Jane Austen y el incómodo incidente en Scargrave Manor Capítulo 16 El abogado busca consejo
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Capítulo 16 El abogado busca consejo

El abogado busca consejo

Nadie podía resistirse a Eliza. Siempre estaba enterada de las últimas novedades de todos sus conocidos.

Nos condujeron por unas amplias escaleras y por unas salas de techo alto que seguían la moda europea. Unos cupidos rollizos y unas esbeltas ninfas adornaban los techos, las paredes estaban revestidas de boiserie y unos preciosos jarrones de Sèvres decoraban todas las esquinas.

–La viva imagen de la monotonía, querida mía, como la mente de la duquesa –me confesó Eliza, y yo suspiré de puro alivio: ella, al menos, no estaba deslumbrada.

Pasamos por una serie de habitaciones enfiladas entre sí, por un sinfín de puertas altas que se abrían sin emitir el más mínimo ruido cuando nos acercábamos; hacía falta todo un pelotón de criados para llevar a las visitas hasta la duquesa.

No quiero ni saber cómo sería organizar una pequeña cena.

Al fin nos condujeron hasta un salón privado para damas, donde reinaban el oro y el color blanco y con unas sillas revestidas de seda que parecían muy incómodas, ideales para no perder la postura, y nos encontramos con la duquesa de Wilborough en persona.

Una mujer pequeña, de complexión menuda y porte altivo, que esbozó una sonrisa forzada al ver a Eliza.

–Querida mía –le dijo la duquesa, extendiendo una mano flácida–, qué buena es usted por venir a animar a una amiga en momentos de soledad.

–¿Acaso se siente sola, duquesa? –inquirió Eliza, transmitiendo preocupación a través de la voz, y se inclinó para agarrar los dedos cubiertos de anillos que le tendía la otra–.

Le he traído a mi hermana predilecta, 39 la señorita Austen de Bath, que acaba de llegar a la capital.

Ha pasado estas últimas semanas en Scargrave Manor, adonde, si no me equivoco, también ha ido de visita su querido hermano hace poco.

–¿Harry? –dijo la duquesa con cierta aspereza–. Yo no estoy al tanto de en qué casas o en qué camas se mete Harry. Pero es un placer conocerla, señorita Austen, y ver que no ha salido perjudicada tras encontrarse con mi hermano.

Asombrada como estaba ante aquella muestra de vulgaridad, murmuré unas palabras a modo de respuesta y tomé asiento en la silla que me ofreció la duquesa.

–Bueno –dijo, acomodando las manos–, cuénteme todo lo que sepa del escándalo.

–¿El escándalo? –dije, fingiendo que no entendía a qué se refería.

–El de la muerte de Scargrave –contestó con impaciencia–. ¿Es cierto que ese joven canalla que también era su heredero gozaba de los favores de la condesa?

Resultaba evidente que esa absoluta franqueza era el precio que exigía la duquesa a cambio de admitirme en el elevado círculo al que pertenecía, y la incomodidad que me embargaba debía de transparentarse en mi semblante.

No sabía qué decir. Unas cuestiones tan delicadas como estas no deberían sacarse a colación solo para pasar un buen rato, pero, por otro lado, yo misma había venido a buscar información de este tipo. Eliza salió en mi rescate.

–Mi querida prima es amiga íntima de la dama –murmuró, inclinándose hacia delante y desplegando toda la fuerza de sus encantos–, de modo que su excelencia no ha de esperar que revele un secreto tan imponente como este.

Yo, sin embargo, no tengo las mismas ataduras y puedo corroborar que la condesa y el actual conde se encuentran en estos momentos presos en la cárcel de Newgate.

Los trajeron al salir de los Tribunales de Assizes poco después de las navidades y el caso está en espera de juicio en la Cámara de los Lores.

–¡No me diga! –contestó la duquesa, juntando las manos sobre el regazo–. Bertie –entendía que era su marido, el duque– lo presenciará todo allí. ¡Extraordinario! Tenemos que mandar buscar a Bertie sin más dilación, pues estoy convencida de que no tardará mucho en celebrarse el juicio.

–Efectivamente, estará entre los primeros puntos del día en la siguiente sesión –me atreví a decir–. ¿Acaso su excelencia no está en casa?

–Señor, no –respondió–. Él y Trowbridge llevan en París casi dos semanas, por algún asunto complicado relacionado con la actividad comercial en las Indias Occidentales.

Yo me desentendí del viaje en el último momento: no soporto a Bonaparte, como entenderán, ni a esa cochina a la que tiene por esposa.

La inteligencia no es su fuerte, por no hablar de su sentido de la moda…

–Su excelencia ha sido muy atrevido –intervino Eliza–. Muy pocos de sus compatriotas se arriesgarían a viajar a Francia ahora que las hostilidades llevan tan poco tiempo suspendidas. 40

–Concuerdo con usted, y le dije lo mismo al duque.

«Si ese advenedizo nos invade mientras tú no estás, querido mío –le dije yo a Bertie–, acabarás en prisión y yo tendré que retirarme al campo».

¿De qué sirve obtener permiso para comerciar con los territorios franceses de las Indias cuando la palabra de un dictador no vale nada?

Deberían contentarse con comerciar con ingleses de bien única y exclusivamente.

Bonaparte ha tratado de interrumpir la circulación de bienes ingleses, pero no lo conseguirá mientras preservemos nuestras colonias en el Caribe.

–Es de lo más estimulante oír hablar de política a una dama –murmuró Eliza, ensimismada–, y ¡cómo envidio a su marido por visitar una vez más ese desafortunado país! Vivirá siempre en mis recuerdos como la época más conmovedora, la más querida, de todo mi pasado.

Bajó la mirada hacia los guantes y alcanzó a derramar una lágrima; se ganó de inmediato la simpatía de la duquesa.

–¡Ha sido muy cruel por mi parte recordarle todo ese horror! Discúlpeme, querida…, y usted también, señorita Austen.

–De modo que lord Harold se marchó a París directamente desde Scargrave –dije yo–. Entonces, no se habrá enterado del infortunio de la condesa.

–Así es –contestó la duquesa–, pero pienso escribirle a Bertie. Ni él ni Trowbridge querrán perderse un acontecimiento tan importante para la nobleza.

–Me temo, duquesa, que ahora hemos de irnos –dijo Eliza, con lágrimas en los ojos, como si la invadieran los tristes recuerdos del pasado–, pero hemos disfrutado tanto de nuestra breve visita…

Se levantó de una forma que no dejaba lugar a réplica, extendió su exquisita mano enguantada y se volvió hacia la puerta, mientras yo la seguía.

Detrás de nosotras, la duquesa tocó una campana y, cuando la puerta se abrió en silencio, fue un placer descubrir que había un criado esperándonos para conducirnos hasta la calle.

Sin guía, estaba convencida de que Eliza se perdería entre los pasillos, bajo la atenta mirada de los ancestros de Wilborough, quienes fruncirían el ceño desde los cuadros.

En cuanto abandonamos esos sofocantes cuartos, mi prima, sin perder en ningún momento la elegancia, suspiró de puro alivio.

–La pobre Honoria, desde luego, es un espantajo –dijo Eliza, subiéndose al peldaño del carruaje envuelta en seda verde–, pero nos ha dicho lo que queríamos saber.

–Y, a cambio, mancillará el nombre de Isobel en las mejores casas de la ciudad –añadí yo–.

En todo caso, debo descartar que lord Harold asesinara a la doncella, pues está claro que se encontraba en el extranjero en el momento de los hechos; tendré que centrarme en los demás sospechosos para tratar de liberar a la condesa.

–Ten en cuenta que cabe la posibilidad de que Trowbridge le encargara su asesinato a alguien –sopesó Eliza, alisándose el chal, mientras el cochero cerraba la puerta del carruaje–. Un hombre de su autoridad y recursos podría hacer algo así desde cualquier lugar del reino, en cualquier momento.

–Es posible, pero poco probable –dije, pensativa–.

En ese caso, tendría que confiar en la discreción del asesino hasta que regrese de París, y la confianza no está entre las cualidades de lord Harold.

Me parece que los otros candidatos resultan más sospechosos.

–Me volví hacia ella preocupada–. Eliza, ¿tanto te aflige el recuerdo de Francia?

–Nunca me cansaré de darle las gracias al destino por haberme sacado de allí –dijo, mientras las ruedas del carruaje comenzaban a rodar–.

Al terminar en la guillotina, el comte hizo por mi futuro mucho más de lo que se habrá imaginado.

Me ha salvado del aburrimiento estos últimos años, así que su muerte no ha sido del todo en vano…

Cuando regresé a Scargrave House, me encontré con que Fanny Delahoussaye y su madre estaban conversando con un joven caballero llamado Cranley, un abogado, ni más ni menos, cuya presencia tendría que soportar Fanny para que este pudiera cumplir con su nuevo deber, que no era otro que defender a Isobel y a Fitzroy Payne.

Se apresuró a ponerse en pie cuando aparecí yo y se inclinó sobre mi mano; era un hombre de aspecto alegre y abierto, con el porte de todo un caballero.

–Me han dicho que es usted íntima de mi honorable rival –me dijo.

–¿Se refiere a sir William Reynolds? Es un viejo amigo de la familia Austen.

–Y enemigo de todo desventurado delincuente ante los tribunales –contestó Cranley con vehemencia–. Aunque la señorita Delahoussaye opina que ya ha dado lo mejor de sí.

Vi con impaciencia la dócil mirada de admiración que le dedicó a Fanny; esta última no había desaprovechado la ocasión de esclavizar al pobre hombre a sus encantos.

Esta tarde lucía un vestido que he de admitir que envidiaba: un traje de seda a rayas blancas y negras y hebillas de adornos trenzados.

Cuando confesé mi admiración, sin embargo, me dijo que ya nada se podía hacer porque había pasado de moda y, por tanto, solo servía para ponérselo en presencia de su familia.

No me atrevía ni a pensar qué opinión tendría ella de mi vestuario y, desde entonces, me abstuve de volver a elogiar sus galas.