Jane Austen y el incómodo incidente en Scargrave Manor Capítulo 17 La flor delicada #2
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Capítulo 17 La flor delicada #2

Nuestro guía se detuvo delante de una puerta; la luz de la vela transfiguraba de manera grotesca su nariz protuberante y su mata de pelo grasiento.

Hurgó en las cinturas de sus numerosos pantalones hasta dar con una gran llave, con la cual, tras introducirla en la cerradura, abrió el cerrojo.

Miré con timidez a mi alrededor. ¿Podía ser cierto que Isobel estuviera encerrada aquí dentro?

Lo era.

El Cuervo abrió de par en par la pesada puerta y entró antes que nosotros en la estancia, esbozando una sonrisa lujuriosa, y, en cuanto crucé el umbral detrás del señor Cranley, comprendí rápidamente el motivo.

Dentro de la habitación había toda clase de meretrices y ladronas y vagabundas gitanas, mujeres harapientas y andrajosas, altas y bajas, bellas y aterradoras.

Unas siete de ellas estaban encerradas juntas en un espacio de menos de cinco metros cuadrados; se amontonaban en el suelo en posturas que evidenciaban cierto abandono o, impertérritas, permanecían de pie en grupos, conversando con la misma naturalidad como si estuvieran dando un paseo en la calle de Strand un domingo por la tarde.

Una de estas últimas, una pordiosera de dientes torcidos, se acercó al Cuervo y se pasó los dedos por sus bucles sucios con una expresión tan lasciva como la de él.

–Oye, amorcito –lo llamó entre risas–, a ver, a ver, ¿qué nos traes hoy, eh? ¿Algo mu bueno?

–Déjalo, Nance –dijo el carcelero, apartándola hacia atrás y propinándole un golpe en la cabeza–, que tengo asuntos pendientes con la dama.

–Conque «la dama», ¿eh? Vaya, vaya, vaya. –Nance me miró el vestido de arriba abajo, con una impertinencia insólita tratándose de alguien de su posición, y escupió al suelo–. Toma tú pa las damas.

El señor Cranley me protegió con el brazo y me condujo por una puerta en la pared del fondo que daba a otra habitación.

Ahí, en una sala a oscuras, encontré a la condesa.

Isobel estaba sentada en el suelo, abrazándose el torso con los brazos, como si ese gesto lastimero fuera a protegerla de la pesadilla en la que se hallaba sumida; cuando nos acercamos, alzó el rostro nublado por el sufrimiento y, entonces, abrió mucho los ojos marrones, presa del espanto.

–¡Jane! –susurró con voz ronca–. ¿Qué haces tú aquí? ¡Ahora has visto lo vergonzosa que es mi situación!

Miró hacia los lados, trastornada, y se reincorporó con dificultad, como si quisiera salir corriendo ahí donde no pudieran verla.

–Mi querida amiga –dije con cariño, agarrándole las dos manos–. Yo no veo vergüenza alguna, sino una resistencia inimaginable en mitad de tantos infortunios. Tu valor te honra, Isobel; lo único que sienten por ti tus amigos es respeto.

–Al menos, sigo teniendo una amiga –exclamó, y me aferró en un abrazo febril.

El señor Cranley cerró la puerta de la celda de Isobel para impedirles el paso a Nance y sus compinches; entonces, se quedó al margen, desviando la mirada, hasta que la condesa lo llamó con un gesto de la mano–.

Y usted, señor Cranley –dijo, en un tono de voz más dulce–, el abogado más fabuloso de todos y un caballero de verdad.

Tengo suerte, en efecto, de contar con una amistad como la suya.

Pero se le ve consternado, mi buen señor.

–Lo único que siento es rabia, milady –dijo el señor Cranley– al presenciar la degradación continua a la que se ve sometida. Le había pedido a Snatch que encontrara un alojamiento más apropiado para usted, pero ese hombre ha violado expresamente los términos de nuestro acuerdo.

Isobel apartó la mirada y se llevó ambas manos a los ojos; entonces, volvió a mirarnos con mayor compostura.

–Me temo que ese hombre, el Cuervo, no tiene ni una pizca de honor, señor Cranley.

Si insiste en desperdiciar las monedas que tiene, le recomiendo que mejor negocie con sus superiores.

Pero no ha de preocuparse por mí. Poco me importa qué habitación dentro del infierno es la mía; ninguna me brindará verdadero bienestar.

Yo contemplaba a la condesa profundamente consternada, reacia a imaginarme los tormentos por los que ya debía de haber pasado.

Sus ropas sencillas, un traje de lana negro, estaban manchadas y rasgadas; intuía qué manos habían agraviado de tal manera a su persona, después de haber visto el alboroto que montaban sus compañeras de celda.

Tenía el cabello enmarañado y sucio, y cierto hedor emanaba de los pliegues de sus prendas.

Nada quedaba, en verdad, de la riqueza y la influencia que ostentaba hacía tan solo unas semanas.

La abracé de nuevo, embargada por la lástima.

–Me temo que no podremos quedarnos mucho más tiempo, señorita Austen –me avisó el señor Cranley con dulzura.

–Isobel –dije yo–, te sacaremos de este horrible lugar, demostraremos tu inocencia y reestableceremos tu reputación.

No dudes bajo ningún concepto de que estamos haciendo todo lo posible por ti.

No pierdas la esperanza en este momento, el más oscuro de todos; volveremos a verte libre, al lado de Fitzroy Payne.

–No pronuncies su nombre, Jane. No quiero volver a oírlo jamás.

Le contemplé el rostro, que mantenía apartado, y los ojos amargos, profundamente trastornados. ¡Qué locura es el amor, que se cree capaz de que lo traicionen!

–Me sorprendería mucho, Isobel, que él no fuera tan inocente como tú, y, con el tiempo, verás que esto es un buen motivo para tener tantas esperanzas en la resolución de su caso como en el tuyo.

Se mordió el labio y se volvió hacia mí, conmovida.

Cuando el señor Cranley me hizo un gesto de la cabeza, yo la solté con renuencia, pero no me olvidé de darle a mi amiga el libro que había ido a buscar justo antes de entrar por la puerta del carruaje.

Era mi novela más preciada – Cecilia , de la señorita Fanny Burney–, la mejor distracción intelectual que pueda tener una en un lugar tan terrible como este.

Pero Isobel la rechazó, pensando en las mujeres que se encontraban al otro lado de la puerta, así como en el Cuervo.

–Ponla a buen recaudo, querida Jane –me dijo en voz baja–. Espero disfrutar de ella cuando vengan tiempos mejores.

–Señor Cranley –dije, pensativa, después de que el Cuervo nos hubiera acompañado hasta la calle–, hemos de buscar un motivo para que la condesa no pierda la esperanza.

–Estoy de acuerdo, señorita Austen, pero desconozco de dónde podría emanar tal esperanza.

–Podría surgir de una fe renovada en el conde. Si la condesa creyera que su alma es menos oscura, tal vez su tormento sería menor.

El señor Cranley me ayudó a subirme a su carruaje y permaneció de pie junto a la puerta; comprendí, entonces, que no me acompañaría hasta Scargrave House.

–¿Ha de descender una vez más a ese infierno? –quise saber, consternada.

–Tengo que entrevistarme con el conde, señorita Austen, y ninguna dama tiene permiso para entrar en una celda como la suya –respondió el abogado, taciturno–.

Me temo que también tengo asuntos pendientes con el alcaide de la prisión, si es que consigo convencerlo para que me escuche.

Deben trasladar al conde y a la condesa a celdas más decentes, aunque haya que gastar toda una fortuna para conseguirlo.

–Es usted la bondad encarnada.

–Tan solo hago lo que hay que hacer, lo que cualquier caballero con sentimientos haría.

–A la mayoría de los «caballeros con sentimientos» no les parecería suficiente con un mes entero de abluciones para quitarse de encima la suciedad de Newgate –respondí secamente–. Me reafirmo en que es usted un hombre muy valioso, querido señor.

Inclinó la cabeza, en parte cohibido, y pasé con vehemencia a mi principal objetivo.

–Señor Cranley –le dije–, cuando hable con Fitzroy Payne, haga el favor de preguntarle acerca de sus métodos de correspondencia.

–¿Sus métodos…?

–Me ha oído usted bien: qué clase de cartas enviadas y recibidas conserva, si lleva un registro del franqueo y, en particular, pregúntele si hace copias de las misivas que escribe.

La expresión facial del abogado dio a entender que había comprendido mis intenciones.

–Está usted pensando en el trozo de papel hallado en el corsé de la doncella.

Asentí.

–Si tan solo pudiéramos demostrar que ese documento ha sido sacado de la correspondencia del conde, la sospecha de que lo ha escrito él mismo de su puño y letra perdería fuerza.

Pues cualquiera le podría haber enviado la carta a Marguerite y no se podría demostrar que haya sido él.

Lo que lo incrimina es la caligrafía; la letra es suya, sin lugar a dudas.

Debemos esforzarnos por demostrar que escribió esa nota para otra persona y que terminó en el cuerpo de la doncella por una triste casualidad.

La luz que destilaban los ojos del señor Cranley bastaba para satisfacerme; no dudaba de que pronto descubriríamos todo lo necesario acerca de Fitzroy Payne, y me deleitaba saber que el abogado defensor de Isobel era un hombre dotado de una excelente perspicacia.

Ese mismo día, más tarde

Después de la cena tuve la oportunidad de mantener una extraordinaria conversación con la señorita Fanny Delahoussaye, y tanto me está costando comprender lo que ha insinuado que he decidido poner por escrito lo más importante, con la esperanza de, así, entenderlo mejor.

Yo me había ido al piano con la intención de mejorar mi interpretación de las arias del señor Haydn y de reflexionar acerca de todo lo sucedido hasta el momento, cuando, de pronto, me sorprendió que la señorita Delahoussaye apareciese a mi lado.

En la frente lucía una banda con adornos de azabache y una pluma por detrás, y estaba resplandeciente con un traje de gala de tafetán negro.

Sabía que ardía en deseos de ir, mañana por la mañana, al local de Madame Henri, la modiste de la calle Bond de finura inigualable, y yo imaginaba que lo que deseaba era parlotear sin interrupción para regodearse de su buena suerte.