Jane Austen y el incómodo incidente en Scargrave Manor Capítulo 15 La encantadora Eliza #3
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Capítulo 15 La encantadora Eliza #3

Eliza, condesa de Feuillide, es la esposa de mi hermano Henry.

También es mi prima, puesto que es la hija de la hermana de mi padre, aunque, que conste, no es la hija del marido de mi tía.

37 Todo esto viene a decir que Eliza es fruto de un amorío adúltero y mi prima lo ha convertido en su métier desde el día en el que nació: se trata de una distinguida coqueta, de una aventurera encantadora, una de las principales joyas de Versalles antes de la caída de María Antonieta y una mujer que escapó de la guillotina, a diferencia de su primer marido, el conde de Feuillide.

A causa de la triste muerte del caballero a manos del verdugo público en 1794, mi maravillosa Eliza regresó a Inglaterra y tuvo la libertad de casarse con Henry tres años después.

A pesar de que tiene casi diez años más que mi hermano predilecto y de que su unión ha sido motivo de desasosiego para mi familia, no considero que hagan mala pareja.

Me enorgullezco, de hecho, de que mi prima se haya calmado un poco gracias a sus vínculos con los Austen y de que Henry tenga una esposa que no deje de estimularlo intelectualmente con su vívida perspicacia.

Y, por supuesto, es un contacto útil, puesto que conoce a todo el mundo y es bienvenida en todos lados.

Llegué al número 24 de la calle Upper Berkeley –a pocos pasos de la puerta de Scargrave House– con cierto espíritu aventurero y con el deseo de involucrar a Eliza en mis argucias.

La buena suerte estaba de mi lado, pues mi hermano había salido y ella estaba desocupada.

Su doncella Manon me condujo hasta la sala de estar, donde la petite comtesse estaba acurrucada frente a las vívidas llamas de la chimenea, con sus materiales de escritura y su perrito, Pug, tumbado en el regazo.

–¡Mi queridísima Jane! –exclamó mi prima, echando al perro al suelo y apresurándose a levantarse–. ¡No sabía que estabas en Londres! ¿No te habrás fugado con algún joven apuesto y has venido aquí en busca de protección?

–Si te has enterado del tema de Harris Bigg-Wither, sabrás que eso es imposible –dije sonriendo–. No quiero oír hablar de los hombres al menos durante un año, pues he sido incapaz de atraer a los que me gustan y me he comportado como una infame con los que detesto.

–Te habrías echado a perder con una criatura tan insignificante –contestó Eliza con desdén–, y, si me hubieras pedido mi opinión, yo te habría aconsejado lo mismo.

Pero imagino que tu familia estará mortificada.

Como siempre –añadió con alegría– cuando las mujeres demuestran que saben pensar.

¡En fin! ¿Qué podemos hacer para celebrar este encuentro?

–Quisiera pedirte que me ayudaras, Eliza –le dije yo–, con un tema delicado.

–Los temas delicados son mi especialidad –comentó; los ojos le brillaban del interés.

–Tiene que ver con el duque de Wilborough –proseguí– o, más bien, con su hermano.

–¿Trowbridge? Dios mío, ¿no te habrás prendado de ese tipejo, querida mía? A mí me gustan los canallas peligrosos como a cualquier otra, y hubo un tiempo en el que fueron mi debilidad. Pero lord Harold se pasa de la raya.

–Me parece el hombre más malvado que he conocido en la vida.

–Y con razón. –Eliza agitó los dedos llenos de anillos en mi dirección–.

Hay quien dice que llevó a la ruina a sir Hugh Carmichael y, por si fuera poco, que sedujo a su esposa; sea como fuere, a ella la enviaron lejos, con unos parientes en Gales, hasta que nació el bebé, y el pobre sir Hugh se disparó en pleno Pall Mall no hace ni dos meses.

Vaya escándalo. Pero ¿de qué conoces tú a lord Harold Trowbridge?

–Te lo diré en el carruaje –le dije–, porque no hay tiempo que perder.

–Pero, mi querida Jane…, tengo que pensar en qué me pongo.

Estos trapos viejos no los puedo llevar a la casa del duque de Wilborough.

No, ni hablar. –Consternada, le echó un vistazo a su vestido de manga corta de seda, color calabaza y adornado con cintas de color bronce, confeccionado, como siempre, según la última tendencia.

A sus cuarenta y un años, mi prima Eliza no se ha desprendido de su juventud y, a juzgar por el efecto que ejerce en la mayoría de los caballeros, sus esfuerzos se ven recompensados.

Lanzó una rápida mirada al espejo y se precipitó hacia la puerta, con Pug pisándole los talones–. Ahora mismo vuelvo, Jane. ¡Manon!

35 . Spencer Perceval (quien más tarde llegaría a ser primer ministro de Inglaterra y sería asesinado en la Cámara de los Comunes en 1812) fue fiscal general en el año 1803 y, por tanto, tendría que haber intervenido en el caso en defensa de la Corona.

Su «indisposición» pudo deberse, de hecho, al exceso de trabajo; en estos tiempos estaba ocupado preparando la acusación de un tal coronel Despard, que hacía poco había conspirado para asesinar a Jorge III y derrocar el Gobierno. ( N. de la E. ).

36 . Como ya se ha explicado, un abogado de la defensa en 1802 poco podría hacer por su cliente, ya que tenía prohibido interrogar a los testigos de la acusación o permitir al acusado testificar por sí mismo.

Su función se limitaba a argumentar las cuestiones de derecho presentadas por parte de la acusación. ( N. de la E. ).

37 . Los expertos en la obra de Austen creen que Eliza de Feuillide seguramente sirvió de inspiración para la protagonista más escandalosa de Austen, lady Susan, de la novela epónima.

Eliza, con toda probabilidad, era la hija ilegítima de Warren Hastings (gobernador general de Bengala desde la década de 1760 hasta mediados de la década de 1780) y de la tía de Jane Austen, Philadelphia Austen Hancock.

Hastings fue el padrino de la pequeña Eliza y destinó diez mil libras a su sustento; más adelante en la vida, ella llamaría a su único hijo, que moriría joven, Hastings de Feuillide.

Warren Hastings es más conocido por un espectacular juicio político celebrado en la Cámara de los Comunes entre 1787 y 1795, en el que, en última instancia, fue absuelto de los cargos de asesinato, soborno y mala gestión. ( N. de la E. ).