucho tiempo, asumió las funciones de un padre y le aconsejó a mi madre que me buscara un marido digno de mi fortuna; poseo ni más ni menos que treinta mil libras de dote.

Convenció a mi madre del valor de la cifra de tal manera y la alertó con tanta insistencia de los cazafortunas que ni siquiera me permite bailar con un hombre que cobre menos de cinco o diez mil libras al año, por no hablar de un segundogénito.

–¿Usted no comparte la misma desconfianza que ella?

–Si hay amor, ¿qué importancia tiene la fortuna?

¡Qué importancia tiene, en efecto! La fortuna, o la falta de ella, ha sido el principal impedimento en cada insignificante vínculo que he forjado a lo largo de mi vida; fue, desde luego, lo que me separó de mi primer amor, del más profundo: Tom Lefroy.

42 Jóvenes como éramos, no creo que a nuestro afecto y felicidad mutuos les faltase de nada más allá de la fortuna.

Pero me negaba a compadecerme de mí misma y me mostré de acuerdo con la señorita Delahoussaye en que su situación holgada debería permitirle destinar su afecto ahí donde eligiese su corazón.

–¿Y lleva mucho tiempo prometida con el teniente?

–Tres semanas.

Tres semanas. Las atenciones que me prodigó a mí, por tanto, no debieron de significar nada para él; me había dejado engañar por la adulación una vez más. ¡Eso era insoportable!

–Si le digo la verdad –prosiguió la señorita Delahoussaye con soltura–, ¡es todo un cambio!

Llevo detrás de Tom una eternidad, pero él nunca quiso aprovecharse de mí como un despiadado, y hubo una temporada el verano pasado en la que casi pensé que se acabaría prometiendo con una tal señorita King y lo di por perdido.

Pero, al parecer, la cosa no fue a más, y cuando se reunió con nosotros en Scargrave, ¡fue el hombre más atento que haya habido nunca!

Debo atribuirlo al efecto que tiene mi vestido de seda púrpura; es una prenda increíble y hasta parece teñir mis ojos de la misma tonalidad.

Le dije unas palabras como respuesta, acordes con su conversación y sus sandeces, y ella siguió hablando casi sin detenerse:

–Mamá no desconfió de su presencia en la casa, puesto que estábamos todos de luto, y él se mostraba alicaído cada vez que aparecía ella y fingía prodigarle a usted sus atenciones, pero, en cuanto mamá desaparecía de vista, ¡recuperaba el ánimo de inmediato y demostraba todo el ardor de su amor!

¡Una estrategia soberbia, no hay duda! El problema es que, con el tema del juicio, Tom y yo debemos vivir separados y casi no podemos hablar; no podemos ir ni a un mísero baile ni entretenernos de ninguna manera…

–Señorita Delahoussaye –la interrumpí–, sigo sin entender qué consejo quiere que le dé yo.

–Es que ¡debe decirme usted qué hacer!

–¿De qué manera podría ayudarla yo?

–Tom, el teniente Hearst, tenía pensado hablar con Isobel la noche en la que murió el conde.

Habíamos decidido que deberíamos decírselo, nos diese ella su bendición o no, y que deberíamos casarnos después de las navidades, aunque tuviéramos que fugarnos a Gretna Green para celebrar la boda.

–Sus palabras eran de una vehemencia inusual en ella.

He de confesar que se me aceleró el pulso.

–¿Y el teniente Hearst tuvo la ocasión de entrevistarse con ella?

–Eso no lo sé, pero ahora ¡qué más dará! La bendición de Isobel ya no sirve de nada y ya no nos puede seguir importunando. Ahora la que me preocupa es mamá, y no creo que acepte nuestra relación hasta que se celebre la boda.

–No puedo hacer nada en este aspecto, señorita Delahoussaye, si lo que busca es su bendición.