Capítulo 17 La flor delicada
La flor delicada
La niebla vespertina de Londres se enrosca al otro lado de las numerosas ventanas de Scargrave House, borrando las siluetas de los carruajes y los caballos que pasan por la calle.
En mi alma subyace una oscuridad similar, una penumbra preñada de tristeza; he pasado buena parte de la mañana velada en la noche perpetua de las profundidades de la prisión de Newgate.
Huelga decir que me alegro de haber abandonado este sitio, excepto por el dolor que supuso dejar a Isobel como reclusa entre esas paredes.
No obstante, sigo portando parte de Newgate conmigo, la mugre y el hedor que imperan en su interior y que siguen impregnando con molestia mi persona.
He pedido que me preparen un baño caliente para liberarme de esta pestilencia.
Una mezcla de inmundicia, excremento y desesperación humana: es de lo más nocivo, desde luego, y tanto me sacó de quicio la hediondez durante el trayecto de vuelta en el carruaje del señor Cranley que a duras penas me detuve en la puerta de Scargrave House para quitarme la pelliza y la capota antes de precipitarme a subir las escaleras en dirección a mi habitación.
No me cabe duda de que el elegante mayordomo de la casa en la capital del conde, Simmons –tan diferente al pobre Cobblestone en juventud y vigor como Scargrave House de Scargrave Manor– notó cierto hedor en mi aroma, por la forma en la que arrugó la nariz cuando entré; sostuvo mi ropa de abrigo con las puntas de los dedos, exquisitamente enguantados, y se apresuró a entregárselos a la criada, al tiempo que le ordenaba con frialdad que la «cepillase».
¡Conque cepillarla! Amigo mío, ni toda la lejía de ceniza caliente del mundo bastaría para limpiar la suciedad de Newgate.
Pero me había puesto la ropa más vieja que tenía, adelantándome a los acontecimientos, y no lamentaba en exceso la pérdida de una parte tan pequeña de mi armario por una causa como esa.
Y ahora acaban de venir las criadas, sosteniendo en lo alto cacerolas humeantes; me han dicho que el agua todavía sigue muy caliente para mi gusto, de modo que he sacado mi diario y me he puesto a escribir, con la esperanza de plasmar de forma permanente mis impresiones acerca de ese lugar infernal en el que pasé unas pocas horas.
La sensación de horror se desvanecerá de mi mente con el tiempo, pero quisiera dejar una parte aquí grabada, para fortalecer mi determinación cuando la desesperación por el destino de Isobel amenace con derrotarme.
Sé que es inocente y no pienso permitir que pase un solo minuto más de lo necesario en ese terrible agujero.
El señor Cranley cumplió con su palabra y llegó poco después de la hora del desayuno, a las 8:30 h, según el gran reloj que anuncia sin descanso los cuartos en la entrada de Scargrave House.
Se le veía vacilante y habría conseguido disuadirme de la visita de no ser porque la firmeza de mi empeño, pues yo sabía que tenía razón, acalló toda réplica.
Me puse mi traje más práctico, una cálida prenda de estambre de color azul oscuro, y mis botas más gruesas, como si fuera a subirme a esos escalones de campo que sirven para pasar de una parcela a otra, y vi que el abogado, al reparar en mi atuendo, me daba su aprobación.
–¿Y dice usted que es hija de un clérigo? –Me dedicó una sonrisa, a pesar de la naturaleza sombría de nuestro encuentro–. Más bien todo apunta a que su padre es coronel, señorita Austen, y a que usted está muy acostumbrada a las privaciones de los campamentos militares.
–El trabajo en la parroquia puede llegar a ser tan arduo y sus disputas tan amargas como una operación de asedio –respondí, al tiempo que me ponía los guantes–.
¿Alguna vez se ha visto en la obligación, señor Cranley, de distribuir los papeles en un belén viviente y de recibir todo tipo de calumnias y abusos por haberse olvidado del talento del querido hijo de cierta persona?
Pero, en fin, la condesa nos está esperando.
–Poco más tiene que hacer su ilustrísima –respondió taciturno, ayudándome a subirme al carruaje–, lo cual es una lástima. Si tuviera alguna forma con la que distraer la mente, quizá la situación le resultaría más llevadera.
Me detuve, con mitad del cuerpo dentro del carruaje y la otra mitad fuera, y lo miré con consternación.
–¿Me está diciendo que no tiene ningún entretenimiento a mano?
–¿Entretenimiento? Me parece que no.
Me di la vuelta sin previo aviso y me apeé; mis pies eran tan raudos como mis pensamientos.
–Haga el favor de esperar un momento, señor Cranley –anuncié–. Sé qué es justo lo que necesita para alegrarse un poco.
El trayecto hasta Newgate no fue muy largo, puesto que se sitúa al este de la plaza Portman, cerca de las viejas murallas de la ciudad.
En otros tiempos, tal vez habrían trasladado al conde y a la condesa a la Torre de Londres, donde gozarían de una fría dignidad acorde a su posición social, aunque no dispondrían de más comodidades que en la prisión construida a su sombra.
Mientras nos acercábamos a Newgate, me estremecí al imaginarme el patíbulo que montarían delante de la entrada en caso de que Isobel fuera condenada a muerte.
Una ejecución pública, con toda la humillación y el bullicio popular que suelen ir implícitos en un ahorcamiento, resultaba tan espeluznante que era mejor no pensarlo. Me volví hacia el señor Cranley:
–Señor mío, si resulta que fracasamos en nuestro intento por demostrar la inocencia de la condesa, ¿es seguro que la ahorcarán?
Durante varios segundos, el abogado se abstuvo de responderme, con la mirada fija en los muros sombríos de la prisión a la que nos acercábamos. Al fin, se volvió hacia mí con un porte solemne.
–Los tribunales se muestran reacios a dictar una sentencia de estas características en el caso de una mujer –respondió–, pero el asesinato deliberado de un marido, en especial de un caballero de la posición social del conde, no se encuentra entre los crímenes en los que pueda interceder el clero.
41 Me temo, señorita Austen, que nuestra única opción reside en demostrar la inocencia de la condesa. Y del conde.
El carruaje se detuvo delante de la entrada de piedra de Newgate y el señor Cranley se bajó de un salto, tendiéndome la mano para que descendiera tras él.
Nos paramos unos instantes en silencio ante aquellos terribles muros, rebosantes de retorcidas gárgolas y cadenas, y, entonces, se abrió una puertecilla dentro de un enorme portón de madera de roble.
Nos recibió un rostro corpulento, con un parche sobre un ojo y muy pocos dientes en la boca.
–Haga el favor de esperar un momento, señorita Austen, mientras hablo con el portero –me dijo el señor Cranley, antes de acercarse a la entrada de la prisión.
La conversación duró poco –concluyó cuando el abogado le puso al otro una moneda en la mano– y abrieron el pesado portal.
Nos condujeron por el patio, adoquinado y henchido de lo que quedaba de la niebla de Londres; me afligía imaginarme a Isobel llegando aquí, pobre objeto de desprecio, sin pocas esperanzas con las que seguir adelante.
Un preso de confianza nos permitió pasar con la misma rapidez por la puerta de la cárcel y, entonces, llegamos al interior.
¿Cómo describir la escena con la que nos encontramos?
Se trataba de un angosto espacio de techo bajo, sin ventanas, iluminado únicamente por la luz de las antorchas, para así ocultar mejor la suciedad que llevaba años acumulándose y lo que se movía a nuestros pies –había ratas, sin duda alguna–.
El aire estaba tan recargado de humo e impregnado de tal hedor que resultaba sofocante.
Se oía un sonido metálico constante, fruto de cerrojos que se abrían o se cerraban o, peor incluso, de esposas que los presos agitaban desesperados.
Lancé una mirada furtiva a mi alrededor, y, aunque no quería parecer sobresaltada, el señor Cranley intuyó mi estado de ánimo.
–Todavía está a tiempo de dar media vuelta –me dijo con dulzura–. La opinión que me he formado de usted, señorita Austen, no se vería perjudicada lo más mínimo si llamara a mi carruaje ahora mismo.
–Bobadas –respondí, y aparenté hacer acopio de unas fuerzas que no tenía.
Nos dejaron en manos de un hombre al que el señor Cranley se refería como el Cuervo, un individuo peculiar de complexión atrofiada, con una nariz enorme y un tupido cabello negro muy enmarañado.
Llevaba puesta una cantidad sorprendente de capas de ropa, de varias telas y tamaños, una verdadera lotería para un trapero, desde mi inexperto punto de vista.
Más tarde el señor Cranley me comentaría que el Cuervo tenía por costumbre comprar la ropa de los hombres condenados, prenda a prenda, los días previos a la ejecución; puesto que los pobres infelices estaban desesperados por conseguir un último sustento, estaban dispuestos a desprenderse de todas sus pertenencias a cambio de la promesa de recibir una buena cerveza y pan sin larvas.
Me alegro de que, en presencia de nuestro guía, todavía no supiera nada acerca del origen de su heterogéneo vestuario, pues me temo que habría sido incapaz de reprimir el disgusto.
El Cuervo nos condujo por un pasadizo tan oscuro y angosto que los hombros del señor Cranley apenas si cabían, y, ya que las paredes estaban humedecidas a causa del moho, temía por el abrigo de lana buena del abogado.
La vela de nuestro guía arrojaba parpadeantes sombras mientras avanzaba por delante de nosotros, tan contento con la suerte que le había tocado como uno de los criados de la duquesa de Wilborough.
Subimos unas escaleras y recorrimos más y más pasillos interminables y, de vez en cuando, vislumbramos unos rostros lascivos entre los barrotes de unas puertas; llegó a nuestros oídos un temeroso balbuceo, a medio camino entre un gemido, un parloteo febril y un improperio ahogado.