Capítulo 16 El abogado busca consejo #2
–Yo nunca subestimaría a sir William –le dije al abogado, mientras Fanny se sonrojaba con cara avergonzada–; aun cuando no da lo mejor de sí, sigue siendo un hombre sobresaliente.
Pero no es esto lo que quiere escuchar, señor Cranley, así que debería centrarme en lo que le interesa: dígame qué quiere saber.
–¿Está sir William convencido de que la dama es culpable?
Me acomodé en un asiento junto a la chimenea –en el trayecto en carruaje desde Wilborough House había pasado algo de frío–, me quité los guantes y la capota, y se los entregué a la doncella que estaba esperando a mi lado.
–Todo lo convencido que debe estar –le dije al abogado–. Usted sabe que solo debe probar los hechos ante los nobles reunidos para que ahorquen a la condesa.
–Efectivamente –respondió, al tiempo que comenzaba a caminar por delante de la chimenea; era un joven de complexión armoniosa, en cuyos rasgos se revelaba la perspicacia de su mente–.
Las pruebas pesan sobre la dama como una maldición.
La única que podría haberla salvado era la doncella, ya fuera admitiendo que era culpable o incriminando a otra persona, pero está muerta.
–Este parece ser el principal argumento de sir William –apunté–, pues considera que la condesa ordenó a Fitzroy Payne degollar a Marguerite precisamente porque esta última podría incriminarla.
–He ido a visitar a la condesa en su celda –me dijo Cranley.
Fanny se estremeció con un leve quejido y su madre le dedicó una mirada cargada de ansiedad.
–Señor Cranley –le dijo Madame a modo de reproche–, ¿no debería ejercer sus funciones en presencia de un caballero de la familia, única y exclusivamente? Unas palabras como las suyas no deberían llegar a oídos de damas jóvenes y distinguidas.
El abogado pareció mortificado al momento y dio a entender que tenía razón, pero, entonces, intervine resuelta:
–Puesto que no soy ni tan distinguida ni tan joven como la señorita Delahoussaye –dije–, yo sí ardo en deseos de comentar el caso de la condesa.
Madame parecía cabreada y llamó a su hija con un gesto de la mano; así pues, las damas se ausentaron y me dejaron a mí al mando de la estancia.
–¿Cómo estaba? –le pregunté a Cranley en cuanto se cerraron las puertas tras ellas.
–Como era de esperar –respondió, con la debida prontitud–.
Su ilustrísima se encuentra en un deplorable estado de ánimo y alberga muy pocas esperanzas; además, las indecentes condiciones de su alojamiento casi le han hecho perder la cabeza.
El conde se encuentra un poco mejor, pero, a fin de cuentas, no deja de ser un caballero; se enfrentaría a cualquier infortunio con la misma templanza con la que aceptaría la mayor de las bendiciones.
–No se me ocurre una descripción más acertada de Fitzroy Payne. Ha capturado usted su esencia con estas palabras.
El joven abogado me dedicó una mirada solemne.
–¿Cree usted que actúa él de buena fe al negar los cargos?
–Sí.
–Ojalá la condesa fuera igual de optimista que usted.
–Sé que duda del conde –empecé a decir con voz trémula.
–«Dudar» es un verbo que a duras penas refleja sus sentimientos. Diría, más bien, que la condesa está convencida de que su ilustrísima es culpable.
–Eso es culpa de Trowbridge –respondí alterada–. Se ha empeñado en dividirlos en el momento en el que más necesitan el apoyo del otro, por el simple placer de verlos caer.
–¿Trowbridge? ¿Se refiere usted a lord Harold Trowbridge? –Cranley estaba anonadado–. ¿Qué tiene que ver él con todo esto?
–Ahí donde se manifieste el mal, aparece él como una suerte de mascota.
–Pero ¿de qué manera ha influenciado él a la condesa?
Empecé a enumerar las artimañas del bribón con los dedos para informar a Cranley de todo.
–Le habló a la condesa de la insolvencia del nuevo conde, así como de su libertinaje, de una forma tal que la convenció.
Fitzroy Payne anda falto de dinero y, ahora, ella ve en su endeudamiento un móvil para el asesinato, y lo que es peor, cree que él la ha incriminado a ella a propósito en ambos asesinatos.
Tenía la esperanza de que el conde empleara su cuantiosa fortuna para defender sus propiedades en Barbados contra la ambición depredadora de Trowbridge, pero, en este aspecto, no tuvo más que decepciones.
Fitzroy Payne no tiene ninguna fortuna que regalar.
Y, por último, señor Cranley, lord Harold le ha revelado a ella la existencia de la amante de Payne.
Cranley estaba desconcertado.
–Y dicha mujer, ¿por qué despertaría el interés de la condesa?
Dudé.
–Mi estimado señor –dije–, puesto que conoce usted todos nuestros asuntos, no puede seguir en la ignorancia.
Y, además, mucho me temo que no tardará en enterarse en los salones de Londres: la condesa creía gozar del amor de Fitzroy Payne, en vida de su marido, y, si bien me ha asegurado que no ha habido ningún acto indecoroso entre ellos, una…
sensibilidad tan indecorosa como esta no tardará en convencer al público de lo contrario.
–Esto pinta mal –gimió Cranley, apoyando las manos en la repisa de la chimenea y bajando la cabeza hacia el fuego–, muy mal.
Ninguno de ellos tiene testigos que certifiquen su coartada a la hora de la muerte de la doncella; la condesa se encontraba a solas en sus aposentos, mientras que el conde estaba paseando por las tierras de la finca, como afirmó él mismo con total naturalidad.
Ninguno de ellos está en posición de explicar cómo terminó el pañuelo cerca del cadáver o el trozo de papel entre la ropa.
Y ahora lady Scargrave se ha vuelto tan desconfiada que sospecha de todos y cada uno de los actos del presente conde.
–Mi pobre Isobel… –dije despacio–. Han roto todas sus esperanzas.
–Desde luego, las que ha depositado en usted, no –respondió el abogado, alegrándose un poco–. Me ha pedido que comparta mi criterio con la señorita Austen, para que así me beneficie yo del suyo.
–Me pregunto por qué confía tanto en mí –respondí–. Si hubiera destruido la nota y hubiese ocultado el pañuelo…, la condesa y Fitzroy Payne quizá seguirían en libertad. Le sobran motivos para detestarme.
–Aun así, dudo que se hubiera librado de las sospechas –rebatió él–, ya que sir William se opone con mucho fervor a su causa.
En efecto, la vida de Isobel parecía destinada al infortunio.
–¿Qué piensa hacer usted? –le pregunté al señor Cranley.
–Espero dar con el asesino antes del día del juicio –respondió con determinación– y acusarlo como el mejor abogado defensor que puedan tener mis clientes.
Pues sabe usted que no tendré la ocasión de rebatir los argumentos que utilice sir William para edificar su defensa.
Hará lo que esté en su mano por que los muros que construya en torno al caso parezcan gruesos y altos.
–Yo me esforzaré de la misma manera –le aseguré– y compartiré con usted todos mis hallazgos. Pero, si me permite decir algo…
–Lo que desee, señorita Austen –contestó, y acercó una silla para escuchar con mayor detenimiento mis palabras.
–Es indudable que sir William hará hincapié en la idea de que Fitzroy Payne necesitaba dinero desesperadamente y que las circunstancias no le dejaron otra alternativa que asesinar a su tío.
¿Podría demostrar usted lo contrario? Hay otras personas en la familia con motivaciones igual de acuciantes y, sin embargo, no se las considera sospechosas.
Y, luego, está el tema de lord Harold Trowbridge.
Le narré brevemente cómo se había beneficiado este hombre de la desgracia de Isobel. Entonces, sonó la campana para la cena; el tiempo había pasado volando y yo ni siquiera me había cambiado de ropa.
–Que Dios le bendiga, señor Cranley –dije, poniéndome en pie y tendiéndole la mano–. Haré lo que esté en mi mano para ayudarle. Pero quisiera pedirle un favor.
–Lo que sea, señorita Austen.
–Lléveme mañana a la celda de la condesa. Comprenderé mejor en qué estado se encuentran ella y Fitzroy Payne si la veo con mis propios ojos.
–Newgate no es un lugar para damas –dijo el abogado, cuyas dudas se filtraban en el tono de voz.
–¡Bobadas! –exclamé–. Sabe muy bien, señor Cranley, que visitar a los condenados se ha convertido en un pasatiempo de la sociedad más selecta. Si Newgate es un lugar adecuado para hospedar a una condesa, una persona como yo podrá ir de visita. Le estaré esperando después del desayuno.
38 . Wilborough House fue demolido tiempo después. ( N. de la E. ).
39 . Aunque resulta evidente que Jane es la cuñada de Eliza, en tiempos de Austen lo normal era referirse a la familia política como si fueran parientes de sangre. ( N. de la E. ).
40 . En la guerra de Gran Bretaña con Francia de unos veinte años de duración –entre aproximadamente 1795 y 1815–, hubo una pausa entre 1801 y 1803, aunque la isla entera vivía bajo la amenaza constante de una invasión napoleónica. ( N. de la E. ).